La meditación zen experimentada paso a paso

Budismo zen, budismo tibetano...
Daido
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Re: La meditación zen experimentada paso a paso

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Kensho

La lógica de la iluminación





No podemos entrar en samadhi por nosotros mismos, eso es imposible. Podemos pasar meditando ocho horas al día durante treinta años, y no entrar ni una sola vez en samadhi. Otra persona, en cambio, puede entrar en un profundo samadhi sin haberse sentado jamás a meditar. No hay explicación posible para esto. Ocurre, simplemente, así. Los cristianos afirman que Dios es quien decide, no la persona. Por eso, los místicos cristianos no se cansan de repetir que todo depende del Espíritu Santo, que es únicamente Él quien produce las experiencias sobrenaturales, cuándo y cómo Él quiere. “El viento sopla donde quiere” dice el Evangelio. No vale la pena perseguir algo que no está en nuestras manos conseguir. Es una manera de decirlo, por supuesto. Y en ocasiones, es una manera de no decir nada, porque se habla sin saber de lo que hablamos. (El evangelio suele malinterpretarse)

Entonces, ¿para qué meditar? Se pregunta uno. Si los estados de iluminación no suceden a causa de la meditación, parece un sinsentido embarcarse en ese viaje. Si el Espíritu Santo (o cualquier otro nombre que se quiera dar, como el Gran Espíritu de los nativos americanos) quiere, sucederá por otro lado. Le pasó a San Pablo, cuando iba a otra ciudad persiguiendo cristianos. El pasaje del Nuevo Testamento explica que iba a caballo y oyó una voz que decía “¿Por qué me persigues?” y cayó del caballo, sin poder ver nada. Después de tres días recuperó la vista y se convirtió al cristianismo. Jamás había practicado la meditación, en toda su vida, y sin embargo le sucedió. (Por supuesto, en el budismo hay otros ejemplos incluso mejores, pero permítaseme usar en esta ocasión ese de nuestra cultura clásica cristiana)

Existen casos mucho más recientes de personas que han tenido la iluminación de un modo fortuito, sin haberse sentado a meditar nunca en su vida. Ramana Maharshi, un santo hindú del siglo pasado, con diez y siete años, decidió resolver el problema de la muerte. Se tumbó en el suelo y trató de imaginar que estaba muriendo, y en cierto momento sucedió algo parecido a una explosión en su cuerpo, y entró en un samadhi completo, que duró largo tiempo. Después de eso jamás volvió a ser el mismo. Abandonó el hogar y se retiró a una montaña sagrada en el sur de la India, se instaló allí, y no abandonó jamás su retiro. Pero esto no es en absoluto normal. La mayoría de las personas que hacen meditación, no alcanzan la iluminación (al menos ese grado de iluminación) Por ello, podemos sentirnos decepcionados al saber que posiblemente nosotros no seamos elegidos para tal experiencia, y eso nos llevará a dejar la meditación. Quisiera, sin embargo, dar mi punto de vista sobre esto.

Como diré después, existen sobradas razones para practicar la meditación, sin importar en absoluto si alcanzaremos o no la experiencia del samadhi completo (la iluminación). Es cierto que esta experiencia es difícil de alcanzar para la mayor parte de las personas, por razones desconocidas. Es una experiencia que podemos llamar, sin el menor género de dudas, sobrenatural, y ese tipo de experiencias no suceden simplemente por el hecho de buscarlas. Experiencias como esa solo ocurren una o dos veces en la vida de un número relativamente pequeño de personas, y la mayoría de esas personas no saben qué hacer después de tenerla. Es frecuente que se sientan enormemente desorientadas durante largo tiempo, y se pregunten una y otra vez “¿por qué me ha sucedido esto?” Tal vez no encuentren a nadie en su entorno que pueda comprender lo que han vivido, y se sientan enormemente solas. Tal vez incluso quieran vivir como si nada hubiese pasado, lo cual les lleva a estados de mayor confusión todavía. Otras veces, puede que cambien por completo de vida, se hagan monjes o algo similar, y entren en un monasterio, un templo o un ashram.

Me viene a la memoria, hablando de esto, el Padre Lazarus, que vivía en Australia y tuvo una experiencia de ese tipo, de un modo totalmente inesperado, cuando visitaba un monasterio ortodoxo. Después de esa experiencia decidió dejar su trabajo de profesor en la Universidad, y no salió ya de ese monasterio. (Esa persona puede verse en Youtube, poniendo Father Lazarus en el buscador)

No existe una lógica de la iluminación, como digo. Es como si fuese una lotería, en la que todos tenemos al menos un número, cierto, pero hay personas que tienen muchos más números que otras. Las personas que se hacen monjes (en cualquier tradición religiosa) sin duda tienen muchos más números que los que viven sin preocuparse jamás de asuntos de índole espiritual. Pero eso no significa que no pueda sucederles un día una experiencia sobrenatural, a los que viven de espaldas a la espiritualidad. Muchas veces esto sucede cuando tienen un accidente, por ejemplo, o se ven sometidas a una operación quirúrgica. Son incontables los casos de personas que han vivido una experiencia NDE (Near Death Experience), experiencia próxima a la muerte) De repente, se han visto fuera del cuerpo, según explican, y veían como estaban sobre la mesa de operaciones, con los médicos tratando de reanimarles. Entonces sucedieron cosas insólitas, en que se encontraron con seres que les guiaban hacia la luz. Algunas hablan de un túnel de luz, y cómo al entrar en él su vida pasaba ante sus ojos. De pronto, volvieron a su cuerpo, y abrieron los ojos en su mundo habitual, pero nunca olvidaron lo sucedido. Esas personas vivieron in extremis una experiencia sobrenatural, sin haberla buscado jamás. Y sin estar preparados para ella, probablemente.

Otro caso es el de las drogas alucinógenas. Hoy en día, muchas personas viven experiencias extraordinarias, sin haber ido tras ellas cuando usaron la droga. Puede sucederles bajo el efecto del LSD, por ejemplo. Lo que habitualmente se llaman alucinaciones, son percepciones de índole sobrenatural. No les suceden a todos los que toman ácido, ni mucho menos. Algunas personas sin embargo tienen experiencias de tipo espiritual, percibiendo una dimensión que hasta entonces pensaban que no existía. Muchas de esas personas se interesaron por la meditación a partir de ahí. Otras, por desgracia, cayeron en el consumo de otras drogas como la heroína, y perdieron incluso su vida. El tener una experiencia de ese tipo no es garantía de nada. Incluso Santa Teresa habla de cómo personas se pierden, después de haber tenido una experiencia de unión con Dios. La experiencia de iluminación es gratuita, pero tiene sus consecuencias. La experiencia no suele ser permanente, pero la persona no vuelve a ser la misma después de eso. Y con frecuencia, la experiencia sucede a quienes menos preparados están para recibirla.

