Tokusan Cargando Su Fardo
Instrucción
“El cielo azul, el sol brillante: no hay que señalar el este ni marcar el oeste.Tiempo, estación, ataduras kármicas: administrar la medicina según la enfermedad. Dime, ¿es mejor "soltar" o "aferrarse"? Te daré un ejemplo, ¡mira!
“El cielo azul el sol brillante” es la verdadera naturaleza propia. Aquello que no nace ni muere. Siempre está presente, en todos los seres, pero oscurecida por los pensamientos. No ya por los más evidentes, aquellos que vemos en la superficie de la mente, sino todo aquello lo que ocurre en los más recónditos lugares de la mente y el cuerpo. Todo lo que oscurece la naturaleza prístina y esencial donde reside el verdadero Yo. Cuando la naturaleza esencial se reconoce, no hay este ni oeste. No hay otra cosa que la clara Luz. Esta experiencia es a la que apunta el Zen (el verdadero, no el Zen degenerado que crece hoy bajo el auspicio de los falsos "maestros"). Hay otros Zen que no apunta ahí, y se quedan con una práctica de mindfulness, pero esto es un koan que viene del verdadero Zen, que apunta a la naturaleza de la mente.
Tiempo, estación, ataduras kármicas: administrar la medicina según la enfermedad. Está el otro lado de la realidad: el lado de la forma, donde existe el tiempo, las estaciones y, también, las ataduras kármicas. Este lado oscurece el lado de la Luz, y las personas no pueden verla. Entonces algunas van a un maestro Zen para que les guíe hasta que llegan a tener una visión completa de la Luz. Muchas veces, quedan cegados por ella, de modo que caen en una especie de enfermedad que puede llamarse “la enfermedad del zen”, en que la persona se olvida del lado de la forma (el numerador de la fracción) porque quedan totalmente deslumbrados por la naturaleza pura y luminosa de la mente (el denominador de la fracción
Dime, ¿es mejor "soltar" o "aferrarse"? Por eso, el maestro tiene que aplicar la medicina para que el enfermo logre superar la enfermedad. ¿Qué hacer cuando un discípulo alcanza la iluminación y queda totalmente atrapado por ella? ¿Debe obligársele a “soltar” para volver a pisar el suelo? La enfermedad del Zen tiene cura y la ha tenido en todos los tiempos. Hoy, posiblemente un psiquiatra podría considerarla como una enfermedad mental (esquizofrenia, tal vez) y aplicarle un tratamiento innecesario. Pero la enfermedad del Zen se cura sola si la persona no se aferra a la experiencia. Y el maestro es quien sabe cómo actuar, pues es un médico del alma.
Te daré un ejemplo, ¡mira! El caso que viene es el de una persona que ha tenido la iluminación y ha caído en la enfermedad Zen. Pero es normal que esta ocurra durante un tiempo. Por sí misma, sin embargo, debería curarse poco a poco.
Caso
Tokusan llegó a Isan. Cargando su fardo bajo el brazo, entró en la sala de predicación y la recorrió de este a oeste y de oeste a este. Mirando a su alrededor, dijo: "¡Nada, nada!". Luego salió. Setchô comentó: "He visto a través de él".
Pero cuando llegó a la puerta del monasterio, Tokusan dijo: "Aun así, no debería apresurarme". Así que se vistió formalmente y volvió a entrar [en la sala] para encontrarse con Isan. Mientras Isan estaba sentado [en su lugar], Tokusan levantó su manga y dijo: "¡Maestro!". Isan estaba a punto de tomar su bastón del dharma, cuando Tokusan gritó de repente: "¡Kaatz!". Luego, se arremangó y salió. (Setchô comenta: "Lo he visto a través de él").
Dando la espalda a la sala de predicación, Tokusan se puso sus sandalias de paja y se fue. Por la noche, Isan le preguntó al monje principal: "¿Dónde está el recién llegado que llegó aquí hace un rato?". El monje principal respondió: "En ese momento, dio la espalda a la sala de predicación, se puso sus sandalias de paja y se fue". Isan dijo: "Un día ese chico subirá a la cima de un pico solitario, construirá una cabaña de paja, regañará a los budas e insultará a los patriarcas". (Setchô comenta: "Amontonando escarcha sobre nieve")
Tokusan entra con su fardo en el zendo, y camina por él de lado a lado sin la menor deferencia al maestro y a quienes están con él. Se da una vuelta mirando en derredor, y exclama “¡Nada, nada!”. ¿Qué ocurre aquí? Tokusan ha tenido la Iluminación y está obnubilado por ella. No hay nada más que la naturaleza esencial, la clara Luz, en su mente. Todavía sigue presente en él, y es comprensible su estado. Para él, en ese momento, no hay maestro ni discípulo. No hay nada más en todo el Universo que su experiencia. Es algo tan íntimo y, al mismo tiempo, tan completo, que es fácil dejarse llevar por ello. Grita “¡Nada, nada!” que es como decir, no hay nada más, no hay nada más, y anda despreocupado de un lado a otro, sin ver nada.
