La extraña pareja: Gendun Chophel y Rahul Sankrityayan

Sobre cualquier rama budista.
Avatar de Usuario
Carl Sagan
Mensajes: 1006
Registrado: 11 Mar 2024 11:12
Tradición: Lokāyata
Localización: En un pálido punto azul

Re: La extraña pareja: Gendun Chophel y Rahul Sankrityayan

Mensaje por Carl Sagan »

Junonagar escribió: 13 Nov 2025 21:54 No sé si los tibetanos habrán obtenido de ellos algún bien, salvo la difusión abundante de falsas creencias y ritos vacíos, pues la labor principal de muchos monjes parece consistir en consumir el fruto del trabajo ajeno.
Rahul, uno di noi.
Junonagar escribió: 13 Nov 2025 21:54 Me contaba que en el Tíbet la devoción hacia los lamas es tal que algunos fieles beben incluso su orina, secada y moldeada en forma de píldora junto con sattu o mantequilla [...] El año pasado murió el Dalai Lama, y su cuerpo fue conservado durante meses en sal. Se decía que aquella sal se repartió secretamente entre los devotos, pues un solo grano podía borrar innumerables pecados y curar grandes enfermedades.
Sin comentarios :roll:
Junonagar
Mensajes: 1021
Registrado: 27 May 2023 13:28
Tradición: बुद्धधर्म

Re: La extraña pareja: Gendun Chophel y Rahul Sankrityayan

Mensaje por Junonagar »

Pues seguimos. Este pasaje siguiente me parece especialmente bello. Me parece inexplicable que este texto no haya sido publicado en inglés en ningún momento o que este autor haya sido ignorado practicamente por la cultura occidental. Sospecho que la mentalidad colonial inglesa siempre prefiere la visión occidental del mundo, mucho mejor si es anglosajona.

Me gusta la frase que escribe en este pasaje: "“La India perdió sus manuscritos, pero el Tíbet los conservó. Lo que fue olvidado al sur del Himalaya duerme aquí, entre las montañas, esperando volver a casa.”. Al igual que su encuentro con una copia en tibetano del Lankavatara Sutra, con algunos extractos en sanscrito.

Después de aquella noche fría, reanudamos el camino al amanecer. El aire, apenas tocado por la luz, tenía un filo cortante que hacía llorar los ojos y entumecer los dedos. A lo lejos, las cumbres aparecían aún más próximas, recortadas en un cielo de cobre. Las montañas del Tíbet parecen a veces una pintura hecha con demasiada claridad, donde nada queda oculto, donde cada grieta, cada roca, se muestra como una herida antigua abierta al viento.

Pasamos junto a aldeas donde los techos estaban cubiertos de esteras y estiércol seco, que se usa aquí como combustible. Las mujeres, envueltas en sus gruesas túnicas, giraban los molinillos de oración mientras miraban a los viajeros con curiosidad cansada. Algunos niños nos seguían un trecho, gritando algo que no comprendí, y luego regresaban corriendo entre las piedras.

El monasterio de Tshilunpo, residencia del Panchen Lama, se alzaba en la distancia como una ciudad de muros blancos y dorados. Desde lejos parecía un sueño suspendido sobre la montaña, pero al acercarnos el hechizo se deshacía en polvo, en humo, en mendigos, en monjes harapientos. Sin embargo, su grandeza no estaba en la apariencia sino en la historia: aquí se habían conservado durante siglos los textos de los grandes maestros de la dialéctica, los comentarios de Dharmakīrti y Dignāga, las copias tibetanas de obras sánscritas que en la India habían desaparecido.

Al llegar, buscamos al abad encargado de los manuscritos. Era un hombre delgado, de rostro inteligente, que me recibió con una mezcla de cortesía y desconfianza. Los tibetanos tienen una forma muy suya de medir a los forasteros: primero con los ojos, luego con el silencio. No responden de inmediato; dejan que las palabras se acomoden en la mente antes de soltar un gesto. Cuando le expliqué que había venido desde la India en busca de antiguos textos budistas, pareció comprenderlo todo de golpe. Sus ojos se iluminaron y me llevó a una sala donde los armarios estaban llenos de volúmenes envueltos en seda amarillenta.

Era una biblioteca viva. Las oraciones de los monjes parecían flotar entre las páginas. Al abrir uno de los tomos, el polvo se levantó como incienso. Había manuscritos del Pramāṇavārttika y del Abhidharmakośa, copiados hacía siglos, con una caligrafía tan precisa que casi se podía sentir el pulso del escriba. Pero lo que más me conmovió fue ver, en una esquina, un fragmento en sánscrito, escrito con letra devanagari tosca. Era como una voz que regresaba desde el pasado, desde nuestra propia tierra, después de siglos de exilio.

Pasamos el día revisando textos, anotando títulos, comparando. Dharmavardhan (osea Gendun Chophel) me ayudaba con la paciencia de un monje que sabe cuándo el silencio vale más que cualquier palabra. Al caer la tarde, el monasterio se cubrió de un resplandor dorado. Desde las terrazas altas se veían los picos nevados reflejando la luz del ocaso. Los monjes encendían lámparas de manteca en los altares, y el murmullo de los cánticos llenaba los corredores como un río subterráneo.

Esa noche, mientras el viento soplaba entre los tejados, escribí en mi cuaderno:
“La India perdió sus manuscritos, pero el Tíbet los conservó. Lo que fue olvidado al sur del Himalaya duerme aquí, entre las montañas, esperando volver a casa.”