Uno de los peligros mayores de tener experiencias de iluminación, es el orgullo espiritual que puede desarrollarse después. Siendo una experiencia que se da gratuitamente, resulta que el que la recibe puede creerse sumamente especial, por haber llegado a ella. En realidad no ha llegado a ella. Nadie puede llegar a ella, del mismo modo que nadie puede llegar a la luna dando saltos. De pronto, sin embargo, puede suceder que la persona llegue al satori, sin haber practicado el Zen más que unos cuantos años (incluso meses), cuando otros llevan décadas y no han conseguido alcanzarlo. Es más que probable que la persona que ha alcanzado esa experiencia desarrolle un ego “iluminado” muy peligroso, para él mismo, y para los que le rodean. (Uno de los mayores problemas que puede tener un maestro, es un discípulo así)

Por ello, es de desear que la experiencia de satori ocurra después de un largo entrenamiento con la práctica de la meditación, y no de un modo fortuito. Si la persona lleva años meditando, se habrá preparado física y mentalmente para la iluminación, experiencia que despierta por lo general, grandes dosis de energía espiritual (el joriki, en lenguaje zen) Esa enorme cantidad de energía suele producirse como consecuencia de la tremenda concentración en el hara, que se ha producido durante la práctica de la meditación (generalmente con un koan) Si la persona no está preparada, esa energía puede cogerle de improviso, y producir efectos muy grandes. No es que esos efectos sean malos, pero puesto que la persona no está preparada para ellos, puede estar durante días en un estado de conciencia acrecentada, que no puede controlar.

Esto es algo que conozco por experiencia propia, pues a mí me sucedió. Llevaba solo un año practicando la meditación, con el koan MU, cuando me ocurrió una experiencia de satori (lo he contado en otra parte, y no entraré en detalles ahora) Hoy me doy cuenta de que estaba en pañales, cuando me sobrevino aquello. Aquella experiencia, seguida de otras que vinieron después, produjeron en mí una metamorfosis interior que duró décadas (y presiento que aún no ha terminado) No puede explicarse en qué consiste tal experiencia, ni tampoco los cambios que se producen. No todos los cambios son para bien, en apariencia, al menos cuando suceden. Luego uno puede comprender muchas cosas que le han sucedido, como consecuencia de tal experiencia. No puede decirse mucho más sobre ello, realmente. El viento sopla donde quiere, y cuando quiere, en efecto. Uno no decide nada.

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Ramana Maharshi
Daido
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D.T. Suzuki

La Oportunidad de... ¿Quién?





Entonces... ¿Uno no decide nada? Bueno, quizás las cosas no sean exactamente blancas o negras. En cierto libro de DT Suzuki, este habla de un monje que trabajaba con un koan, (¿Cuál es el sonido de una sola mano?, dice el koan) y no podía encontrar la solución, por más que dedicaba tiempo y tiempo a meditar con él. Hasta que cierto maestro le dice “Dedica tres días a meditar, si en tres días no encuentras la solución, entonces debes morir” El monje dedicó los tres últimos días que le quedaban de vida a meditar, y la solución apareció al tercer día. Suzuki añade: El apuro del hombre, es la oportunidad de Dios. (Curiosa forma de expresarse, siendo budista, ¿no es cierto?)

Recuerdo esta historia como algo que me ayudó mucho, cuando estaba yo mismo buscando la solución a mi koan. El monje buscaba y buscaba, pero no por buscar se encuentra lo que se busca. ¡Mucho menos, cuando uno no sabe lo que busca!. Buscar depende de uno, encontrar no. Encontrar depende de Dios (permítaseme usar la palabra, puesto que Suzuki la usó también, y simplifica las explicaciones) Dios puede dar o no dar lo que se le pide, sin que nosotros sepamos por qué a veces da y a veces no da. No sabemos qué hay que hacer, para tener la iluminación, pero nuestro apuro es la oportunidad de Dios. Meditar, nos pone en apuros, sin la menor duda.

Por mucho que se nos explique cómo meditar, siempre estaremos en un punto de ignorancia. No sabremos qué hacer, ni qué no hacer. El asunto, por tanto, no es explicar una técnica con pelos y detalles, sino recibir una idea general simplemente, sobre cómo bucear, y lanzarte al agua con ella. La técnica, de seguro, no funcionará. Lo que puede funcionar son retazos de información obtenidos de aquí y de allá. Este libro, no pretende ser más que eso, una fuente de información, de la que obtener algún retazo en cierto momento de apuro. Y el retazo que yo considero quizás más importante, de cuanto estoy escribiendo, es que sentarse a meditar es una simple postura que oscila entre dos posiciones: la posición de Dogen, y la posición relajada. No hay nada más, ni seguir la respiración, ni observar los pensamientos, ni buscar la iluminación. Y quiero aclarar algo más.

He puesto mucho más énfasis en la posición de relajación, porque la posición de Dogen ha sido enfatizada suficientemente por muchos maestros. No necesito decir, que todos ellos tienen razón en lo que dicen. La postura genera una gran cantidad de energía, que en japonés se llama joriki, o ki, simplemente. El ki no es fruto de la imaginación, es energía real. Si uno se sienta con la espalda derecha, y presiona los músculos dorsales, al cabo de un breve tiempo se puede notar un poco de calor en el bajo vientre, el hara. Este calor no es cosa banal, y puede descontrolarse si uno se sienta en la posición de Dogen todo el tiempo, durante un largo sesshin o retiro. Posiblemente, ese calor es el ki, (o la kundalini, en el yoga) Cuando yo practicaba con el koan Mu, pasaba casi todo el tiempo que meditaba sin relajar la postura, de modo que generaba grandes cantidades de ki. Cuando finalmente apareció la solución, durante un sesshin, el ki generado, se desbocó de un modo frenético. Sudaba a chorros, sin poder controlar la enorme cantidad de energía que recorría mi cuerpo. Hubo un momento en que cesó todo pensamiento, y nada de lo que sucedió a continuación, puede ser puesto en palabras. Supongo que toda esa energía estuvo involucrada en la experiencia, pero no creo que fuese la experiencia en sí. Pero si no hubiese habido energía espiritual en suficiente cantidad, yo creo que la experiencia no hubiese sucedido. Digamos que la energía tiene que estar ahí, para que pueda suceder. Y eso es el significado que yo atribuyo a la frase de Suzuki: el apuro del hombre, es la oportunidad de Dios.

