La extraña pareja: Gendun Chophel y Rahul Sankrityayan

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Junonagar
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Re: La extraña pareja: Gendun Chophel y Rahul Sankrityayan

Mensaje por Junonagar »

De este primer capítulo creo interensante destacar que Rahul Sankrityayan tenía muy claro que era en la zona de Phēmbo (en occidente se conoce como Phenyul) tenía más posibilidades que en otras zonas de encontrar lo que quería: textos sanscritos de origen indio en hoja de palma. Este lugar, aparte tener fama de una tradición opuesta al tantrismo, fue crucial entre el siglo X y XIII en la transmisión del budismo al Tibet desde la India.

Rahul era un nacionalista indio (India por entonces estaba bajo el yugo inglés). Su objetivo era la recupación del patrimonio cultura budista de la India, y por ese objetivo no iba a dudar en jugarse la vida.
Junonagar
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Re: La extraña pareja: Gendun Chophel y Rahul Sankrityayan

Mensaje por Junonagar »

Seguimos con el relato del primer viaje de Rahul Sankrityayan al Tibel. El texto original está por supuesto en Hindi (creo que no quedó claro en el comienzo del relato). La traducción es mérito de Chatgpt.

Otro tema a destacar es que Sankrityayan buscaban textos en hojas de palma, ya los textos budistas que habían sido traidos siglos atras desde la India tenían esta caracteristica, al contrario que los manuscritos budistas tibetanos, en su inmensa mayoria estaban en papel, ya que sobre el siglo IX se había ido introduciendo desde China.

Pero sigamos nuestro relato. He introducido algunas aclaraciones para ayudar en su lectura.
Hoy, cuando estábamos dormidos y la casa estaba a oscuras, llegó Sonam (nuestro guia que había huido anteriormente). Al preguntarle, dijo que alguien se había llevado sus pertenencias en el camino; que él había arrojado algo y había salido corriendo detrás de un borrico para alcanzarlo. También dijo que por la noche había dormido en la montaña. No podíamos creer del todo sus palabras; más bien aumentaba la sospecha: ¿no habría venido con la intención de matarnos y luego robarnos? Teníamos además 500 (rupias) y otras cosas, así que había motivos para desconfiar. Sonam era de la región donde nació Guzri; la gente de su tierra se dedica a los robos, según se decía. Aunque Sonam había tenido un historial bastante bueno durante cuatro o cinco años, lo considerábamos medio trastornado. Él mismo decía: “Me voy a tirar al río y me mataré”. Así que, hoy, durante todo el camino, caminamos con recelo y alerta.

Desde el estrecho monasterio avanzamos por un terreno llano, atravesando un puente hecho uniendo piedras secas; tomamos el camino a la izquierda del canal y pasamos junto a una tinaja colocada en la ladera de la montaña. El lugar por donde íbamos está por encima de los 12.000 pies ( 120000 pies = 3 657.6 metros) ; a pesar del frío, los cerros estaban cubiertos de rosales silvestres y matorrales. Había hierbas bajas, quizá por las lluvias; pero la “hierba bicha” (perenne) abunda aquí y da una verdor impresionante por todas partes.

En nuestro grupo se unieron dos criados más. Caminamos hasta la orilla de un afluente del Brahmaputra: para cruzarlo hacía falta una barca de madera, pues no había puente; los hombres y animales tienen que vadear o pasar nadando. Tardamos unas dos horas en cruzar. Este es el camino principal hacia Mongolia y Kham (China); aquí también había que arreglar una barca de madera para cruzar. Al pasar la orilla, se notaba que la gente del lugar se corta el cabello de forma peculiar en la frente —como los locales—. Desde el punto donde escribo, el camino desciende y llegamos al asentamiento de Jyoti; al llegar, nos encontramos y nos inclinamos.

Salimos a las dos; íbamos por la ribera del río. Este arroyo es mucho mayor que el anterior; afortunadamente no tuvimos que vadearlo a pie. En las laderas de estas montañas hay aún más matorrales y terreno cultivable; junto al río se veían campos de mostaza. En las laderas había cultivos en terrazas, y por doquier se veían árboles de cedro. Al avanzar se notaban antiguos campos abandonados: por los terraplenes se adivinaba que antiguamente hubo más agricultura aquí.

Tras caminar una milla, aparecieron más cedros; en algunos lugares el bosque de cedros era denso, miles en las laderas. Aquí está terminantemente prohibido cortar cedro, por eso hay tantos árboles. Nos informaron que en invierno este gran río incluso se congela en la parte alta, de modo que personas y animales pueden cruzarlo andando. Exceptuando el verdor de los cedros, no hay mucha otra vegetación en la vista desde estos lugares altos.

En una pequeña roca, dos de nuestros compañeros estaban golpeando trozos de piedra; decían cosas como “aunque sea necesario morir, daré manteca” —parece que los peregrinos suelen hacer ofrendas aquí—. En la roca había inscripciones antiguas, y al verlas me sorprendí: no parecían ser inscripciones recientes. Cruzamos un pueblo y entramos en el espeso bosque de cedros hasta llegar al monasterio de Weeding. Nuestros compañeros tomaron sus pistolas y fusiles, porque portar armas dentro está prohibido.