Al día siguiente partimos hacia Shalu vihāra, un monasterio célebre por sus frescos y por haber sido centro de aprendizaje durante los siglos XIV y XV. El camino era largo y polvoriento. Los caballos resoplaban y los cargueros tibetanos cantaban canciones monótonas para marcar el paso. Dharmavardhan caminaba a mi lado, hablando de los antiguos debates filosóficos entre las escuelas tibetanas, de cómo algunos lamas aún conservaban la tradición lógica de Nāgārjuna y Dharmakīrti, aunque otros se habían hundido en la superstición.
—En el Tíbet —me dijo— tenemos demasiadas oraciones y muy pocos pensamientos.

No supe si lo decía con tristeza o con ironía, pero aquella frase se me quedó grabada.

Shalu nos recibió con un silencio solemne. En los muros, los frescos mostraban mandalas, deidades, y rostros que parecían surgir de otra dimensión. Los manuscritos estaban apilados en estantes antiguos, y entre ellos encontré una copia casi intacta del Laṅkāvatāra Sūtra en tibetano, junto con fragmentos en sánscrito. El abad me permitió copiar algunas páginas, y pasamos allí varios días trabajando desde el amanecer hasta la noche.
A veces, mientras copiaba, pensaba en el largo viaje de aquellas palabras: escritas en el valle del Ganges, traducidas en Cachemira, conservadas aquí durante siglos entre la nieve. Era como si el propio Buda hubiera querido esconder sus enseñanzas en el corazón del Himalaya para que no se perdieran.
Cuando dejamos Shalu, el cielo estaba cubierto de nubes bajas. El viento traía olor a nieve. Caminamos en silencio durante horas, cada uno perdido en sus pensamientos. Yo sentía, sin saber por qué, que en ese viaje no estaba solo. Algo antiguo, una corriente invisible, nos acompañaba entre las montañas.

Salimos de Shalu con los primeros rayos del sol. La mañana era clara, y la luz dorada teñía los picos lejanos de un tono casi irreal. Los caballos resoplaban bajo la carga, y los mulos arrastraban sus patas por el polvo del camino. Cada tanto, Dharmavardhan se detenía para señalar algún monasterio a lo lejos, o para recordar algún texto olvidado que había escuchado en su juventud.

A medida que descendíamos, los campos de cereales recién cosechados se extendían a ambos lados. Algunos granos ya estaban trillados y amontonados en el campo, mientras que en otros todavía se mecían las espigas rojas del trigo. En una de esas parcelas, una mujer cantaba mientras trabajaba sola, y su voz, clara y melódica, se mezclaba con el viento. Era la rutina diaria de este valle tibetano: trabajo y canto, esfuerzo y música, vida simple y antigua.

Tras varias horas, llegamos a un pequeño poblado. Allí los habitantes nos ofrecieron agua y té. Prepararon un té de mantequilla con azafrán, y mezclamos sattu (harina tostada) con mantequilla y azúcar dentro de bolsas de cuero, formando una pasta compacta que comimos con un trozo de carne seca de oveja. Aprendí, una vez más, que en estas tierras se come lo que el cuerpo necesita y lo que el monte ofrece. Cada bocado era un recordatorio de la dureza y, al mismo tiempo, de la abundancia simple del Tíbet.

El camino continuó entre colinas y valles. A lo lejos, se distinguía Pong Sharla Jot, una pequeña elevación que parecía apenas un obstáculo frente a los gigantes negros de Tashilumpo, donde relámpagos jugaban sobre las crestas mientras nubes densas avanzaban desde el norte. Por fortuna, el viento y la lluvia se moderaron antes de alcanzarnos, como si el propio paisaje respetara nuestra marcha.

Al cruzar el siguiente valle, apareció ante nosotros el monasterio de Tashilama, también llamado Kunkhyav Ling, un lugar conocido por sus jardines y su orden interna. Me recordaba a una ciudad dentro de la montaña: patios, torres y corredores que se entrelazaban como un laberinto de piedra y madera. Allí, el abad nos permitió acceder a los manuscritos que tanto habíamos buscado.

Entre ellos había copias tibetanas de textos clásicos: Pramāṇavārttika, Abhidharmakośa, y fragmentos de sutras en sánscrito. Algunos estaban completos, otros solo en partes, pero cada página era un puente entre el Tíbet y la India, entre el pasado y nuestro presente. Me maravilló especialmente ver una copia del Laṅkāvatāra Sūtra, tan bien conservada que las palabras parecían recién escritas, como si los antiguos escribas hubieran sabido que algún viajero de lejos llegaría a ellas siglos después.

El abad, un hombre delgado y de mirada penetrante, nos guiaba con discreción. A veces me preguntaba por qué un extranjero como yo arriesgaba tanto para obtener estos textos. Dharmavardhan, sin embargo, parecía entender la urgencia:
—Estos libros son más que tinta y papel —me dijo—. Son la esencia de lo que aquí hemos aprendido. Si desaparecen, desaparece algo de nuestra memoria.

Tras varias horas, dejamos el monasterio. El sol empezaba a caer, y los valles se llenaron de sombras alargadas. Caminábamos en silencio, cada uno perdido en sus pensamientos. Yo reflexionaba sobre la fragilidad de estos manuscritos y la paciencia de quienes los habían copiado y conservado, a veces escondidos durante siglos para que llegaran intactos hasta nosotros.