Con la práctica del koan, se puede generar enormes cantidades de ki, tanta que puede resultar imposible canalizarla toda. Pero en la práctica de shikantaza, la energía puede llevarse de un modo mucho más sosegado, porque, como digo, uno puede relajarse durante largos periodos en la postura sentada. Personalmente creo que hay que aprender a estar, tanto en la posición de relajación como en la de Dogen, no en una sola. Yo creo que la oscilación entre las dos puede ser la clave para poder experimentar la naturaleza de la mente, sin tener que llegar a un apuro extremo. Yo llevo experimentando largo tiempo de ese modo, y encuentro que la meditación es mucho mejor así. Realmente, he meditado de esa manera durante muchos años sin saberlo, aunque es más recientemente cuando he sistematizado la forma de sentarme (unos diez años, ahora). Realmente, la relajación es importantísima. Entregar tu cuerpo a la gravedad es dejar caer cuerpo y mente. Pero después hay que colocarse de nuevo en la posición de Dogen, tensando los músculos suavemente, y sentir esa energía en el bajo vientre. No hay regla fija sobre el tiempo que debe pasarse en esta posición, pero siempre debe tenerse un sentimiento de comodidad, de que no estamos forzando.

En cierto momento, tenemos la desagradable impresión de que estamos como empujando el muro que tenemos delante, y que nos cansamos inútilmente. Ese es el momento de soltar el cuerpo, relajar la espalda y volver a la segunda posición, la de relax. Entonces, la energía se expande por todo el cuerpo sin ningún obstáculo, ya que los músculos dejan todos los nervios y vasos sanguíneos sin oprimir. La energía no tiene el menor problema en llegar hasta la última célula del cuerpo. Sentir como esa energía se extiende por todo el cuerpo, es un gran placer, realmente. No tenemos impresión de que nos haga daño, pues la energía siempre es controlada, nunca se produce más de la que podemos canalizar. (De hecho, no es fácil sentir esa energía al principio, puede pasar desapercibida fácilmente)

Sentados ahora en esa posición relajada, cuando en cierto momento, sentimos que la espalda se entumece, y que las nalgas se sienten oprimidas contra el cojín, es el momento de volver a tensar la espalda y entrar en la posición de Dogen. La meditación, para mí, es un vaivén entre ambas posiciones. No es inmovilidad, sino oscilación suave. La respiración es siempre apacible, nunca forzada. No buscamos exhalar todo el aire, como a veces se dice. No intentamos alargar la espiración. Dejamos siempre que sea natural, tanto al inspirar como al espirar.

En cuanto a la actividad mental, no intervenimos en ella tampoco. Somos conscientes, y de hecho cada vez somos más conscientes de ella. A veces, cierto, nos damos cuenta de que hemos sido raptados completamente por la mente, y estamos como inmersos en una situación irreal. Tal vez sea un recuerdo reciente, o tal vez lejano, pero solo con darnos cuenta, dejamos atrás esa situación. Esto sucede de vez en cuando, en efecto. En ocasiones, un pensamiento tiene mucha más fuerza que los otros, y nos atrapa sin que nos demos cuenta. Pero de pronto volveremos a ser conscientes de la postura y la respiración, y entonces veremos cómo ese estado mental, se desvanece y nos deja libres. Al principio esto sucede con mucha frecuencia, pero poco a poco, estos estados se van espaciando. Sin embargo, la actividad mental no cesa. No vale la pena ver con detalle en qué estamos pensando, es totalmente irrelevante. Son como las olas en el mar, no vale la pena verlas una a una.

Vemos, eso sí, que poco a poco la actividad va disminuyendo. Si nos sentamos en periodos de media hora, al final del periodo seremos conscientes de que hay menos actividad que al principio. Si hacemos varias sentadas seguidas, indudablemente la actividad habrá descendido muchísimo al final del último periodo. Un detalle que nos llamará la atención, es que el reloj avisador que usamos para marcar los tiempos, sonará antes de lo que pensábamos. Eso nos indica que estamos entrando en una experiencia de abismamiento. Esas experiencias no son sobrenaturales, pero son ya experiencias que podemos llamar místicas. Porque dentro de la mística, hay una mística natural, en la que solo intervienen las potencias del alma, sin que lo sobrenatural, Dios, el Universo, intervenga. (Usando, el lenguaje cristiano)

La mística natural es suficiente para llevarnos al verdadero yo, si bien solo a donde comienza. Es como llevarnos a la puerta de entrada, pero no podemos pasar por ella, por nuestras propias fuerzas. No obstante, esta es una razón más que suficiente para practicar la meditación: el llegar a las puertas de nuestra verdadera identidad. El verdadero yo, está unido a su fuente original, (o Dios), pero llegar a donde comienza nuestro yo profundo, no nos hace tener una experiencia de Dios todavía. Las experiencias de Dios (nuestra naturaleza propia) son siempre sobrenaturales, no dependen de nosotros, como ya he dicho. Pero tanto si somos conscientes, como si no, lo sobrenatural está siempre presente. Por otro lado, las experiencias sobrenaturales pueden hacerse presentes de un modo casi imperceptible, al principio. El hecho de que la sensación de tiempo se haga cada vez más tenue, indica que nos acercamos a esa realidad que escapa de nuestros sentidos y del pensamiento.

Si el pensamiento amaina, eso también indica que vamos por el buen camino. Pero no creamos que es condición suficiente. Lo sobrenatural escapa por completo de lo que hagamos o dejemos de hacer. Nosotros no tenemos que buscar nada, simplemente estamos ahí, en un delicioso estado de relax, y después pasamos al estado en que notamos esa energía, el ki, hasta que el cuerpo por sí mismo vuelve a relajarse y a respirar profundamente, dejando que la energía se expanda. Y seguimos así, hasta el final de la meditación.

