Así que, ¡por qué insisto en hacer algo que en muchos sentidos parece influir muy poco en mi estado anímico? He aprendido que la meditación es valiosa no porque cambie el contenido de tu experiencia, sino porque cambia tu relación con ese contenido.
Pero ¿cómo puedo saber que esos beneficios no son fruto de la madurez o de otros factores que nada tienen que ver con la práctica formal de la meditación?
En lugar de preguntarme a mí, habría que preguntar a mi esposa, a mi hermano o a mis amigos íntimos. Pero dudo que su respuesta fuera concluyente.
Si la disciplina contemplativa no consigue contribuir a mi florecimiento como persona en relación con los demás, debo cuestionarme de qué sirve pasar meses y años practicándola.
La meditación tiene sentido en la medida en que contribuye a que te conviertas en el tipo de persona que aspiras a ser.
Nunca te vanaglories de tu práctica contemplativa, que es siempre una obra inacabada. El mundo está ahí para sorprendernos. Mis revelaciones más duraderas no se han dado mientras estaba sentado en el cojín, sino fuera de él.
Al final no se trata de optar entre una vida de soledad y una vida de relación con los otros, sino de acoger ambas con los brazos abiertos y encontrar un equilibrio saludable entre ambas”.
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