Antes de llegar a Gyantse, nos encontramos con aldeanos y monjes que nos ofrecieron hospedaje y té. Allí vi de nuevo la rutina tibetana: preparar té de mantequilla, mezclarlo con sattu, cantar mientras se trilla el grano, y transmitir conocimientos de generación en generación sin prisa ni ostentación. Cada gesto, cada costumbre, parecía tener siglos de historia detrás.

Al caer la noche, escribí en mi diario:
“Caminar por estos valles es recorrer la memoria de siglos. Cada paso que damos nos acerca a la esencia de lo que la India perdió y que aquí, entre estas montañas, se ha conservado.”

Esa noche dormimos bajo techos tibetanos, con mantas gruesas y el aroma de la estepa. Mientras caía el sueño, no dejaba de pensar en los manuscritos, en los lamas que los habían protegido, y en la larga cadena de viajeros, escribas y discípulos que había llevado estas enseñanzas de un lugar a otro. Todo eso me daba la sensación de que el viaje no era solo geográfico, sino también espiritual, un puente entre mundos y tiempos.

Avatar de Usuario
Daru el tuerto
Mensajes: 2617
Registrado: 10 Dic 2020 13:16
Tradición: 猫猫
Localización: 彩虹

Re: La extraña pareja: Gendun Chophel y Rahul Sankrityayan

Mensaje por Daru el tuerto »

Por si queréis un poco de feedback visual (aunque esto es posterior):

Junonagar
Mensajes: 1021
Registrado: 27 May 2023 13:28
Tradición: बुद्धधर्म

Re: La extraña pareja: Gendun Chophel y Rahul Sankrityayan

Mensaje por Junonagar »

Daru el tuerto escribió: 15 Nov 2025 08:29 Por si queréis un poco de feedback visual (aunque esto es posterior):
Muy interesante, especialmente la primera parte, antes de toda la cuestión politica y el conflicto con China.

Como me he quedado con ganas de más, he encontrado un breve video centrado en los años 30. Con estos videos podemos imaginar la sociedad feudal que se encontró Rahul Sankrityayan en Tibet en esos años, tal como relata en su obra


Junonagar
Mensajes: 1021
Registrado: 27 May 2023 13:28
Tradición: बुद्धधर्म

Re: La extraña pareja: Gendun Chophel y Rahul Sankrityayan

Mensaje por Junonagar »

Pues seguimos la aventura de nuestros dos amigos por el Tibet. En esta pasaje queda claro la pasión que les guiaba: el amor por el conocimiento, por recuperar la memoria de una época gloriosa de la India a nivel espiritual.

Adicionalmente se comenta por encima la postura crítica de Gendun Chophel (Dharmavardhan) con la lectura tradicional de las ideas de Nagarjuna por parte del budismo tibetano. Esa critica luego tendrá forma de texto. Adorno para el Pensamiento de Nāgārjuna. Es probable que en algún momento revisemos en este hilo las ideas principales de esta obra.

¿que más? De nuevo se tropiezan con otra ejemplar del Lankavatara sutra.
Al amanecer llegamos a Gyantse, una ciudad que se despliega entre colinas y terrazas, con murallas blancas que protegen monasterios y templos como si fueran reliquias vivientes de otro tiempo. El aire tenía un aroma a barro húmedo y estiércol de animales, y a lo lejos se escuchaban los cánticos matutinos que se mezclaban con el canto de los pájaros y el murmullo de los ríos.

Nos dirigimos directamente a los monasterios donde se conservaban los manuscritos. Allí nos recibió Rishu Rimpoche VI, un lama erudito con quien ya habíamos tenido contacto en nuestra visita anterior, años atrás. A pesar del tiempo transcurrido, nos reconoció de inmediato y nos recibió con calidez, recordando con detalle nuestro primer encuentro. La familiaridad entre nosotros parecía trascender los años, como si los manuscritos y la memoria de la enseñanza los hubieran mantenido vivos en su mente.

Nos guió a la biblioteca principal, un edificio rodeado por altos muros y patios internos, donde se acumulaban montones de libros y pergaminos. Los manuscritos, cuidadosamente envueltos en tela y almacenados en estantes de madera, contenían textos en sánscrito, pali y tibetano. Había ejemplares de Abhidharmakośa, Pramāṇavārttika y varios sutras en tibetano, copias de antiguos textos que ya habían desaparecido en India.

Dharmavardhan (osea Gendun Chophel), como siempre, permanecía cerca, revisando los documentos y haciendo observaciones sobre las escuelas filosóficas que los producían. Sus comentarios eran agudos: señalaba cómo ciertos lamas tibetanos habían reinterpretado la lógica de Nāgārjuna, cómo se habían perdido matices importantes en la traducción, y cómo algunos textos se habían preservado con una fidelidad extraordinaria.

Durante horas revisamos los manuscritos, haciendo notas y copias parciales. Algunos textos estaban escritos en hojas de palma o de corteza de abeto, encuadernadas con cuerdas, mientras que otros eran libros tibetanos encuadernados con tapas de tela. Cada copia era un milagro de paciencia y precisión; en ellas se percibía la mano de generaciones de escribas que habían trabajado sin descanso para que la enseñanza no se perdiera.