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Daido
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Durckheim

Vibrar en torno a un eje central





He explicado con toda suerte de detalles el proceso de sentarnos a meditar, pero bien mirado, ¿era ello necesario? No era necesario, en el sentido de imprescindible, desde luego. Pero cuando lo releo, me digo, si yo hubiese sabido todo esto cuando empecé a practicar el zen, quizás me habría evitado algunos problemas. En vez de enfrentarme a un muro inamovible, tal vez hubiese sabido como sentarme de un modo relajado y olvidarme de todas las metas, incluida, por supuesto, la iluminación. Incluso cuando practicaba con el koan, podría quizás haber ralentizado el proceso un poco, haberme tomado algún respiro, haberme sentido relajado y feliz, aun en medio de la búsqueda. Pero la búsqueda con el koan Mu puede ser demasiado intensa, no hay manera de saber cómo van a ir las cosas.

En todo caso, ahora no tengo ningún koan con el que practicar, y puedo sentir la felicidad de sentarme a meditar. Y si ese es tu caso también, el que lee, entonces puedo compartir contigo esto que siento. Cuando entro a meditar y me siento, es como si me metiera en un cuadro de Vang Gohg. Amo los cuadros de Vang Gohg hasta el punto de que siento una cierta ingravidez cuando los contemplo (suelo contemplarlos en Internet) Vang Gohg es mi pintor favorito, y su mundo es sumamente similar al mío. Creo que nadie ha plasmado como él los cielos, por ejemplo, hasta el punto de convertirlos en lo más importante de sus cuadros. Esos cielos, o esos árboles, o esas personas que pinta, me hacen sentir relajado, como debería uno sentirse cuando medita.

A DT Suzuki le preguntaron una vez, cómo se sentía uno después de la iluminación, y él respondió “es lo mismo que antes de la iluminación, solo que como si estuviera dos centímetros por encima del suelo”. Es decir, uno se siente ingrávido. Y si yo pienso en los momentos en que he estado en tales experiencias, veo que no recuerdo nada que pueda poner en palabras, excepto eso, que de pronto sentí que no pesaba. La falta de gravedad es lo que hace que algunos buceadores alcancen estados de éxtasis cuando se zambullen hacia las grandes profundidades, oí decir a Allan Watts en cierto video. Esas personas se sienten de pronto tan fuera de sí, que podrían cometer alguna clase de imprudencia, que podría costarles la vida. En esas situaciones, tienen que estar controlados para que no se quiten la escafandra, por ejemplo, y se la den a un pez. Y lo mismo sucede con los astronautas. ¿No os habéis preguntado nunca, porque parecen todos místicos, cuando vuelven de un viaje espacial?

Lo cierto es que las experiencias de satori, pueden variar mucho de unas personas a otras, pero la falta de gravedad, la sensación de no pesar, es algo que parece común. No me refiero solo, naturalmente, a personas que hacen zen, sino a todo tipo de místicos, de cualquier religión. Muchas de ellas levitan, por ejemplo. La sensación de que uno se va volando es tan fuerte, que es casi un milagro que siga andando por el suelo. Esto es algo que me ha pasado también a mí, y puedo dar fe de ello (no he levitado nunca, pero he sentido la ingravidez). Cuando esto pasa, puede decirse que estamos ante una experiencia que no es de orden natural.

La postura de zazen es algo completamente personal, y cada persona tiene que encontrar SU postura a base de paciencia y de experiencia. Realmente, nada de lo que se diga le puede evitar una larga trayectoria en su búsqueda de una forma física en la que sentirse firme y relajado a la vez. Asentarse en el silencio, no sentarse, simplemente. A eso me he referido justamente, cuando hablo de pasar de la posición de relax a la posición de Dogen (entendiendo por esta, la que él mismo relata con todo detalle en el Fukanzazenji, y que es obviamente una descripción magníficamente detallada de la fase tensa de la postura).

Entiendo que a algunas personas pueda parecerles chocante todavía, la existencia de dos posiciones entre las que oscilar la postura, pero si leemos a Durckheim, en su libro Hara, él lo dice de un modo muy claro también:

“El hombre de hoy- dice - muy raras veces muestra la imagen de una unidad armoniosamente oscilante entre una tensión y una distensión (o relajación) justas”

Y luego añade:

“Vive más bien pasando de un estado de contracción a uno de aflojamiento, de disolución”

En los anteriores capítulos he puesto el acento en esto, justamente, en esa oscilación natural entre tensión y distensión, algo que sucede (o debería suceder, a mi juicio, cada vez que nos asentamos en nuestra postura de meditación). Pero si alguien entiende la relajación a la que he hecho mención tan a menudo, como una disolución de la postura, y por ende, de la persona, entonces no me ha entendido, o no me he sabido explicar. La oscilación entre las dos posiciones, no debe entenderse tampoco como un paso mecánico entre dos formas de sentarnos, pues de hecho, estamos sentados simplemente, y nuestro movimiento es natural, como una brizna de hierba mecida por el viento. Puede ser lento, puede ser rápido, pero siempre es suave, natural.

Conviene detallar un poco más, la forma en que Durckheim aconseja practicar el ejercicio del asentamiento, que es, por supuesto, el zazen para nosotros. Él dice:

“El hombre que se sienta correctamente estará derecho y anclado en el hara. Una sentada correcta no va ligada a posturas bien determinadas, y menos aún a la necesidad de adoptar la postura del loto. Solo una cosa es importante, las rodillas deben estar por debajo del hueso ilíaco. Si se colocan más altas, la fuerza del centro vital no podrá penetrar suficientemente en la pelvis”

Esa fuerza de la que él habla es, naturalmente, el ki, del que he hablado yo mismo en otros lugares. Es interesante lo que escribe un poco más adelante:

“Teniendo en cuenta que, en general, el hombre se ha alejado de esta postura óptima, se recomienda al principiante que lo intente exagerando un poco, es decir que por un momento arquee hacia dentro artificialmente la cintura. De este modo puede vivir la experiencia de su verdadera altura, que deberá tratar de guardar. Después ha de soltarse un poco a la altura de los riñones (…) No es que esté rígidamente sujeto a este centro (el hara) sino que oscila ligera y continuamente en torno a un misterioso punto central”

El sentido que yo le doy al movimiento entre las dos posiciones, es precisamente esa oscilación.