En el pilar occidental nos llegó una carta del Rinpoche; al poco nos invitaron a alojarnos en una habitación del palacio. Lo primero que preguntamos fue por aquello para lo que habíamos venido desde tan lejos: Dharma Vardhan nos dijo que Rinpoche en la carta únicamente ofrecía una buena habitación. ¡Eso! ¿Por qué habríamos de sufrir tanto para venir a un lugar peligroso por ladrones si solo nos daban alojamiento? Habíamos venido porque en Reding (o Rīding) se decía que habría manuscritos escritos por Dipankara (Ācārya Dīpaṅkara Śrījñāna, también conocido como Atisa). que queríamos ver; no solo queríamos verlos, también habíamos traído equipo fotográfico para tomar fotos. Aquella carta tenía además otra para un funcionario que había marchado a Lhasa un día antes. Alguien sugirió que quizá en esa otra carta habría algo útil. El funcionario temía abrir la carta ajena, pero nosotros pensamos que quizá ésta también hablase de nosotros; Rinpoche no sería meramente un mensajero. Finalmente, la carta fue abierta y resultó ser personal, sin relación con nuestro asunto. Entonces supimos que el otro sobre contenía información distinta: si lo hubiéramos sabido antes, yo habría aconsejado abrir el otro sobre también.

Breve historia del sobre: en un viaje anterior, Rinpoche dijo que en su posesión había algunos libros escritos de la mano de Dipankara (Atisa) y que nos los mostraría al llegar a Reding. En aquel momento, el Rinpoche no era todavía rey de Tíbet; esta vez, cuando lo vimos, la carta llegó pero no mencionaba los libros. Si nos lo hubieran dicho antes, yo quizá no habría emprendido este viaje tan peligroso y me habría quedado en otro monasterio: habría sido mil veces mejor. Si Rinpoche no hubiese traído sus cartas, tal vez no habríamos conseguido un buen alojamiento ahora.

Se explicó que el lama Dipankara (Atisa) había hecho, tras su muerte, ciertos arreglos y que su principal discípulo —un hombre inocente y dueño del monasterio— guardaba objetos sagrados: había un paquete con páginas quemadas, algunos antiguos thangkas (pinturas) pintadas tras ver a Dipankara, que también se mencionan en su biografía. Antes de abrir la otra carta, un monje sugirió que si se hacía una ofrenda de oro, tal vez los thangkas saldrían para mostrarlos; al ver que en la otra carta no había nada, desistimos de insistir por las pinturas.

Después del almuerzo, con un guía, fuimos a visitar varios templos. Primero al templo del oeste, pequeño, con estatuillas de Dipankara y otras. Nos dijeron que el número de registrados en el gompa era 370; también había muchos perros. En la sala hubo retratos y thangkas antiguos, algunos renovados con el tiempo; sin embargo, también se conservaban thangkas realmente viejos, de estilo indio. Cerca hay una imagen sagrada donde los devotos colocaron una moneda de plata en honor a la deidad.

Fuimos a la orilla este. Muchos nombres de deidades se conservan desde textos antiguos. En el templo oriental vimos representaciones de los ochenta y cuatro siddhas en las paredes; aunque no son los cuadros más antiguos, conservan antiguas tradiciones. Al norte, en el santuario occidental, encontramos dos estupas y esculturas de Buda y Maitreya; allí había manuscritos en bloques encuadernados, escritos a mano con bellas letras, algunos de 700 años de antigüedad con los nombres de antiguos dueños o eruditos.

Algunas páginas de esos libros están comidas por insectos; si no se aplican tratamientos adecuados, los insectos los destruirán. Pensé en si alguna vez estos manuscritos guardados en los antiguos monasterios del país serán rescatados; parece que repetidamente los templos sufren destrucción por invasores, y quizá solo de esa forma se podría “rescatar” el material. De lo contrario, sería mejor que un salvador benévolo y culto los preservara.

Fuimos luego al templo más antiguo del lugar: pequeño, pero muy sagrado. En su interior hay una estatuilla de bronce, traída por el principal de Vikramshila (según la historia), y en vitrinas están los thangkas pintados por un artista que retrató a Dipankara. En la pared oeste hay un cofre con esas pinturas; en la mano izquierda de una figura hay un libro y en la derecha la mudra del valor. Uno de los relatos dice que todos los lugares sagrados están llenos de falsas historias: los adoradores muchas veces hacen relatos exagerados. En este templo incluso se exhibe una piedra negra con la impresión del pie del joven Rinpoche; se cuenta que cuando era niño posó su pie sobre la piedra y quedó la huella, y por eso muchos devotos la veneran como signo de una posible encarnación.

Fuera del templo, al mirar los thangkas, sentí que muchos tenían similitudes con la pintura de Ajanta (las famosas cuevas indias) : figuras erigidas, joyería, pechos y ornamentos a la usanza antigua; me apetecía copiar uno, pero cuando pregunté a Dharma Vardhan por permiso resultó que Rinpoche lo había prohibido en su carta. Me dio pena, porque si hubiera estado permitido, habría hecho una copia fiel; ahora no se pudo.

