Gracias por tu interesante post, JL.
Eso que dice es verdad. Hay pocas personas casadas con hijos pequeños que hagan zen. Yo fui una de tales personas. Ahora me doy cuenta de que era una persona rarísima, porque hacía no uno o dos, sino hasta diez sesshins al año, teniendo hijos pequeños. Pero eso no es representativo en absoluto de lo que hay en el zen. En Japón, me consta de que ha habido (y hay) personas como yo: tienen hijos pequeños y se dedican al zen en cuerpo y alma, sin ser monjes. La escuela Sanbo Kyodan está llena de personas así, y mi esposa y yo las tomamos como ejemplo. Dado que para mí el zen era algo de una importancia tan grande y, dado que sin practicar zen era mucho peor que practicándolo, no hubo problema alguno en que una vez al mes cogiese mi maleta y me fuese a hacer un sesshin. En verano dejábamos a las niñas con los abuelos, e ibamos los dos a hacer un sesshin doble. Y así durante unos diez años.
Con el tiempo me di cuenta de lo raro que era, y lo raro que sigo siendo. No solo yo, sino también Concha, mi esposa, que me permitía la rareza del zen. Aprendí a ser diferente con personas diferentes que solo nos juntábamos de vez en cuando para hacer cosas diferentes. No nos reuníamos para hablar, y compartir (salvo que estar en silencio se considere una form de compartir, porque entonces compartíamos muchísimo). Nos reuníamos para sentarnos inmóviles durante horas sobre un cojín, sin decir ni los buenos días. Una semana de media, (a veces más, a veces menos), duraba cada sesshin. No sé cuantos haría, pero debieron ser 60 o más. Tal vez incluso 70, no puedo saberlo. El caso es que soy una de las personas más raras que han debido existir en los tiempos modernos. No solo era raro, sino que era consciente de mi rareza. Pero no podía elegir. Si hubiese podido elegir, hubiese sido como todos.
En Japón conocí a gente rarísima tambien, tan raros como yo (o casi más que yo). Pero allí ser raro no es problema ninguno, porque la gente acepta las rarezas sin ningun problema. Los japoneses se casan, tienen hijos, y se convierten en completos desconocidos para sus conyugues en poco tiempo. Trabajan tantas horas que pueden pasar semanas (y hasta meses) sin cruzarse con sus familias. Y eso resulta, no solo aceptable, sino correcto. Así, Yamada Koun Roshi, fue el abad de la Sanbo Kyodan, trabajando (como se trabaja en Japon, que no es cosa de broma) dirigiendo una docena de sesshins al año, en el San Un Zendo (un zendo que se construyó en el jardín de su casa). A esos sesshins asistían cuarenta personas, por lo menos, y la casa entera (y hasta el vecindario) vivía pendiente del sesshin, porque la cocina de la casa era la que cocinaba para todos. Su hijo, Massamichi Roshi, hizo lo mismo después. Y su esposa (que ha debido morir ya) era tan sumamente rara que estaba encantada con que su marido fuese así de raro. (Era tan rara que, a los 90 años, seguia trabajando en la admiristracion un hospital)
Pero yo no vivia en Japon, sino en España, y mi rareza era más notoria. Mis hijas comprendieron antes de que supieran hablar, que su padre no era normal, porque se sentaba inmovil dos horas al día delante de una pared. Yo hubiese querido ser como todos, y pasarme la vida en bares y cosas asi, pero no tenía eleccion. Siempre supe que era eso o el suicidio (bueno, tal vez no inmediato, pero si poco a poco, con la bebida y cosas asi). A veces, me hubiese gustado poder ser normal. Pero por otro lado sé que lo normal no me hubiese llenado. Lo sé, porque cuando veo a los que no son raros, y no se pasan horas sentados en un cojin, tienen unos problemas que yo no tengo. Durante un tiempo parecían felices, sí, pero ahora, cuando el tiempo ya va pasando y quedan atrás las cosas de la juventud, me percato de que muchos viven con el corazon en un puño. Sé que tienen miedo. Miedo a morir, si. A esta edad, la gente se muere ya, y el problema de la muerte no lo han resuelto. Solo los raros lo resuelven. Bueno, el problema no se resuelve nunca hasta que te mueres, digamos la verdad. Con todo, los raros sabemos que lo resolveremos de un modo u otro cuando llegue el momento de morir. Y esperamos morir contentos
Cada uno nace para una cosa. Yo nací para esta rareza.
