TANGEN HARADA ROSHI SOBRE SUS INICIOS
Desde pequeño, como como si buscara algo, siempre fui un joven bastante rebelde. En la escuela secundaria, seguía pensando que nunca había tenido la oportunidad de saber la razón de vivir. No me importaban mucho los sacerdotes budistas. Tenía la idea preconcebida de que vestían ropas raras, decían muchas tonterías y llevaban una vida cómoda y tranquila. Pero un libro (que estaba leyendo) realmente se dirigía a ese “algo” que había estado buscando desde la infancia, y me sorprendió darme cuenta de que la lección me llegó a través de un sacerdote. Aunque Inshitsu-roku (título del libro) es en el fondo confuciano, no budista, es un maestro zen quien señala claramente el camino. Y, dicho sea de paso, el hombre que tradujo el libro, Harada Sogaku Roshi, se convertiría, cinco años después, en mi maestro Zen.
Cuando tenía dieciocho o diecinueve años, decidí que debía convertirme en una silla. Puede verse que una silla no niega sus servicios a nadie; simplemente cuida de la persona que se sienta, permitiéndole descansar. Una vez que ha cumplido su función, el que está sentado se levanta sin agradecerle nada ni le ofrece palabras amables a la silla. Lo más probable es que la aparten a un lado, y ya está. Es más, la silla no refunfuña ni se queja ni guarda rencor, sino que simplemente acepta lo que se le da. Cuando tiene un trabajo que hacer, pone toda su energía en ello, sin escoger según sus deseos. Así que pensé: "¿No sería genial tener un corazón así?". Un día escribí en una gran hoja de papel: “Sé como una silla”, y cada día trataba de darme cuenta de lo cerca que estaba de ser una silla. Tener tan solo un poco de insatisfacción, lo hubiese considerado un estado de ánimo embarazoso para una silla. Consideraba cuán útil era yo para los demás. Una silla no se deja caer encima de la persona sentada, ¿verdad?
La consecuencia positiva de esto fue que, cuando era posible, quería poner a los demás por delante de mí. El esfuerzo no fue en absoluto forzado o antinatural; surgió de la vida misma y fue agradable, no doloroso. Durante el tiempo que seguía esta práctica, subí a la cima del Monte Kinpoku, una montaña no muy alta del Paso de Jukkoku en Yugawara. Mientras estaba subiendo, no pensaba en nada, más que en mi propio egoísmo. Derramando lágrimas, reflexioné y me arrepentí repetidamente: “No soy bueno, no soy bueno”, mientras hacía el ascenso, que duraba treinta minutos, por el sendero de montaña.
Había una gran estatua de piedra en la cima plana de la montaña. Si la hubiese visto hoy, hubiese sabido quién era, pero en aquel momento no tenía idea. En el camino, había varias figuras de Kannon, así que creo que esa esa estatua debía ser la del Buda Shakyamuni. Pero en aquellos días no sabía nada del budismo, ni de como rendir homenaje a su fundador. No obstante, había aprendido de memoria las reglas de la escuela preparatoria, que nos había dado el profesor Shoin Yoshida, así que comencé a recitar las reglas. Mediante la recitación cantada, debí entrar en un estado mental de mayor pureza. Crucé al otro lado de la montaña, que acababa en un precipicio. Abajo había un valle excavado, y más allá del valle se extendía el Océano Pacífico. A un lado podía ver las colinas de la península de Izu. Paralizado por la vista del paisaje montañoso, el viento sopló hacia mí desde el fondo del valle, y sentí como si estuviera expandiéndome. En retrospectiva, podría decirse que estaba experimentando la realidad de ser uno con todas las cosas de este mundo, y ser cuidado por ellas. Estaba experimentando la grandeza de la vida que me habían dado.
Pero en ese momento sentí que me ensanchaba, y tuve la sensación de estar protegido por todo. En ese momento no pude contenerme más, y a voces grité mi nombre siete u ocho veces, hacia el lejano horizonte. Aún así no pude contenerme y de repente salí corriendo por el sendero de montaña. Ir a toda velocidad por un sendero de montaña es arriesgado, pero logré regresar a la estación de Atami sin caer rodando hacia el abismo. Fue como si hubiese bajado en un suspiro. Como nadie conocía mi estado de ánimo en ese momento, si hubiera tropezado y caído al abismo, probablemente todos habrían pensado que me había suicidado. Aunque en aquel momento sentí que quería regresar de nuevo, para presentar mis respetos a esa amada montaña, no he regresado ni una sola vez.
Desde entonces, un mundo brillante y cambiante se despliega ante mí constantemente. Durante uno o dos meses después de la experiencia, todo, hasta los guijarros al borde de la carretera, brillaba intensamente. Tenían una vida íntima y amigable. Recuerdo bien que me sentía plenamente unido, parte de la misma vida. En ese momento todavía no sabía nada de zazen y ese tipo de cosas, pero los muros que me separaban de los demás se habían derrumbado. Mi vida se había convertido, de alguna manera, en un mundo sin discriminación, así que sentía como si incluso pudiera charlar con los gorriones, cuando cantaban. Posteriormente, cuando comencé a hacer zazen, pude recibir las enseñanzas de mi maestro, las cuales había buscado desde pequeño, con una mente completamente abierta y receptiva.
(Continuará)