“La vertical que se logra, no hace pensar en un palo clavado en el suelo, sino en una brizna de hierba vibrando en torno a un secreto eje”

He dicho antes que hay dos tipos de mística, una es la mística natural y otra es la sobrenatural. No es que ambas místicas estén separadas, la una de la otra, pues la segunda no suele actuar sin antes haber actuado la primera. La mística natural es aquella que depende de la persona, y sus logros son logros naturales. Si practicamos la meditación, es seguro que obtendremos logros, solo por el hecho de sentarnos en la postura indicada. Puede decirse con seguridad, que no es necesario esperar mucho para sentir algunos efectos. Hay una sensación de bienestar que se produce y nos acompaña durante largo rato, después de habernos sentado, pero esto sucede solo si lo hacemos con regularidad. Si uno se sienta esporádicamente, probablemente no note gran cosa. Y esa sensación de bienestar (no es una gran sorpresa) se asocia a sentimientos de ligereza y hasta cierta ingravidez, como si estuviesen en la Luna.

En cambio, las personas que están en estados depresivos, por ejemplo, sienten como si pesaran mucho más de lo normal. Apenas pueden pasar de la cama a un sofá, y están siempre tumbados o recostados, como si andar les costase un esfuerzo sobre humano. La gravedad para ellos parece haber aumentado, como si se encontraran en un planeta de enorme masa. Es como si pesaran el doble, y no pudiesen ni levantarse de la cama. No por casualidad se habla de gravedad, para referirse a situaciones difíciles. Se habla de enfermedad grave, o de culpabilidad grave, o pecado grave. “Esto es grave” decimos cuando no encontramos la solución a un problema importante.

Por eso he hablado largo y tendido de la postura de meditación, y la importancia de abandonarse a la fuerza de la gravedad. Nadie me ha dicho nunca que lo haga, pero lo he aprendido por mí mismo, a base de experimentar como sentarme. Abandonarse a la gravedad, es casi sentirse ingrávido por un momento. Recuerda los versos de Antonio Machado: Amo los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles, como pompas de jabón. Si alguien me lo hubiese dicho en su momento, quizás me habría ahorrado un trabajo considerable. Por eso, y no por otra cosa, he escrito sobre la postura. Pero experimentarlo un día o dos, no es suficiente.

Por ello, lo más importante es introducir la práctica de la meditación, a diario. Puede que nos dé un poco de pereza, al principio, pero es lo único que podemos hacer si, de verdad, queremos obtener beneficios. Por supuesto, el introducir la meditación como una práctica regular en nuestra vida, conlleva ciertos cambios en lo exterior. Tal vez, tengamos que quitar tiempo a otras cosas, como ver la televisión, por ejemplo. Si es el ordenador, el teléfono móvil o leer, quizás podamos realizar la meditación con ellos, alguna vez. Explico cómo.

Hay libros que es muy conveniente leer cuando practicamos la meditación. No me refiero solo a libros que tratan de ella, sino otros que guardan algún tipo de relación. Pero en todo caso, la misma práctica de la meditación nos va dando una idea de lo que es bueno o es malo leer. Lo mismo pasa con el ordenador, hay videos por ejemplo muy interesantes para ver. Hoy tenemos a nuestro alcance prácticamente todo lo que deseemos. Por ejemplo, podemos poner videos de Eckhart Tolle, de Krishnamurti, de Allan Watts… y de muchos otros. Podemos sentarnosa veces en el cojín, delante del ordenador (mejor con el móvil), con unos auriculares, y elegir un video apropiado, y, una vez adoptada la postura, escuchar el video.

Escuchar no interfiere con la meditación. En cambio, visualizar sí, por lo que considero que es mejor ponernos videos cuya importancia esté en lo que se dice, y no en las imágenes. Yo me pongo a veces videos de Allan Watts, por ejemplo, que considero una persona muy inspiradora. Pero igualmente he oído a Eckhart Tolle mientras practicaba, y hasta cierto punto también ha sido inspirador. O puede uno ponerse a Thich Nah Than, u otros. No es bueno escuchar más de cinco o diez minutos, sin embargo. Pasado ese tiempo, cuando la respiración ya está regulada y el proceso de la meditación ya va bien encauzado, lo mejor es apagar el movil (que no se tiene en la mano, por supuesto, sino en el suelo, y oimos con los auriculares puestos), y seguir la meditación por ella misma.

En cuanto a los libros, uno puede tener uno o varios libros a su alcance, que tengan igualmente que ver con la meditación, o con temas relacionados. No digo que no pueda uno leer un párrafo de una novela, pero normalmente las novelas no son las lecturas más apropiadas durante la meditación. Sugiero libros de los mismos autores que he citado antes, u otros similares. Es bueno tener un buen libro, o varios juntos. (Yo los tengo en el móvil, o el kindle) y leer un poco del libro elegido. No mucho, apenas uno o dos párrafos basta. Luego el libro se deja, y uno vuelve a la meditación.

Leer o escuchar no son un obstáculo para meditar, pero como el vino, deben tomarse a pequeños sorbos, no una botella entera. Los libros, durante la meditación, cumplen una función inspiradora, lo mismo que los videos. En ese sentido, cumplen una misión de ayuda. Como digo, si uno tiene varios libros, puede ir variando la lectura cada vez, no leer siempre del mismo. Pueden tenerse libros tan variados como Krishnamurti, Allan Watts, Santa Teresa y La Oración de Jesús, (o el Evangelio, si uno es creyente), por poner solo unos cuantos. Lo más importante no es lo que se lee, sino cómo se lee. Todo libro que nos inspire, es bueno, pero aquellos que no nos inspiren, es mejor dejarlos. Si lo que leemos choca con nuestra experiencia de meditación, o nos confunde, es mejor no seguir con ello. Lo mismo se aplica a lo que escuchamos.

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Daido
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Thich Nah Than, sentado meditando en postura tensa

Meditar es, ante todo, sencillo





El maestro budista Thich Nat Tanh, propone meditar concentrándonos en la respiración (en la inspiración, especialmente) Es una práctica muy buena, estoy de acuerdo. Tal y como él la propone, la postura no tiene especial importancia, pues ni siquiera habla de ella. En cierto momento dice:

Entender nuestra respiración es estar en control de nuestro cuerpo y mente. Cada vez que nos encontramos dispersos y no sabemos cómo recuperar el control sobre nosotros mismos, deberíamos usar el método de observar la respiración.