Los monjes allí reunidos (que eran seguramente cientos) miran con curiosidad. El maestro no dice nada. Todo es normal para él. Tokusan ha experimentado la verdadera naturaleza y lo demuestra de esa manera. No sigue las normas porque en ese estado no hay normas. Él sabe lo que hay al fondo de todo y no se deja engañar por las apariencias. Con todo, las apariencias son importantes. Setcho comenta el caso, tiempo después, y dice: "He visto a través de él". En otras palabras, “sé lo que le pasa”. Tokusan sale de la sala pero no se va del monasterio todavía.
“Cuando llegó a la puerta del monasterio, Tokusan dijo: "Aun así, no debería apresurarme". Así que se vistió formalmente y volvió a entrar [en la sala] para encontrarse con Isan”. Se viste con su hábito formalmente y entra en la sala, poniéndose frente a frente con Isan que estaba sentado en su sitio en su postura formal, con el bastón del dharma sobre el zafutón, imperturbable. Es decir, no interfiere con Tokusan. No se levanta y le pide que cese en ese comportamiento inadecuado. Lo está calando, a la perfección y sabe lo que le sucede. Y le respeta.
Mientras Isan estaba sentado [en su lugar], Tokusan dejó caer las mangas y dijo: "¡Maestro!". Isan estaba a punto de tomar su bastón, cuando Tokusan gritó de repente: "¡Kaatz!". Luego, se arremangó y salió. Es el comportamiento de alguien que está bajo los efectos de una fuerte Iluminación. No respeta nada, ni siquiera a su maestro. Le llama “¡Maestro!”, como si fuese a decirle algo, pero lo único que hace es dejar caer las mangas como diciendo, “No hay nada más que decir”. Entonces, dando la espalda a la sala de predicación, sin despedirse, ni hacer sus inclinaciones como es lo correcto, lo cual es una enorme falta de respeto. Pero Tokusan en ese momento se ve a la misma altura que el maestro, de modo que no tiene por qué hacer ninguna reverencia. Es claro que está en plena enfermedad zen que parece casi un brote esquizofrénico, pues no distingue derecha de izquierda, ni maestro de discípulo. Pero Isan no se inmuta. Todo es normal.
Por la noche, Isan le preguntó al monje principal: "¿Dónde está el recién llegado que llegó aquí hace un rato?". El monje principal respondió: "En ese momento, dio la espalda a la sala de predicación, se puso sus sandalias de paja y se fue". Isan dijo: "Un día ese chico subirá a la cima de un pico solitario, construirá una cabaña de paja, regañará a los budas e insultará a los patriarcas".
Isan demuestra ser un gran maestro. No solo no se inmuta, sino que detecta que Tokusan está bajo los efectos de una gran iluminación. Necesita tiempo para que las aguas vuelvan a su cauce, pero sabe que volverán. No hay necesidad de preocuparse. Es más, sabe que Tokusan se convertirá en un maestro Zen. De entrada, lo que se deduce de esta lectura es que Tokusan fue a un lugar (un pico solitario) y se construye una cabaña de paja y se retiró como un ermitaño: sabia decisión. No va a mezclarse con la gente e ir de aquí para allá. Necesita un tiempo de calma y meditación tranquila, él solo alejado del mundo. Es lo que han hecho casi todos los maestros de la antigüedad: vivir en solitario durante años. La iluminación debe calmarse y el agua tiene que volver a su cauce. Solo después, podrá hacer lo que todo monje iluminado hace: regañará a los budas e insultará a los patriarcas. En otras palabras, enseñará el dharma a quienes se lo pidan.
Setchô comenta: "Amontonando escarcha sobre nieve". ¿Qué quiere decir con esto? Que predicar el dharma es algo tan inútil como amontonar escarcha sobre la nieve. ¿Es eso posible? En cierto modo lo es. El maestro, cuando enseña hace algo inútil. No sirve de nada enseñar a otros, porque no hay nada que enseñar. Pero en cualquier caso, debe hacerlo, puesto que es lo que todo maestro iluminado hace: enseñar el dharma. Pero enseñar el dharma no siempre es enseñar el dharma. Enseñar el dharma es, para una persona iluminada, vivir. Ni siquiera tiene por qué tener discípulos (posiblemente lo mejor hoy en día es no tener discípulos). En aquella época, las personas buscaban iluminarse y necesitaban un maestro, no tanto para guiarles sino para ser un apoyo cuando llegasen a la iluminación, ya que lo que se necesita es eso, apoyo cuando las aguas se salen de su cauce. Eso es lo que hace un verdadero maestro. Y, de paso, da charlas sobre dharma.