Se cuenta que en 1239 el ejército de Gengis Khan atacó y quemó muchas cosas de Reding; quizá por eso no quedan más antigüedades. Mientras avanzábamos, el cielo se cubrió de nubes y empezó a llover a ratos; vimos cómo labraban campos con arados de cuero, como los que se usan en nuestras épocas de magh-pus (meses agrícolas), para aumentar la fertilidad.

Llegamos a las doce a la orilla del río; bajar no tomó mucho tiempo. De los dos hombres que quedaron allí, uno desertó más tarde —parece que alguien se llevó las provisiones dos días atrás—. El viaje de hoy fue largo: debíamos cruzar seis arroyos grandes, así que partimos de nuevo. En el camino encontramos un hombre que transportaba ciertos objetos y dijo ser del pueblo B; al ser interrogado supimos que el fundador de este monasterio fue un cierto Raper Dont y que su discípulo contemporáneo fue Poton —todo indica que el establecimiento se remonta al siglo XI, aunque por entonces estaba en un lugar un poco más abajo.

Hoy vive aquí una encarnación (avatar) del lama, y su tumba está en la casa del santón. En un pequeño pueblo vimos un padmasana (asiento de loto) donde se conserva el cuerpo en cierta forma: dicen que cuando muere, el cuerpo se coloca en una postura específica y hay pequeñas aberturas en que la gente puede ver al lama. Intentamos fotografiar con la luz de lámparas y, con éxito relativo, logré algunas fotografías. Pensé en quedarme una semana más para ver más columnas de piedra, pero al día siguiente Sonam (el guia) volvió a mostrar señales de locura y se negó a continuar; insistió en que prefería guardar más valor y que la gente del lugar —del “Malham” según la transcripción— tenía costumbres temerarias respecto a la muerte y otras cosas.
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Re: La extraña pareja: Gendun Chophel y Rahul Sankrityayan

Mensaje por Junonagar »

Dejo aqui una fotografia de Rahul Sankrityayan en unos de aquellos viajes por el Tibet. En la fotografia se le ve posando con dos monjes tibetanos mientras él lleva la tipica kasaya theravada. Recordamos que Sankrityayan se ordenó como monje theravada en Sri Lanka a principios de los años 20 del siglo pasado. Durante esta etapa monástica estudió Pāli, los textos del Canon Theravāda (Tipiṭaka) y las costumbres monásticas del vinaya. Tambien aprendió sánscrito y tibetano, así que fue un erudito incomparable en el entendimiento profundo de las diversas tradiciones budistas..

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Daru el tuerto
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Re: La extraña pareja: Gendun Chophel y Rahul Sankrityayan

Mensaje por Daru el tuerto »

Un relato muy entretenido :)

Por cierto que 12.000 pies en el Tíbet es casi una depresión, la media de altura es de 4.000 metros.

Lo más alto que he estado yo son 5.500 mts y ¡¡era un collado!! no una cima... :)
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Re: La extraña pareja: Gendun Chophel y Rahul Sankrityayan

Mensaje por Junonagar »

Seguimos con capitulo 2 del libro Mi viaje a Tibel, de Rahul Sankrityayan. El libro es un diario, en demasiadas ocasiones desordenado, no hay una estructura clara del tiempo a la que acogerse. Esto lleva a desorientar al lector occidental sin duda. Pero creo que es más interesante los momentos de aventura y de descubrimiento, que su consistencia como un libro de viaje al estilo occidental. De descubrimiento y tambien de autodescubrimiento "Comprendí que en estas tierras el hombre no puede sentirse dueño de nada: ni del tiempo, ni del camino, ni siquiera de sí mismo. Todo pertenece al viento y al silencio."

En el principio de este capitulo 2 se relata la llegada a Llasa desde algun punto del Tibet (que no queda claro, pero que estaba a 3 dias de viaje)

Habían pasado ya algunos meses tranquilos. No se había hecho gran cosa en ese tiempo. Pensábamos partir antes, pero ciertos contratiempos en la provincia retrasaron todo. Nuestro fotógrafo, que debía acompañarnos, se desentendió por completo; teníamos la cámara, pero no a quien supiera usarla.

Las autoridades no daban permiso para fotografiar los libros antiguos, y el ministro prometió enviarnos un mensajero… que nunca llegó. Ni siquiera teníamos fondos suficientes para los gastos del viaje. Así, esta vez tampoco se concretó el proyecto. Pero seguimos esforzándonos, con la esperanza de que el conocimiento y la perseverancia nos abrieran el camino.

Por fin, el once de septiembre, los jefes del pueblo decidieron ayudarnos. Entre los jóvenes se habló de proteger los cargamentos y buscar quien condujera a los animales. Uno de ellos, un hombre apodado Mátka, aceptó unirse a nosotros. No fue fácil convencer a los demás, pero acabamos preparando los mulos y atando las cargas.

Los encargados de los animales pasaron el trabajo a un hombre llamado Sonam, calvo y fuerte como un guerrero. No nos dimos cuenta al principio, pero sus mulos estaban en mal estado: uno cojo, otro débil, y los demás apenas se mantenían en pie. A las nueve y media de la mañana, salimos de la ciudad.


Al alejarnos, notamos que ni siquiera llevábamos las sogas para atar por la noche, ni las semillas de dátiles que servían de alimento para los animales. Nuestro guía había olvidado también el burro más robusto, aquel que hacía de soporte en las subidas. Protestamos, pero ya era tarde.