Mientras tanto, en los patios del monasterio, los monjes más jóvenes practicaban rituales y meditaciones. Algunos giraban los molinillos de oración, otros recitaban sutras en voz baja, como si sus palabras formaran parte de un río invisible que conectaba el pasado con el presente. La escena me recordaba que, en el Tíbet, la vida cotidiana y la erudición espiritual no estaban separadas; el trabajo, la oración y el estudio eran un solo flujo continuo.

Entre los textos, encontré una copia de la Laṅkāvatāra Sūtra, que había sido cuidadosamente conservada. Me quedé observando cada letra, cada trazo de sánscrito, sintiendo el peso de siglos de transmisión y la energía de los maestros que la habían protegido. Tomé notas y fotografías parciales, sabiendo que cada página podía ser clave para futuros estudios y traducciones.

El tiempo transcurría con rapidez y, al caer la tarde, el monasterio se llenó de sombras largas y doradas. Los rayos del sol iluminaban los frescos de las paredes, que representaban escenas de vidas pasadas del Buda y de lamas célebres. Cada fresco parecía contar no solo historias religiosas, sino la historia de una civilización que había cuidado de su sabiduría durante siglos.

Esa noche, mientras escribía en mi cuaderno, anoté:
“Cada monasterio, cada manuscrito, cada lama que encontramos, es un eslabón de la cadena que conecta la India con el Tíbet. Aquí, entre estas montañas, los siglos no han sido obstáculo; la memoria se mantiene viva, y nosotros solo llegamos a tocarla por un instante.”

Al día siguiente, seguimos trabajando en la clasificación de los textos. Aprendí a distinguir las hojas más antiguas de las más recientes, a leer signos de corrección hechos por generaciones de escribas, y a entender cómo cada monasterio tenía sus propios métodos de conservación. A veces los manuscritos parecían casi invisibles, ocultos tras capas de tela o madera, pero un ojo entrenado podía descubrirlos.

Durante la estancia en Gyantse, también tuve la oportunidad de conversar con otros lamas y monjes. Me contaban historias de viajes a la India, de maestros que habían traído enseñanzas desde Nalanda o Vikramashila, y de cómo la transmisión de conocimiento se había mantenido viva incluso en los rincones más remotos del Tíbet. Cada relato reforzaba mi convicción: el Tíbet no era solo una geografía, sino un vasto depósito de memoria cultural y espiritual que había protegido lo que en la India se había perdido.

Al final de nuestra estancia, nos preparamos para continuar el viaje hacia Shigatse y otros monasterios en la región del Tsang. Cada paso que dábamos era un descubrimiento, cada encuentro con lamas y monjes una lección sobre paciencia, dedicación y amor por el conocimiento. Sabía que aún quedaban muchas jornadas, y que cada día traería nuevos manuscritos, frescos, historias y rostros que recordar.

Al aproximarnos a Shigatse, el aire se volvía más frío y seco. El horizonte estaba cortado por el perfil de la ciudad amurallada y el majestuoso monasterio de Tashilunpo, residencia histórica del Panchen Lama. Las montañas cercanas tenían un tono azul profundo que contrastaba con la blancura de los muros y con los campos de cebada que se mecían con el viento.

Llegamos al monasterio alrededor de media mañana. Nos recibieron los lamas con una mezcla de respeto y cautela; ellos saben que un viajero extranjero que busca manuscritos no viene solo por curiosidad. Fui conducido a los depósitos donde se conservaban cientos de textos en sánscrito y tibetano, algunos encuadernados, otros enrollados en hojas de palma o corteza. Allí se apreciaba claramente el resultado de siglos de paciencia y dedicación: cada manuscrito estaba protegido, cada copia cuidadosamente etiquetada, a veces con notas marginales hechas por escribas y eruditos que habían corregido errores o añadido comentarios.

Nuestro contacto principal era Rishu Rimpoche VI, quien nos reconoció de la visita anterior. Su memoria era prodigiosa: recordaba no solo nuestras caras, sino también detalles de los manuscritos que habíamos revisado años atrás. La familiaridad nos permitió trabajar con eficacia. Cada texto era examinado, fotografiado parcialmente y anotado: títulos, autor, idioma, y características físicas como tamaño, tipo de escritura y encuadernación.

Entre los textos más valiosos se encontraban los tratados de lógica y epistemología: Pramāṇavārttika de Dharmakīrti, Abhidharmakośa de Vasubandhu, y comentarios tibetanos sobre sutras antiguos. Algunos manuscritos estaban en hojas de corteza, escritos en sánscrito con tinta negra y roja, y atados con cuerdas finas. Otros eran códices tibetanos, con tapas de tela y bordes reforzados, cuidadosamente conservados para evitar la humedad.

Dharmavardhan me acompañaba con paciencia y conocimiento. Mientras revisábamos los textos, comentaba las sutilezas de ciertas traducciones, cómo los tibetanos habían adaptado términos filosóficos y cómo, a veces, la interpretación tibetana podía enriquecer la comprensión original del sánscrito. Su mirada era crítica, pero llena de respeto hacia los manuscritos y hacia la cadena de transmisión que los había conservado durante siglos.