Ahora bien, ¿quién es este monje, Tokusan?
Tokusan era un monje muy erudito, experto en el Sutra del Diamante, un texto que enseña que alcanzar la iluminación requiere un tiempo inmenso y una práctica extremadamente dura. Él creía firmemente en esa visión. Sin embargo, oyó que en el sur existía el Zen, que afirmaba que uno podía despertar de inmediato (kenshō). Tokusan pensó que eso era una herejía y decidió viajar para refutar a esos maestros.
En el camino entró en una casa de té. La anciana que atendía le preguntó sobre el gran fardo que llevaba, y él presumió de sus comentarios sobre el Sutra del Diamante. Ella entonces le planteó una pregunta basada en el propio sutra:
“La mente pasada no puede atraparse, la presente tampoco, la futura tampoco.
¿Con cuál de esas mentes comerá usted estos pastelillos?”
Tokusan quedó sin respuesta. Esa simple pregunta reveló que su comprensión era solo intelectual. Él comprendió que debía haber un maestro profundo en la zona, y la anciana lo envió a ver a Ryūtán. Tokusan conversó con Ryūtán hasta la noche. Cuando se iba, Ryūtán le dio un farol para iluminar el camino. En el instante en que Tokusan extendió la mano, Ryūtán apagó la luz. En esa oscuridad repentina, Tokusan despertó. Su comprensión se volvió directa, no intelectual.
Después de su iluminación, Tokusan visitó a otros maestros para poner a prueba su comprensión. Llegó a Isan, donde sucedió el episodio del koan.
Verso
Viendo a través una vez, viendo a través dos veces; Amontonando escarcha sobre nieve.
¡Qué peligroso era!
El general de la Caballería Voladora entró en el campamento enemigo;
¿Cuántos podrían regresar sanos y salvos?
Uno corre, pero el otro no lo deja pasar:
En la cima solitaria de una montaña, se sienta entre la maleza.
¡Ja!
“Viendo a través una vez, viendo a través dos veces; Amontonando escarcha sobre nieve.”
Teniendo la iluminación una vez, teniendo la iluminación dos veces… No es más que amontonar escarcha sobre la nieve. No es necesario tener la iluminación una y otra vez. Eso es inútil. No solo inútil, es una enfermedad: la enfermedad del Zen. Se puede tener la iluminación constantemente, yendo a centros de Zen, o a Templos Zen, y pasar koans en seshin. Cada koan, es una iluminación. Al final es amontonar muchísima escarcha sobre la nieve. ¿Para qué? Total… se va a derretir con el sol junto con la nieve. No sirve de nada seguir acumulando iluminaciones, kenshos o lo que sea.
¡Qué peligroso era! Era un juego peligroso sí, pero algunos aman el peligro. Unos suben montañas para alcanzar la cumbre. Otros hacen zazen para alcanzar la iluminación.
El general de la Caballería Voladora entró en el campamento enemigo; ¿Cuántos podrían regresar sanos y salvos?
El general de la Caballería Voladora es Tokusan. Entrar en el campamento enemigo es entrar en el Zendo. Allí está el maestro Isan, que es mucho más peligroso que el general. Muy pocos pueden escapar de una experiencia frente a frente con el maestro Isan. ¿Regresó Tokusan sano y salvo? Esto es un modo de alabar a Isan.
Uno corre, pero el otro no lo deja pasar: Isan no deja pasar a Tokusan. Su grito no le afecta. Ni se inmuta. Isan opta por la retirada.
En la cima solitaria de una montaña, se sienta entre la maleza: Isan va a un lugar solitario (no necesariamente el pico de una montaña), y se sienta a hacer zazen entre la maleza. Eso es todo. Tras la iluminación, zazen. Zazen fue la causa de la enfermedad, y zazen es la cura de la enfermedad. Esta enfermedad se cura con ayuno y zazen. Cuanto más grande ha sido la iluminación, más zazen hay que practicar. Una vida solitaria, como un ermitaño. Luego, cuando todo sea otra vez normal, entonces puedes predicar. Así es como yo lo veo.
¡Ja!: Así es la vida.