Caminamos un rato junto a un hombre de rostro curtido, que insistió en regresar. Nosotros continuamos, esperando a Sonam, que venía desde un poblado al pie de las montañas. Apareció desde lejos, espada al cinto, y con él partimos hacia el siguiente valle.

Pensábamos llegar hasta un pequeño pueblo antes de Lhasa, pero las dificultades del camino y la falta de guías confiables nos hicieron desistir. Por suerte, un grupo de comerciantes llegó en ese momento: alquilamos tres burros y acordamos un precio justo hasta la ribera del Brahmaputra.

Descansamos en un pueblo cercano al río. Nos advirtieron que por la otra orilla abundaban los ladrones, pero quedarse en Lhasa sin hacer nada nos parecía peor que arriesgar el viaje. Llevábamos con nosotros objetos para el Museo de Patna y materiales del laboratorio de arqueología, de modo que el peligro era doble: por las cosas y por nuestras vidas.

Éramos dos viajeros: yo y el pintor Dharmavivardhan. Él cargaba una pequeña espada y un ramo de flores secas que guardaba como amuleto. Estábamos cansados, pero seguimos caminando.

En Tíbet, los dueños de burros y los de mulas tienen costumbres distintas: mientras los muleros parten hacia las nueve o diez de la mañana, los burros salen aún de noche, para evitar pagar el pasto en los pueblos. Nosotros no queríamos alejarnos demasiado de los caminos, por miedo a que las antigüedades del museo —y nuestras propias vidas— corrieran peligro.

Aun así, nuestros arrieros resultaron hombres de bien, lo cual en Tíbet es motivo suficiente de gratitud. Aceptaron quedarse en el poblado de Gam, donde pernoctamos. Salimos a las cinco y media, con la luna todavía alta y los astros iluminando el camino.

Lhasa se encuentra a treinta y un grados de latitud norte, y el cielo allí parece más cercano. La Estrella Polar brillaba justo sobre nuestras cabezas. Por un instante, al mirar aquel cielo tibetano, pensé en las noches de mi tierra, en los mismos astros que observan los campesinos del Ganges. Pero el viaje no permite sentimentalismos: seguimos avanzando.

Antes del amanecer, un lucero —seguramente Venus— resplandecía sobre las montañas del este, como una promesa.
Y así, bajo su luz, caminábamos a través de una tierra donde, incluso de día, la muerte de un viajero solitario no sorprende a nadie.

A las nueve y media nos detuvimos junto a la ribera de un afluente del Lhasa Chu. Dejamos los animales pastar en la ladera y nos entregamos a la comida. El viento soplaba fuerte; sin paraguas ni abrigo, el frío se metía hasta los huesos. Un caminante se acercó y nos dijo:
—Su compañero, el monje Mangal, ha pasado hace un rato. Preguntaba por ustedes.
Aquel monje viajaba montado en una mula, rumbo a Lhasa. Nosotros, tras descansar, reanudamos la marcha a las dos.

El terreno era irregular, y el cansancio comenzaba a notarse. A pesar de ello, la sed era nuestro mayor tormento. Llegamos al atardecer al pueblo de Jharsham, donde me dio fiebre. Pasé la noche sin dormir, con el cuerpo entumecido y la mente agitada.

La casa donde nos alojaron era pobre, pero al menos tenía techo. Cuando el cansancio cedió, subí a la azotea abierta y preferí dormir allí, bajo las estrellas. Mi compañero también se desvelaba, y juntos contemplamos el cielo frío y limpio de Tíbet, hasta que el sueño nos venció.

Al amanecer, el aire era tan claro que cada sonido viajaba lejos: el tintineo de los cencerros, el murmullo de los arroyos, incluso el roce de las pezuñas sobre el polvo seco. Me sentía algo repuesto, aunque el cuerpo aún dolía. Los animales fueron cargados en silencio, y reanudamos el camino con el sol apenas despuntando sobre las crestas.

A esa hora, el cielo del Tíbet es de un azul casi metálico. Las sombras son largas y frías, y los pueblos, vistos desde lejos, parecen encaramarse al borde de otro mundo. Los niños se asomaban desde las puertas, envueltos en pieles, mirándonos pasar con una mezcla de curiosidad y temor. Algunos monjes jóvenes corrían detrás de nosotros, riendo, con los rosarios tintineando en la mano.

El sendero descendía luego hacia un valle amplio, bordeado de sauces raquíticos. Allí fluía un río caudaloso: los lugareños lo llamaban Lhan Ganga. Sus aguas eran tan claras que se veía el fondo pedregoso. En las orillas pastaban los yaks, negros y relucientes como la tinta. Descansamos un rato, y me quedé contemplando el reflejo de las montañas sobre la corriente.

De vez en cuando se cruzaban con nosotros caravanas de mercaderes: hombres de rostro cobrizo, con las trenzas empolvadas de arena y las mejillas quemadas por el viento. Casi todos llevaban largas espadas, y en los cestos colgaban pieles, manteca, té, algo de cobre. Los saludábamos al pasar con el gesto tradicional: las manos juntas y la cabeza inclinada. Ellos respondían del mismo modo, y seguían su marcha, lentos pero constantes, como si no existiera la fatiga.