En la biblioteca, me llamó la atención la organización de los textos. Había manuscritos de seis tipos de escritura: el kāśmīri o śāradā, y varias formas tibetanas de escritura de redacción circular (vartula). Algunos de estos textos estaban ocultos en rincones del monasterio, guardados bajo llave, a la espera de que alguien con suficiente conocimiento y paciencia los descubriera. Cada vez que se encontraba un manuscrito antiguo, se sentía como descubrir un tesoro que conectaba generaciones de sabiduría desde India hasta el Tíbet.

Durante nuestra estancia, también visitamos varios templos dentro del complejo de Shigatse: el Jokhang del monasterio, con estatuas de Buda y deidades protectoras; y templos más pequeños, donde se representaban escenas de vidas pasadas del Buda y de lamas célebres en frescos de colores intensos. Los frescos mostraban a los personajes con vestimenta india, reflejo de la influencia de antiguos maestros de Nalanda y Vikramashila.

Una de las tareas más delicadas fue la identificación de los textos que contenían la versión tibetana de Pramāṇavārttika y la verificación de su correspondencia con las copias existentes en India. Rishu Rimpoche y sus asistentes nos ayudaron a comparar las notas marginales y a descifrar las correcciones hechas por generaciones de eruditos. Cada página era un testimonio de la dedicación de estos monjes y del cuidado extremo con que habían preservado la tradición intelectual.

Al finalizar la jornada, escribí en mi diario:
“Cada manuscrito es una voz que viaja a través de los siglos. Aquí en Shigatse, estas voces aún viven, esperando ser leídas y comprendidas. La paciencia, el respeto y el conocimiento de los lamas son el puente que une la India perdida con el Tíbet conservado.”

Esa noche, mientras el viento del valle silbaba entre los muros, reflexioné sobre la fragilidad de esta memoria. Muchos de estos textos podrían haberse perdido por descuido, guerra o negligencia, y sin embargo, aquí estaban, intactos, testigos de la historia y la devoción de generaciones de lamas. Dharmavardhan, sentado a mi lado, sonreía con discreción: sabía que nuestro trabajo no era solo recopilar libros, sino revivir una tradición que de otro modo se perdería para siempre.

Junonagar
Mensajes: 1021
Registrado: 27 May 2023 13:28
Tradición: बुद्धधर्म

Re: La extraña pareja: Gendun Chophel y Rahul Sankrityayan

Mensaje por Junonagar »

Pues seguimos con el relato.

Destaco del este pasaje este bello parrafo: "En ese momento comprendí que nuestra misión no era solo geográfica ni académica: era un acto de memoria, de preservación y de respeto por la tradición. Cada manuscrito, cada página copiada, cada nota tomada, era un eslabón de la cadena que une la India con el Tíbet, el pasado con el presente, y la sabiduría con quienes aún buscan aprender."
Los días en Shigatse transcurrieron entre manuscritos, lámparas de manteca y la calma vigilante de los lamas. Cada mañana, antes de que el sol tocara los tejados, estábamos en los depósitos de textos, examinando cuidadosamente cada volumen, anotando títulos, autores y notas marginales. Dharmavardhan me guiaba con precisión, señalando variantes entre copias tibetanas y sánscritas, explicando sutilezas que solo un conocedor podía reconocer.

Entre los manuscritos más valiosos, destacaban los tratados de lógica y epistemología: Pramāṇavārttika de Dharmakīrti, Abhidharmakośa de Vasubandhu, y diversas versiones tibetanas de sutras indios. Algunos estaban completos, otros solo en fragmentos, pero cada hoja era un testimonio vivo de siglos de transmisión cuidadosa. Las hojas de palma, a veces quebradizas, eran envueltas en telas de seda; los códices tibetanos tenían tapas reforzadas y bordes pintados, y todos habían sido conservados con paciencia inquebrantable.

A medida que avanzábamos en la catalogación, se hizo evidente la magnitud del tesoro que teníamos frente a nosotros. Rishu Rimpoche y sus asistentes nos ayudaron a identificar los textos más antiguos y a descubrir algunos ejemplares olvidados en rincones del monasterio. Cada descubrimiento era como abrir un cofre lleno de voces del pasado, palabras que habían viajado siglos desde la India hasta estas montañas.

Nos ocupamos también de copiar fragmentos de los textos más importantes. Aunque no era posible fotografiar todos los manuscritos debido a la logística y al delicado estado de algunos, tomamos imágenes parciales y elaboramos notas detalladas. Sabía que esas páginas serían clave para futuros estudios y traducciones, y que nuestra labor no era simplemente académica, sino también espiritual, un puente entre generaciones.

Al caer la tarde, nos permitíamos descansar en los patios del monasterio. Allí, los lamas jóvenes recitaban sutras, giraban molinillos de oración y realizaban ejercicios de meditación. La rutina diaria de los monjes —trabajo, oración y estudio— mostraba cómo la erudición y la vida espiritual podían convivir como un solo flujo.

Dharmavardhan me recordaba, con cierta ironía, que en el Tíbet había muchas más oraciones que pensamientos, pero que esa misma disciplina permitía que los textos sobrevivieran intactos durante siglos.
Esa noche, mientras escribía en mi diario, anoté:
“Aquí, entre estos muros y manuscritos, he comprendido que preservar el conocimiento es un acto de devoción. No solo es conservar palabras, sino mantener viva la memoria de quienes enseñaron, copiaron y protegieron estas escrituras a lo largo de generaciones. Cada página es un hilo que nos conecta con la India que perdimos y con la India que aún vive en el Tíbet.”