Entender nuestra respiración, dice, y sí, creo que es una forma muy conveniente de referirse a ello. Si, tal vez de eso se trate, de entender nuestra respiración, pero en mi caso, cuando la observo, no sé qué observar, y mucho menos qué entender. He practicado el método de observar la respiración muchas veces durante el zazen, pero no recuerdo que haya sido efectivo. Thich Nah Than, añade:

Mindfulness es eso mismo, es el milagro que puede hacer regresar en un instante nuestra mente dispersa y restaurarla a su totalidad, de modo que podamos vivir de ese modo cada minuto de nuestras vidas.

Es probable que eso sea así para mucha gente, no lo dudo. Pero no para mí. No se trata de una técnica. Se trata de ser uno contigo mismo, incluyendo los pensamientos.

Pensar como una máquina es lo contrario a mindfulness,- añade Thich Nah Than.

Desde mi experiencia, sin embargo, pensar, como una máquina o del modo que sea, no es contrario a la meditación zen que yo he aprendido. No sé si es contrario a mindfulness, pero si lo es, yo no podría practicarlo. Yo no puedo dejar de pensar, ni meditando. Pero ciertamente no me hace falta dejar de pensar.

He estado en Plum Village y he visto como se practica allí la meditación, y recuerdo que se sentaban en una posición relajada. En los videos en los que se ve a Thich Nah Tanh, este se sienta en una posición relajada también, con las manos sueltas, sin que los pulgares se toquen. Lo mismo hacen los monjes que están con él. Esto me hace pensar que la forma de meditar que él propone, es buena. Si sigues la respiración, como si no, lo veo secundario. La postura dice mucho más que las palabras. La voz de Thich Nah Tanh es relajada y produce un enorme relax escucharle. Si una persona está tensa, todo lo que dice es tenso. Sus movimientos son rígidos, como si estuviese incómodo, o tuviese miedo de las personas que le escuchan. Hay maestros que hablan así, desde la tensión. No digo que no sean maestros, pero son maestros tensos, en todo caso.

Thich Nah Tanh dice que la inspiración pone al cuerpo y a la mente juntos, en el aquí ahora. Eso es cierto, si el cuerpo está relajado en la postura de meditación. Pero no solo la inspiración, también la espiración, y el tiempo que se pasa entre una y otra. Ese es un momento especialmente delicioso, que deberías notar cada vez que llegase. Siente tu cuerpo relajado, tu espalda derecha, pero sin rigidez, y los hombros caídos. Siente el vientre sin tensión, ligeramente expandido, como el de un niño. Siente los brazos totalmente sueltos, los dedos tocándose pero sin rigidez, también. Siente la lengua tocando levemente el paladar, donde se junta con los dientes, pero no cierres la dentadura necesariamente. En cualquier caso, deja las mandíbulas relajadas. Nota como la boca se llena de una saliva fluida, que es signo de profunda relajación. Cierra los ojos, si lo prefieres. Sé consciente, simplemente consciente. De vez en cuando, estira la nuca. (Puedes llegar hasta sentir unos leves crujidos en las vértebras cervicales)

Pero no olvides la otra posición, la posición de Dogen. Ahí es donde quizás, yo difiero un poco del maestro Thich Nah Tanh, en que creo que existe también una posición a la que debemos acudir de vez en cuando, en la que sentimos la tensión en los músculos dorsales, y los del abdomen. ¿Por cuánto tiempo? Eso lo decide tu cuerpo, no lo decide nadie más. Pueden ser unos segundos (dos o tres) o puede ser un minuto. O pueden ser dos o más. ¡O todo el tiempo que dure la sentada! Solo tu cuerpo lo sabe. La sensación de tensión en los músculos dorsales y en el abdomen, nos produce una agradable sensación por unos instantes. Necesitamos sentir esa tensión, de vez en cuando, es como si nos liberásemos de algo molesto que se nos acumula durante la inmovilidad. Pero una vez libres, nos abandonamos dulcemente a la gravedad. Abandonamos el cuerpo, pero la mente le sigue.

Normalmente, pensamos que es la mente la que dirige al cuerpo. Por ejemplo, si pensamos en una suculenta comida, la boca se nos hace agua, lo que demuestra que el pensamiento puede provocar reacciones en el cuerpo. Sin embargo, lo contrario también es posible. Si no nos identificamos con la actividad mental, si somos conscientes de nuestro cuerpo relajado o tenso, si sentimos la respiración y la inmovilidad, la mente se calma. ¿Para qué cansarse pensando? Estamos en capas más profundas de la consciencia, ahora (no del cerebro, cuidado). No tenemos la mente en blanco, evidentemente. Los pensamientos nos acarician, forman parte del todo, pero no son el todo.

A medida que profundizamos en la mente somos tanto o más conscientes de los estímulos sensoriales, como del pensamiento. Ese es uno de los descubrimientos más asombrosos que hacemos cuando empezamos a practicar la meditación zen. Nos damos cuenta de sonidos que, normalmente, ni siquiera notamos. En la medida en que soltamos el cuerpo, podemos notar la luminosidad que nos rodea, incluso con los ojos cerrados. Si los abrimos, nos damos cuenta de formas y colores, sin necesidad de mirarlos. No hace falta que enfoquemos la mirada en un objeto en particular, todo lo contrario, dejemos los ojos sin enfocar, y seamos conscientes de nuestro entorno, sea cual sea. Los sonidos, incluso si son lejanos como el suave trino de un pájaro, llegan a nuestros oídos. También oímos la respiración profunda entrando y saliendo de nuestros pulmones por la nariz. Por otro lado, ruidos como el de los coches, son menos molestos, quizás.