Pasamos ese día atravesando colinas y pequeños valles. A veces, el sendero se estrechaba tanto que sólo cabía una mula a la vez, con precipicios a ambos lados. En ciertos tramos el suelo era un lecho de piedras filosas; en otros, se hundía en el barro. Pero la vista compensaba cualquier penuria: picos nevados a lo lejos, nubes bajas que se desgarraban sobre las cimas, y, de vez en cuando, algún monasterio blanco encaramado en una roca como si flotara entre el cielo y la tierra.

Hacia el mediodía divisamos una fortaleza ruinosa. Dicen que antiguamente fue un puesto de los reyes de Lhasa, pero ahora sólo quedaban muros desmoronados y un muro de oración que el viento había cubierto de polvo. A su sombra almorzamos un poco de cebada tostada con manteca rancia. No había otra cosa.

La tarde avanzó con paso lento. Los animales, agotados, tropezaban a menudo; los arrieros maldecían en voz baja. En una curva del camino vimos venir un grupo de peregrinos con banderas y ruedas de oración. Algunos arrastraban sus cuerpos en el polvo, prosternándose cada tres pasos. Sus rostros, curtidos y serenos, no mostraban cansancio. Uno de ellos, un anciano de barba gris, se detuvo junto a nosotros y dijo con calma:
—Todo camino lleva a la verdad, si uno lo recorre con fe.

No supe qué responder. Lo observé alejarse, arrastrando su cuerpo por el suelo con una dignidad silenciosa que me conmovió más que cualquier sermón.

Al caer la tarde, el aire se volvió helado. Las sombras se extendían sobre el valle y un viento seco nos obligó a cubrirnos el rostro con las bufandas. Llegamos a un caserío de apenas tres casas y un molino de agua. Nos ofrecieron un rincón en un establo. Encendimos un fuego débil con ramas húmedas, y el humo llenó el techo bajo.

El dueño de casa, un tibetano corpulento de sonrisa franca, nos sirvió té con manteca. Mientras lo bebíamos, me contó, por medio de un intérprete, historias de ladrones que rondaban la ruta, de caravanas perdidas en las tormentas de nieve, y de espíritus que habitaban las montañas. No era fácil saber qué parte de todo eso era creencia, y qué parte realidad. En esas tierras, ambas cosas se confunden sin esfuerzo.

Pasamos la noche sin dormir mucho. A medianoche, el viento rugía como un animal, y los tablones del establo crujían. Pero en el silencio que seguía a cada ráfaga se oía el rumor del río —el mismo Lhan Ganga— que seguía su curso, constante, hacia el Brahmaputra.

A la mañana siguiente, salimos antes del amanecer. Las estrellas aún titilaban, y la luna, menguante, iluminaba los montes nevados. A esa hora, el Tíbet parece suspendido en una quietud antigua. No hay canto de aves ni voces humanas, sólo el crujido de las heladas bajo los cascos de las mulas.

Mientras avanzábamos, comencé a notar una transformación en mi ánimo. Las preocupaciones del viaje —el dinero, los permisos, la fatiga— se desvanecían ante la inmensidad del paisaje. Comprendí que en estas tierras el hombre no puede sentirse dueño de nada: ni del tiempo, ni del camino, ni siquiera de sí mismo. Todo pertenece al viento y al silencio.

El tercer día amaneció con un resplandor pálido, casi blanco. A medida que subíamos por las laderas, el paisaje cambiaba. Las montañas se abrían, y los valles se ensanchaban hasta parecer mares de hierba dorada. En el horizonte, las cumbres nevadas se disolvían en una neblina azulada.

De pronto, el aire trajo un olor distinto, más húmedo, como si viniéramos descendiendo hacia una tierra más viva. Sonam, el arriero, señaló al frente con su vara y dijo algo en tibetano. El intérprete tradujo:
—Más allá de esas colinas está el gran río Brahmaputra.

Esa sola palabra —Brahmaputra— despertó en mí una emoción antigua. Había oído hablar de él desde la infancia, en los relatos de los peregrinos y los textos sagrados, y ahora iba a verlo con mis propios ojos.

A mediodía alcanzamos la orilla. El río era ancho como un océano, de aguas grises y frías. En su superficie flotaban pequeñas islas cubiertas de juncos. El viento soplaba con fuerza y levantaba olas bajas que golpeaban contra las piedras. Nos detuvimos un largo rato sin decir palabra. No era posible cruzarlo entonces: la corriente era demasiado rápida.

Pasamos la noche en un poblado de barqueros. Las casas, de muros gruesos y techos planos, parecían fundidas con la tierra. Una anciana nos ofreció una sopa de cebada, y comimos en silencio, agradecidos. Los niños, curiosos, se acercaban a mirarnos y reían cuando me veían escribir en mi cuaderno.

Al día siguiente cruzamos el río en una balsa hecha de pieles infladas. Era un arte frágil: el agua se colaba entre las costuras y los animales, atados al borde, se inquietaban. Pero los barqueros manejaban sus remos con tal destreza que pronto alcanzamos la otra orilla. Allí comenzó un terreno más suave, una planicie abierta con pequeños canales de agua y cultivos de cebada.