Antes de partir, revisamos los últimos manuscritos y nos despedimos de Rishu Rimpoche y sus asistentes. Ellos confiaban en que nuestras notas y copias ayudarían a que los textos llegaran nuevamente a India, y yo sentí la misma responsabilidad que un viajero que devuelve un tesoro a su origen. Caminando hacia el exterior del monasterio, miré por última vez los muros dorados de Tashilunpo, iluminados por la luz de la luna que ya ascendía sobre los picos nevados.

En ese momento comprendí que nuestra misión no era solo geográfica ni académica: era un acto de memoria, de preservación y de respeto por la tradición. Cada manuscrito, cada página copiada, cada nota tomada, era un eslabón de la cadena que une la India con el Tíbet, el pasado con el presente, y la sabiduría con quienes aún buscan aprender.

Al salir de Shigatse, llevábamos con nosotros no solo los textos y las copias, sino también la conciencia de que habíamos sido testigos de algo extraordinario: la resistencia del conocimiento frente al tiempo y la fragilidad humana, y la devoción de generaciones de lamas que habían cuidado este tesoro con paciencia infinita.

Después de dejar Shigatse, nuestro camino se volvió nuevamente pedregoso y frío. Cada valle que cruzábamos parecía contener una memoria secreta, un susurro de siglos. Los caballos avanzaban con paso cansado, los mulos resoplaban y los pastores tibetanos nos saludaban desde la distancia, levantando sus manos entre las montañas.

A medida que descendíamos hacia regiones más bajas, la vegetación cambiaba y el aire se hacía más cálido. Sin embargo, lo que más permanecía en mi mente eran los manuscritos que habíamos visto y clasificado. Cada volumen, cada hoja de palma, cada códice tibetano representaba siglos de dedicación y paciencia: escribas y lamas que habían trabajado bajo el frío, la nieve, la lluvia, solo para que el conocimiento sobreviviera.

Dharmavardhan caminaba a mi lado, en silencio. A veces señalaba un monasterio a lo lejos, recordando historias de antiguos maestros y debates que habían tenido lugar en esos mismos patios. Me di cuenta de que este viaje no solo había sido geográfico: había sido un viaje a través del tiempo, a través de la memoria de los hombres y de los textos.

Durante el descenso, reflexioné sobre la cadena de transmisión del conocimiento. En India, muchos de estos manuscritos se habían perdido por guerras, negligencia y olvido. Pero en el Tíbet, la combinación de disciplina monástica, devoción y paciencia había permitido que sobrevivieran. Cada copia, cada corrección marginal, cada comentario añadido, era un acto de amor hacia la sabiduría.

Mientras avanzábamos, recordé los frescos de Shalu, los mandalas de Gyantse, los patios de Tashilunpo: no eran solo arte, sino mapas de la memoria espiritual. Los colores, las figuras, las escrituras en sánscrito y tibetano, todo formaba parte de un mismo tejido que preservaba la tradición.
En mi diario escribí:
“No es solo la India la que se pierde en el tiempo. Es el conocimiento el que se dispersa. Pero mientras haya manos que escriban, ojos que lean y mentes que recuerden, la memoria puede volver a reunirse. Lo que hemos visto y copiado en el Tíbet regresará, algún día, a nuestra tierra, para que nuevas generaciones puedan aprender de él.”

Los días siguientes transcurrieron entre aldeas y valles, cada uno con sus rituales, sus cantos, sus historias. Cada encuentro con un monje, un campesino o un guía era una lección sobre la resistencia de la tradición frente al tiempo. Incluso la comida, el té de mantequilla mezclado con sattu, la carne seca, los cantos mientras se trillaba el grano, todo formaba parte de ese aprendizaje que no se podía obtener en libros.

Al llegar finalmente a las regiones más bajas del Tíbet, más cercanas a la frontera con India, me sentí como si regresara de un mundo paralelo: no solo había traído manuscritos y notas, sino también la certeza de que el conocimiento podía sobrevivir a cualquier adversidad si había quienes lo cuidaran.

El viaje me dejó una enseñanza que quería grabar en mi memoria para siempre: los textos son más que palabras; son puentes entre generaciones, entre culturas, entre siglos. Y quienes los conservan con paciencia, disciplina y devoción son guardianes de algo que trasciende fronteras y tiempo: la propia esencia de la sabiduría humana.

Con Dharmavardhan a mi lado, contemplando los últimos picos del Tíbet, comprendí que el viaje había sido tanto interno como externo. Habíamos atravesado montañas y valles, pero también corrientes de memoria, de tradición y de conciencia. Y aunque regresáramos a la India con los manuscritos, la verdadera riqueza estaba en la experiencia vivida, en la conexión con quienes habían preservado el conocimiento y en la certeza de que esa cadena continuaría mientras hubiera manos para escribir y ojos para leer.

Al fin, mientras descendíamos hacia el sur, sentí que la montaña nos dejaba partir con un secreto compartido: el conocimiento, si se cuida, siempre encuentra su camino de regreso a casa.

Avatar de Usuario
Carl Sagan
Mensajes: 1006
Registrado: 11 Mar 2024 11:12
Tradición: Lokāyata
Localización: En un pálido punto azul

Re: La extraña pareja: Gendun Chophel y Rahul Sankrityayan

Mensaje por Carl Sagan »

Unos héroes, qué duda cabe clap

Por lo demás, y siguiendo un poco el concepto de meme de Richard Dawkins, parece fascinante cómo los genes han conseguido apilar información útil para la evolución y la subsistencia fuera de sí mismos: en hojas de palma en el Tíbet, en los libros, en la cultura y ahora en internet.