Podemos sentir la boca llena de saliva, y tragarla es una sensación totalmente desconocida, porque descubrimos que la saliva tiene sabor, un sabor muy personal, por supuesto, algo que nunca habíamos notado antes. Un picor puede resultarnos chocante, más que molesto. Al mismo tiempo, notamos la piel como algo vivo, que no nos separa, sino que nos une al entorno. Quizás sentimos, por un instante, el olor delicado de la barra de incienso que pusimos sobre el altar. Sentimos las piernas durmiéndose, lo cual nos puede llevar, extrañamente, a la necesidad de tensar la postura de nuevo. Notamos las piernas aplastándose contra el suelo ahora, el bajo vientre ligeramente tenso. Puede que cambiemos casi imperceptiblemente la postura, sintiendo que las piernas son ahora más flexibles. Levantamos un centímetro la rodilla y notamos que cuando vuelve al suelo está un poco más alejada. Sentimos que la flexibilidad de nuestras piernas es mayor, y eso nos hace sentir bien.

De pronto oímos el avisador que nos indica que el tiempo de la sentada ha terminado. Nos percatamos de ellos con sorpresa, dándonos cuenta de que ha transcurrido más deprisa de lo que pensábamos. Lo cierto es que ha habido momentos en que no hemos pensado, en los cuales no hemos notado el tiempo. El pensamiento es lo que nos hace vivir en el tiempo, por ello en la meditación el tiempo parece tener otra dimensión.

A veces, quizás notemos dolor. El dolor no es un enemigo, sino un amigo que viene a ayudarnos. El dolor nos hace tomar conciencia de nuestras limitaciones. Nuestros tendones son todavía poco flexibles, o nuestros músculos están agarrotados. Antes de cambiar de postura, o deshacerla, dejemos que el dolor nos enseñe un poco más, pero no hagamos de la meditación una prueba de resistencia al dolor. Esto es algo que sucede con frecuencia en ciertas escuelas de zen, en occidente. Las personas convierten el zazen en una forma de demostrar que “yo aguanto más que tú”. Se desarrolla un ego inmenso, sobre la base del zazen, en esos ambientes, justo lo contrario de lo que debería ocurrir.

Por eso, antes de que el dolor se apodere de nosotros y convierta la meditación en una experiencia miserable, por favor, cambia de postura. Quizás has elegido una que no es apropiada para ti en este momento. Quizás las piernas no debieran estar cruzadas, sino que estarías mejor sentado sobre un banquito. Hay toda clase de banquitos, de diferentes alturas e inclinaciones. Elige el que mejor te convenga, prueba diferentes maneras de sentarte. Y si no puedes sentarte sobre un banquito, por favor, no te sientas derrotado. Utiliza una silla.

Una silla es perfecta para meditar. De hecho, la mayor parte de los monjes católicos oran sentados en sillas. Yo voy a menudo a Lourdes, y me siento en una capilla donde hay siempre monjas de un convento cercano, que pasan horas sentadas sobre un banco. Yo me siento allí como ellas, y tengo la misma impresión que cuando me siento sobre el cojín. Es cierto, para mí el cojín es muchísimo mejor, me siento incomparablemente más cómodo, me relajo mucho más, conozco todas las triquiñuelas para mantener la postura tanto en la posición de relajación como en la de Dogen. Pero no me concentro más, necesariamente, sentado en un cojín, que sentado en un banco o en una silla.

Por otro lado, hay muchísimos momentos en que nos debemos sentar en sillas o en cosas parecidas. Cuando viajas en el metro, o esperas en la consulta del médico, estás en una silla. Por ello, debes aprender a meditar en silla, porque si solo meditas en un cojín, llegarás a creer que no se puede meditar de otra manera, lo cual es un error. Debes aprender a ver que la silla es perfecta para la práctica. Ni siquiera se notará que estás meditando, por lo que los que están a tu lado, no se fijarán en ti, como se fijarían si te sentaras en el suelo, sobre un cojín. Aprende a estar en una silla, aprende a relajarte sin derrumbar el cuerpo. Aprende a estar derecho, aprende a tensar el cuerpo de cuando en cuando. Puedes tener la espalda en contacto con el respaldo, no tienes por qué estar sentado sin apoyarte. Puedes poner las manos en el regazo o en las rodillas. Puedes sentir lo mismo que cuando estás sobre un cojín. Puedes tener la iluminación también, sobre una silla.

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Thich Nah Than en postura relajada
Daido
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Re: La meditación zen experimentada paso a paso

Mensaje por Daido »

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Maestro Zen Dogen

La mente ordinaria es el camino





De hecho, yo iba conduciendo cuando tuve una experiencia de satori. Iba en un coche, de modo que no estaba sentado en un cojín. Venía, eso sí, de un sesshin, un retiro intensivo de meditación zen, donde había pasado muchas horas sentado sobre un cojín. No sé si estuve relajado durante la meditación, más bien creo que no. Practicaba con un koan, y es difícil relajarse con el primer koan. No recuerdo que en aquella época me relajara mucho haciendo meditación, más bien pasaba casi todo el tiempo en la posición tensa de Dogen. Pero en el coche, no podía ir muy tenso, puesto que uno está apoyado contra el respaldo. En ese momento, no estaba en la posición de Dogen, desde luego. No hace falta obsesionarse con estar siempre con la espalda ultraderecha. La iluminación no viene casi nunca cuando uno está así.

Eckhart Tolle dice que hay un estado en el que uno está alerta y consciente, pero no pensando. Un estado en que uno es consciente de lo que él llama Presencia. Presencia es el nombre que él prefiere, en vez de otros como Mindfullness, o Dios. O naturaleza esencial, o de buda… Se le dan tantos nombres, y ninguno le cuadra. Pero uno no está sin pensar, por más alerta que esté. En lo que podríamos llamar mística natural, no se puede estar sin pensar. El día que iba viajando en el coche y sucedió aquello, mi pensamiento quedó completamente abolido, pero aquello no lo hice yo, fue otra cosa. Aquello fue algo que se hizo en mí. Por mucha meditación que se haga, no es posible pasar por ese estado. Esa experiencia es totalmente gratuita, y no es uno el que la consigue con horas de meditación.