El aire era más templado. La gente, más numerosa. Empezamos a ver templos, molinos de oración y muros cubiertos de inscripciones. En cada colina flameaban banderas de colores que el viento agitaba sin descanso, llevando plegarias al cielo.

Cuando el sol ya estaba alto, divisamos a lo lejos una mancha blanca extendida entre los valles. Los arrieros señalaron y dijeron:
—Lhasa.

La palabra resonó en mi mente con un peso casi mítico. Desde hacía años soñaba con esa ciudad, cerrada al extranjero, donde los monasterios resplandecían como palacios y los monjes estudiaban las escrituras en un silencio milenario.

Nos detuvimos un momento en un alto del camino. Desde allí se veía la ciudad a lo lejos: edificios blancos, tejados dorados y una inmensa fortaleza que dominaba todo —el Potala—, brillando al sol como si fuera de oro. Detrás, las montañas oscuras se alzaban como guardianes.

En ese instante comprendí por qué los tibetanos llaman a Lhasa “la morada de los dioses”. No por su riqueza, ni por su poder, sino por su aislamiento y su serenidad. Es un lugar que parece suspendido entre la tierra y el cielo.

Al llegar a las primeras casas, los perros comenzaron a ladrar. Las calles estaban llenas de peregrinos: hombres, mujeres, ancianos, todos girando sus ruedas de oración y murmurando el Om mani padme hum. Algunos daban vueltas al templo de Jokhang; otros hacían postraciones completas, dejando marcas de sus cuerpos en el polvo.

Nos alojamos en una casa sencilla, con patio interior. Apenas había muebles, sólo alfombras y una lámpara de manteca que ardía junto a una imagen de Chenrezig, el Buda de la Compasión. El dueño de casa, un monje retirado, nos recibió con cortesía. Nos ofreció té salado y preguntó de dónde veníamos. Cuando mencioné la India, sonrió con respeto.

—La tierra del Buda —dijo—. Todos los caminos del Dharma nacen allí.

Esa noche salí al techo. La ciudad dormía, envuelta en un silencio luminoso. El Potala se alzaba a lo lejos, inmenso, con cientos de ventanas que reflejaban la luna. En el aire se mezclaban el olor del incienso y de la manteca derretida. Pensé en el largo camino recorrido: las montañas, los vientos, los ríos, los pueblos perdidos. Todo me parecía lejano y necesario al mismo tiempo.

Había llegado a Lhasa, el corazón del Tíbet.
Pero sabía que el viaje verdadero apenas comenzaba: el que uno hace hacia adentro, entre la fe y la razón, entre el asombro y la comprensión.

Junonagar
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Re: La extraña pareja: Gendun Chophel y Rahul Sankrityayan

Mensaje por Junonagar »

"De pronto, el aire trajo un olor distinto, más húmedo, como si viniéramos descendiendo hacia una tierra más viva. Sonam, el arriero, señaló al frente con su vara y dijo algo en tibetano. El intérprete tradujo:
—Más allá de esas colinas está el gran río Brahmaputra.

Esa sola palabra —Brahmaputra— despertó en mí una emoción antigua. Había oído hablar de él desde la infancia, en los relatos de los peregrinos y los textos sagrados, y ahora iba a verlo con mis propios ojos.

A mediodía alcanzamos la orilla. El río era ancho como un océano, de aguas grises y frías. En su superficie flotaban pequeñas islas cubiertas de juncos. El viento soplaba con fuerza y levantaba olas bajas que golpeaban contra las piedras. Nos detuvimos un largo rato sin decir palabra. No era posible cruzarlo entonces: la corriente era demasiado rápida."

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Re: La extraña pareja: Gendun Chophel y Rahul Sankrityayan

Mensaje por Daru el tuerto »

Apasionante relato 13124 ada123123
Junonagar
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Re: La extraña pareja: Gendun Chophel y Rahul Sankrityayan

Mensaje por Junonagar »

Daru el tuerto escribió: 13 Nov 2025 11:07 Apasionante relato 13124 ada123123
Supongo que este hilo te traerá bonitos recuerdos de tus viajes por el norte de Nepal y perfectamente podras intuir las dificultades que debió pasar Rahul Sankriyayan en su busqueda de tesoros literarios del mahayana indio. Tesoros que no eran adecuadamente reconocidos ni cuidados en el Tibet en ese momento. Y mejor no pensar en toda la absurda destruccion del patrimonio tibetano posteriormente, durante la revolucion cultural china.
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Daru el tuerto
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Re: La extraña pareja: Gendun Chophel y Rahul Sankrityayan

Mensaje por Daru el tuerto »

Sí, yo he recorrido los "pequeños tibets" pero no el Tíbet.

He estado en Ladakh, Mustang y Bhután que son los lugares más parecidos del Himalaya.