Saludo smile
Avatar de Usuario
Daru el tuerto
Mensajes: 2617
Registrado: 10 Dic 2020 13:16
Tradición: 猫猫
Localización: 彩虹

Re: La extraña pareja: Gendun Chophel y Rahul Sankrityayan

Mensaje por Daru el tuerto »

>entre los manuscritos más valiosos, destacaban los tratados de lógica y epistemología: Pramāṇavārttika de Dharmakīrti, Abhidharmakośa de Vasubandhu,

Me pregunto cuantos textos traducidos actualmente, lo son gracias a que esta expedición los copió...
Junonagar
Mensajes: 1021
Registrado: 27 May 2023 13:28
Tradición: बुद्धधर्म

Re: La extraña pareja: Gendun Chophel y Rahul Sankrityayan

Mensaje por Junonagar »

Daru el tuerto escribió: 17 Nov 2025 11:53 >entre los manuscritos más valiosos, destacaban los tratados de lógica y epistemología: Pramāṇavārttika de Dharmakīrti, Abhidharmakośa de Vasubandhu,

Me pregunto cuantos textos traducidos actualmente, lo son gracias a que esta expedición los copió...
La colección de textos que recuperó parece ser bastante extensa. El hizo al menos 3 viajes al Tibet, y en algún lugar lei en alguno de estos viajes llegó a traerse 22 mulas de carga con manuscristos antiguos. Una pequeña muestra de grandeza de este hombre que escribió decenas de libros, dio clase en diversas universidad, llegó a dominar más de 30 idiomas, participó en el movimiento campesino indio y en la lucha por la independencia...pero tenía un gran defecto no era inglés, ni siquiera occidental, de lo contrario tendriamos peliculas sobre él y su vida sería muy conocida. Por ejemplo las peripeicias de alpinista austriaco (pronazi) Heinrich Harrer parece empequeñecerse si la comparamos con la vida de Sankrityayan. Y sin embargo es un desconocido para el publico no indio. Cosas del colonialismo cultural occidental.

De no ser por él tendriamos una visión más pobre del budismo mahayana indio. Entenderiamos un poco peor ese periodo. Tendriamos los textos que recuperó pero como tantos textos que se perdieron para siempre, en versiones traducidas, en tibetano y chino principalmente, pero no en el original. Y creo que eso siempre es una gran perdida. Nunca una traducción puede ser exactamente igual que el original, por buena que sea, porque cuando se traduce terminas necesariamente reinterpretando el texto a la luz del tiempo presente y de tu propia cultura.
Junonagar
Mensajes: 1021
Registrado: 27 May 2023 13:28
Tradición: बुद्धधर्म

Re: La extraña pareja: Gendun Chophel y Rahul Sankrityayan

Mensaje por Junonagar »

Seguimos en el capitulo 2. Aunque en el último pasaje se despedian de Tibet, en los siguientes pasajes se vuelven a rememorar diversos momentos del viaje. Ya comentamos que el texto no guarda una orden cronologico, sos apuntes a salto de matar de Sankrityayan.
Cruzamos el puente nuevo y seguimos por un camino ancho que corría paralelo a un entramado de canales. Eran los canales de riego del monasterio: una red inmensa que llevaba el agua hacia los campos de los alrededores. Y así, entre acequias y cultivos, llegamos por fin a Gos.

En Gos había un puesto de vigilancia del monasterio de Shalu. Técnicamente había que anunciarse allí antes de entrar en la jurisdicción del monasterio. Ni yo ni mis compañeros nepalíes teníamos la menor idea de que existiera tal norma, pero aun así seguimos caminando sin que nadie nos detuviera.

Un poco más adelante apareció, frente a nosotros, el monasterio de Shalu. Era un conjunto impactante: edificios amarillentos, altos muros, y los techos rojizos brillando bajo el sol. Desde los patios interiores salía ese murmullo profundo característico de los monasterios tibetanos, mezcla de cánticos, pasos y el golpeteo lejano de algún tambor ritual.

Al entrar en el recinto, pregunté dónde vivía Pen Jung Lhorpa Kang —el escriba que según me habían dicho podía ayudarme a encontrar manuscritos antiguos—.

Sin embargo, los monjes respondieron que en ese momento él estaba fuera, y que no sabían cuándo volvería.
Entonces llegó hasta nosotros un monje de rostro amable. Al parecer, había escuchado que yo venía desde India buscando textos antiguos. Con un tibetano salpicado de nepalí, me dijo algo así como:
“En Shalu encontrarás pocas cosas. Lo bueno, si queda algo, está en las casas de los laicos.”

Le pregunté de inmediato si él conocía a alguien que conservara manuscritos.
“Quizá en unos días”, respondió, “pueda llevarte a un par de casas. Pero hoy no.”

Me sentí un poco decepcionado. Aun así, entramos en la cocina del monasterio. Un grupo de monjes estaba friendo pan frito y calentando té. Nos ofrecieron ambos. El pan estaba duro, pero después de tantas millas de viaje, cualquier cosa caliente sabía a gloria.