Eckhart Tolle, habla de su experiencia de iluminación en su libro el Poder del Ahora, diciendo que se despertó en cierto momento en que estaba pasando por una depresión suicida (eso afirma, él mismo) y pensó “no puedo seguir viviendo conmigo mismo ni un momento más” Pero al pensar en ello, se dio cuenta de que había dos yoes en él, uno sería el sí mismo con el que no podía vivir, y otro el que no podía vivir con el sí mismo. “¿Cuál de ellos soy yo, realmente?” se dijo, y aquello provocó una experiencia de iluminación, en la que sintió que era catapultado más allá del pensamiento. “No te aferres a nada” apareció en su mente, cuando sintió miedo a desaparecer. Esa experiencia no fue provocada por ninguna práctica de meditación, ni de otro tipo. Esa experiencia yo la considero sobrenatural, no natural. Nosotros no podemos conseguir nada de eso con la meditación. La iluminación, incluso la de Buda, no provino de la meditación. Esas son experiencias que vienen de una dimensión que nosotros no conocemos, ni conoceremos jamás, porque es incognoscible. (Incognoscible para la mente racional, por supuesto)

Pero Eckhart Tolle propone llegar a ella por medio de una especie de técnica, que es similar a la meditación zen, en muchos aspectos, aunque realmente no guarda relación. Su intención es encomiable, pero lo que él propone no puede producir una experiencia sobrenatural. Nada de lo que hagamos puede producirla. No podemos ir más allá del pensamiento, hagamos lo que hagamos. Ser consciente del pensamiento, situándonos fuera como un testigo de lo que ocurren en la mente, puede hacer que ese pensamiento se diluya, sí, pero enseguida viene otro, y otro, y otro… ¿Podemos estar todo el tiempo así? Bien, eso sería una manera de enfocar la práctica de meditación, indudablemente. Quizás ayude para ello sentarnos en un cojín, aunque no parece que sea necesario en modo alguno.

Es sin embargo cuando Eckhart Tolle habla de sentir la energía interior, que encuentro que lo que dice sintoniza perfectamente con lo que yo mismo he comprobado. Cuando digo que debemos tensar la postura de vez en cuando, es precisamente para sentir esa energía interior de una manera más total, porque en ese momento, el hara genera una energía interior mucho más intensa. Aunque el momento en que esa energía se siente de una manera más clara, es justo cuando nos soltamos completamente, y nos relajamos en la segunda posición. Por un instante, esa energía se nota con gran claridad. Esa energía cuando se difunde por todo el cuerpo, es precisamente lo que produce la sensación de relajación. Esa sensación es como un “Ahhhh….” al mismo tiempo que espiramos.

Esto no es la iluminación, todavía. Cuando ocurre la iluminación el pensamiento cesa, esto hay que admitirlo, pero nosotros no podemos producir esa ausencia de pensamientos con nuestro esfuerzo natural. La iluminación, o satori, no podemos conseguirla por nuestros propios esfuerzos, pero a pesar de todo, sí conseguimos algo. Esta práctica nos hace entrar más cerca, de nuestro verdadero yo. El verdadero yo está siempre presente, y no depende del pensar o no pensar, por lo que la actividad de la mente no es ningún estorbo. El estorbo sería tratar de salirnos del pensamiento. Observar el pensamiento no creo que sea una buena manera de enfocar la meditación, por mi parte. Cierto, hay muchas técnicas que se enseñan en la actualidad, que van en esa dirección. Pero la meditación zen no es observar nada. Es abandonar cuerpo y mente, tal y como decía Dogen. Abandona el cuerpo a la gravedad, y la mente acabará por seguirle.

Cuando estoy yo solo, en mi retiro de los Pirineos, puedo comprobar perfectamente todo esto. Ahora estoy precisamente en mi cabaña, oyendo caer la lluvia incesantemente. Antes dedicaba mucho tiempo a la meditación sentada, y sigo dedicándole tiempo, pero me doy cuenta de que no hay necesidad de hacer tantas horas de meditación formal. Salgo a pintar, o a cortar la hierba, o a pasear simplemente, y la meditación continúa. También practico el kyudo, el tiro con arco japonés. Con todo, meditar sentado es importante.

Ahora por ejemplo, escribo esto sentado sobre el cojín. A ratos dejo de escribir y abandono el cuerpo. Me quedo quieto, sintiendo la gravedad, y las palabras formándose en mi mente. Es un gran placer estar así, pero ahora lo que importa es más escribir, y vuelvo a ello. Sin pensamientos no podría escribirse, ni podríamos hablar con nadie. Estaríamos totalmente aislados. No habría manera de comunicar nada. Ahora siento el oleaje de la mente con más intensidad, porque estoy más cerca de la superficie, cuando escribo. Sé que si me centrara en la meditación, el oleaje se notaría más lejano, pero ¿tiene eso importancia, realmente? El oleaje es de la misma naturaleza que el océano, y la actividad mental es de la misma naturaleza que la mente. Sentir el pensamiento en la cabeza es sentir la naturaleza de la mente. ¿Por qué tanto empeño en querer liberarse de él?

Recordemos otra vez la pregunta de Joshu a Nansen, y la respuesta de Nansen a Joshu:

- ¿Qué es el camino?
- La mente ordinaria es el camino.

He estado mucho tiempo con este koan, sin ver su esencia, y sigo sin verla. Me resulta sumamente chocante que la mente ordinaria sea el camino. Pero ¿qué es la mente ordinaria? ¿Los pensamientos? ¿Los sentimientos? ¿Las emociones? ¿Todo junto? Pero, ¿no es eso de lo que nos queremos librar? ¿Cómo podemos decir que los pensamientos son el camino? Eso es tanto como decir que el ego es el camino. ¡Pero el ego es lo que supuestamente nos sobra! Es muy extraño ese diálogo, y sin embargo se estudia como un koan importante en muchas escuelas zen.

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Dogen, sentado en zazen: tanto en la primera como en la segunda imagen, se le ve bastante relajado.
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Learner
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Re: La meditación zen experimentada paso a paso

Mensaje por Learner »

El Viaje es el final del sendero.
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tao.te.kat
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Re: La meditación zen experimentada paso a paso

Mensaje por tao.te.kat »

> me doy cuenta de que no hay necesidad de hacer tantas horas de meditación formal. Salgo a pintar, o a cortar la hierba, o a pasear simplemente, y la meditación continúa.

La mente ordinaria.
Daido
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Re: La meditación zen experimentada paso a paso

Mensaje por Daido »

Hum, cierto. Has dado en el clavo, gracias @Tao ada123123
Daido
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Re: La meditación zen experimentada paso a paso

Mensaje por Daido »

Learner escribió: 13 Jul 2021 17:38 El Viaje es el final del sendero.
El aquí ahora, sí
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Learner
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Re: La meditación zen experimentada paso a paso

Mensaje por Learner »

¡Gracias!
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