Y realmente el relato me traslada de vuelta allí. :)
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Re: La extraña pareja: Gendun Chophel y Rahul Sankrityayan

Mensaje por Junonagar »

En este relato que poco a poco vamos avanzando echaba en falta el compañero inseparable de Rahul Sankrityayan en estas exploraciones tibetanas: Gendun Chophel La idea de este hilo siempre fue rememorar aquellos tiempos donde estos dos amigos buscaban por todo el Tibet esos tesoros en hoja de Palma. Para mi decepción Gendun Chophel no salia en este pasajes que estamos leyendo, hasta que un parrafo me ha abierto los ojos. Gendun Chophel es este relato es el monje Dharma Vardhan (o Dharmavardhan). Osea Rahul utiliza el nombre monastico de Gendun Chophel. La leve sospecha que tuve en el capitulo 1 se disipa cuando en el capitulo 2 menciona que Dharmavardhan " era ya medio incrédulo, y lo poco de fe que quedaba en él, temo, se habrá perdido en mi compañía. Había sido venerado en su región natal, Amdo, como una reencarnación de un lama hasta los veintiún años. Luego abandonó ese papel."

Que mas podemos destacar. Rahul por entonces tenía 40 años y hacia jornadas de 35 millas por el Tibet (Chophel era 10 años más joven). Hablamos de un espiritu indomable, sin duda, que no se amilanaba con las dificultades. Hombres de otros tiempos!!!

Tambien es importante destacar la critica feroz del racionalista Rahul contra la supersticion y la magia que siempre ha rodeado el budismo tibetano: "Desde Shigartse hasta Gyantse hay, según dicen, unos sesenta millas, pero a ambos lados del río se alzan más de un centenar de monasterios. No sé si los tibetanos habrán obtenido de ellos algún bien, salvo la difusión abundante de falsas creencias y ritos vacíos, pues la labor principal de muchos monjes parece consistir en consumir el fruto del trabajo ajeno."

Pero sigamos con el relato
Capitulo 2

Partimos de Tabu una hora y media antes del amanecer. Era el día 25, y nos aguardaba una larga jornada: unas treinta y cinco millas, según el cálculo. Los mulos estaban inquietos; en un par de ocasiones soltaron la carga y nos hicieron perder casi tres cuartos de hora volviendo a asegurarla.

Por estos días los campesinos estaban enfrascados en la cosecha, y sus voces resonaban de campo en campo, flotando entre los valles. Era luna llena, el astro brillaba con todas sus dieciséis fases, y su luz, reflejada en la nieve, iluminaba el camino como si fuese de día.

En un momento, al mirar atrás, vi las primeras luces del amanecer asomando tras las montañas. Me pregunté si, una vez salido el sol, la luna seguiría brillando con tal fuerza. Pensé en lo curioso que sería ver a ambos, sol y luna, iluminando el mundo al mismo tiempo, y cómo, con ambas luces, nuestras sombras se encogerían hasta desaparecer bajo nuestros pies. Pensamientos así —ligeros, inútiles— giraban por mi mente mientras avanzábamos entre el frío y el silencio.

Hacia las ocho de la mañana cruzamos campos interminables y llegamos al pie de Pena Dzong (el “fortín de Pena”). El dzong, levantado en la ladera de una montaña, resultaba imponente y hermoso a la distancia. A sus pies, un pequeño poblado, que en otros tiempos debió de ser mucho mayor. En los días del reinado de la reina Phulmaluki de Bhote —decían los lugareños—, incluso aquí residía un rey local.

El sendero nos condujo a través del pueblo, y al salir por la otra vertiente, los campos se extendían de nuevo hasta donde alcanzaba la vista. Algunos ya habían sido cosechados; las gavillas y tallos estaban amontonados en el mismo terreno. En otros, las espigas rojas del trigo aún se mecían erguidas.

Trabajar y cantar parece una misma cosa en el Tíbet. En un campo, una sola mujer cosechaba junto a un hombre; mientras cortaba el grano, entonaba una canción con voz clara, que se perdía entre los vientos del valle.
Avanzamos unas cuantas millas más y alcanzamos otro pueblo. Después, subiendo y bajando colinas, apareció ante nosotros el monasterio de Gadongang, encaramado a una pequeña montaña. Visto desde lejos, parecía un palacio celestial; los monasterios tibetanos, en su magnificencia, rivalizan con las moradas de los dioses.

Desde Shigartse hasta Gyantse hay, según dicen, unos sesenta millas, pero a ambos lados del río se alzan más de un centenar de monasterios. No sé si los tibetanos habrán obtenido de ellos algún bien, salvo la difusión abundante de falsas creencias y ritos vacíos, pues la labor principal de muchos monjes parece consistir en consumir el fruto del trabajo ajeno.

Hacia las diez de la mañana alcanzamos un pequeño grupo de casas. Allí decidimos detenernos a tomar té. Nos refugiamos en un diminuto huerto de álamos y sauces, y encendimos el fuego. Con mantequilla derretida preparamos el té de color azafrán.

Cuando sacamos el chura (queso seco) para comer, un diente se me resintió. ¿Quién podría masticar semejantes piedras? Quedaban sattu (harina tostada) y carne seca. Mezclamos el sattu con té, azúcar y mantequilla dentro de una bolsa de cuero, amasándolo hasta formar una masa. Luego nos ofrecieron un trozo de la pata trasera de una oveja seca, que cortamos con cuchillo y comimos con buen apetito.