A la salida, pregunté si podíamos visitar la biblioteca del monasterio.
Un monje con expresión severa movió la cabeza: “No es posible. El encargado no está.”
Insistí un poco, explicando que había venido desde muy lejos exclusivamente para ver manuscritos. Pero no hubo forma.
“Cuando vuelva el encargado”, dijo el monje, “podrás ver lo que haya.”

Desde Shalu seguimos camino hacia Bhang-ki, un pequeño asentamiento un poco más al sur. Entre Shalu y Bhang-ki pasamos junto a algunos campos recién segados, donde los campesinos levantaban paja en haces altos, dorados.

El lugar donde pensábamos quedarnos esa noche resultó ser una miseria de choza. Oscura, húmeda y con un techo tan bajo que había que entrar agachados. No había ni una lámpara. Solo una pequeña ventana oblonga que dejaba pasar un hilo de luz. Pero estábamos cansados, así que aceptamos.

Por la noche encendieron una lámpara de manteca. Produjo tanta hollín que al rato estábamos tosiendo todos. Abrimos la pequeña ventana, pero con el viento helado entrando a ráfagas tampoco era posible dormir.
Aquella noche, entre la oscuridad, el humo y el frío, pensé con ironía:
“Así deben de ser los retiros espirituales extremos que tanto alaban.”

A la mañana siguiente, cuando nos disponíamos a salir, los muleros descubrieron que uno de los mulos había pasado mala noche y estaba cojeando. Lo dejamos descansar un rato. Aproveché para caminar por las cercanías.
En un pequeño bosquecito cercano había un riachuelo muy claro. Me lavé la cara allí y el agua estaba tan fría que sentí un estremecimiento en la columna. En la orilla había un niño que hacía rodar una rueda de oración mientras vigilaba unas cabras. Le pregunté si conocía alguna casa donde guardaran textos antiguos.
“Quizá en Ting Kar,” respondió, señalando un enclave a lo lejos.

Decidimos entonces dirigirnos hacia Ting Kar.

El camino avanzaba entre campos amarillentos y casas de adobe. En una de esas casas, vimos un grupo de ancianos sentados al sol, hilando lana. Me acerqué y pregunté, con toda la cortesía que pude reunir, si conocían a alguien que tuviera manuscritos.

Uno de ellos, un hombre de barba larga y blanca, dijo:
“En mi juventud había libros viejos, sí. Pero hace años que se vendieron o se perdieron.”
Y añadió:
“Todo lo que queda ahora está en manos de monjes ricos.”

Seguimos caminando. Más adelante, al cruzar un grupo de casas más grandes, una mujer nos hizo señas para que entráramos. Nos invitó a tomar suja —té salado con mantequilla—.

La amabilidad tibetana es algo que siempre me conmueve. Incluso quienes no tienen casi nada no dudan en ofrecer algo caliente al viajero.

Al despedirnos, la mujer me dijo:
“En la casa de Ngawang-la, más adelante, quizá quede algún libro muy antiguo.”
Nos encaminamos hacia allá, animados por esa nueva pista.

La casa de Ngawang-la estaba un poco apartada del resto del poblado, rodeada de un muro bajo y con un pequeño portón de madera. Al llegar, vimos a un muchacho sentado en la entrada, tallando un palo con un cuchillo. Le preguntamos si Ngawang-la estaba en casa y, sin levantar demasiado la vista, respondió:
“Sí, pasen.”

Dentro encontramos a un hombre de unos sesenta años, delgado, con el cabello gris recogido en una trenza. Nos ofreció asiento y preguntó qué nos traía por allí. Le expliqué que viajaba buscando manuscritos antiguos, especialmente textos en sánscrito que aún pudieran sobrevivir en Tibet.
—Aquí no hay casi nada —dijo al principio, encogiéndose de hombros—. Todo lo bueno se perdió en incendios… o en manos de comerciantes.

Pero mientras hablaba sus ojos se desviaban una y otra vez hacia un baúl oscuro apoyado contra la pared. Era evidente que guardaba algo allí.
Me atreví a señalarlo:
—¿Y ese baúl? ¿Puedo verlo?
Ngawang-la dudó. Me miró de arriba abajo, como calculando si yo era de fiar. Finalmente dijo:
—Es viejo. Muy viejo. Pero nada valioso.

Aun así se levantó y abrió el baúl. Dentro había telas, utensilios y, en el fondo, un paquete envuelto en un paño amarillento. Lo desató con lentitud.

Apareció un manojo de folios de papel tibetano, amarillentos, con bordes mordidos por el tiempo. No eran manuscritos sánscritos; eran comentarios en tibetano, copias de copias, pero aun así interesantes.
Cuando revisé las hojas, Ngawang-la comentó:
—Esto lo tenía mi padre, y antes su padre. Pero no sé leerlo bien. ¿Te sirve?

Le dije que sí, que cualquier cosa servía para la investigación.
Pero al preguntarle si tenía más, negó con la cabeza.

Aun así, algo en su gesto me hizo pensar que sí guardaba algo más valioso, quizá en otra parte. Sin embargo, no insistí: los tibetanos suelen desconfiar si uno se muestra demasiado ansioso.
Le ofrecí pagarle por permitirnos examinar los textos.

Él respondió con una frase típica de la cortesía tibetana:
—No se puede poner precio a un libro.

Salimos de allí con la sensación de que en esa casa había algo que no nos mostraron, pero no era momento ni lugar para presionar.
Responder