Tal vez olvidé mencionar que en este viaje ya me he acostumbrado plenamente a comer carne cruda y seca. Durante la memorable travesía anterior a Fenbo, mi amigo Natilā me fue entrenando: durante días me dio pequeños trozos de carne seca de chhuri (yak hembra), que yo creía de cordero. Cuando se agotó la carne de oveja, antes de llegar a Reting, me dijo:
—La carne seca se ha acabado, pero aquí hay carne fresca.
—Toma un par de patas, bastará —le respondí.
—No, mejor cuatro —dijo, y fue a comprarla.
Cuando la vi, retrocedí horrorizado: ¡era carne de chhuri!
—¡Por los dioses! —exclamé—, ¿carne de yak?
—Pues si eso has estado comiendo todo este tiempo —respondieron riendo mis compañeros—, ¿de qué te quejas ahora?

No quise insistir. Aquello me recordó una anécdota de mi tierra, en el distrito de Ballia: un maestro y su hijo viajaron a Madras en peregrinación. Al llegar a un templo, los sacerdotes les dijeron:
—Esperad, pronto comenzará la goshti, llevad pungal con vosotros.

Ellos pensaron que pungal sería algún dulce sagrado. En la penumbra del salón, con apenas unas lámparas encendidas, les pusieron en la mano el pungal: era khichri (arroz con lentejas). El hijo, sorprendido, gritó:
—¡Padre, toma tu religión! ¡Esto es solo khichri! ¡Y lo llaman pungal!

Así también yo reprendí a Natilā en broma, aunque en verdad no tenía culpa alguna. Los nepalíes no consideran al yak ni siquiera dentro de la casta del ganado vacuno. Si hubiéramos consultado a nuestros antiguos lexicógrafos indios, probablemente lo habrían descrito como un “ciervo lanudo”.

De todos modos, pensé: si la chhuri, nacida del cruce de una vaca y un yak, puede reproducirse, no debería considerarse fuera de la especie bovina. Pero, ¿qué hacer? Si Dharmavardhan hubiese traído desde Lhasa alguna reliquia del Señor Varāha, quizá aquel resto de escrúpulo hindú que aún quedaba en mí no habría desaparecido tan pronto.

Esa noche cocinamos arroz con carne de yak, y guardamos algo para el desayuno. Yo intenté convencerlos de no comerlo más, de abandonar aquello, pero quizá por la tentación del sueño o por costumbre, asintieron sin gran convicción.

A la mañana siguiente, cuando me sirvieron el plato, mi mente susurró: “Ya está hecho, que así sea”. Desde entonces, el resto del viaje fue vegetariano.

Así pues, aquella noche comimos sattu y carne seca. Los ancianos anfitriones —un viejo y una vieja tibetanos— ofrecieron sus rosarios de cristal al Gagar Lama para que soplara sobre ellos, de modo que su recitación fuera más meritoria. Dharmavardhan intervino para evitar mayores ceremonias, y el Lama accedió con amabilidad.

Dharmavardhan, por cierto, era ya medio incrédulo, y lo poco de fe que quedaba en él, temo, se habrá perdido en mi compañía. Había sido venerado en su región natal, Amanda, como una reencarnación de un lama hasta los veintiún años. Luego abandonó ese papel. Me contaba que en el Tíbet la devoción hacia los lamas es tal que algunos fieles beben incluso su orina, secada y moldeada en forma de píldora junto con sattu o mantequilla.
—¿Y sus excrementos? —pregunté con ironía.
—Si los encuentran, también —respondió sin inmutarse.

Recuerdo que, al regresar de mi anterior viaje, Babu Shiv Prasad Gupta me preguntó sobre ese mismo rumor. Entonces lo negué, pero ya sabía que era cierto. El año pasado murió el Dalai Lama, y su cuerpo fue conservado durante meses en sal. Se decía que aquella sal se repartió secretamente entre los devotos, pues un solo grano podía borrar innumerables pecados y curar grandes enfermedades.

Tras el té, seguimos adelante. Frente a nosotros se alzaba el Pong Sharla Jot, una cadena de montañas que parecía no muy ardua de subir. Poco después alcanzamos Pong Goobla; el cielo se oscurecía, los nubarrones se arremolinaban sobre los montes negros de Tashilumpo, y relámpagos jugaban en la distancia. Pero, gracias a nuestro buen karma, la tormenta se deshizo en leves ráfagas y una lluvia suave.

Atravesamos otro paso sin nombre y, al fin, el monasterio de Tashilhunpo apareció ante nosotros. Junto al puente sobre el río Gyanche, una colina tenía la forma de un elefante africano con la trompa extendida. Más allá del puente se extendían los jardines de Tashilama, conocidos como Kunkhyav Ling. Le dije en broma a mi compañero que Langchen Ling —“Jardines del Elefante”— habría sido un nombre más apropiado.

Con la puesta de sol llegamos a Shigartse. Tras algunas dificultades encontramos la tienda de Sahu Man Bahadur y Chandra Bahadur, y allí nos instalamos.

Yo suelo evitar beber té por la noche, porque me obliga a levantarme con frecuencia, pero esta vez, por cortesía, acepté unas tazas. Sabía que en la azotea, junto al lugar destinado a orinar, estaba atado un perro negro, y me inquietaba tener que subir allí a oscuras.

Al final no fui. Para eso, después de todo, existen los sueños: para cumplir nuestros deseos no satisfechos. Aquella noche soñé que subía a la azotea, y el perro, rompiendo su cadena, se abalanzaba hacia mí.
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