Nos levantábamos muy temprano para las abluciones matutinas y era obligatorio estar siempre en la posición de loto, o al menos en semi-loto, incluso durante las comidas, que estaban –y quizás eso fue lo peor- ritualizadas. Huelga decir que me equivocaba a cada rato, lo que me abochornaba infinitamente. Nadie, sin embargo, parecía prestar la menor atención a mis numerosos errores, que yo sufría en soledad.
Todo este malestar se acentuaba durante las largas ceremonias, en las que todo eran postraciones y repiqueantes sonidos de gong, tambores y campanillas. Las piernas me dolían como si se me hubieran paralizado. Estaba desquiciado –lo admito-, asaltado por mil y un pensamientos, banales todos ellos.
Cada anochecer, arrastraba mi cuerpo hasta mi habitación, donde me arrojaba a una especie de catre que nunca me atreví a llamar cama. Estaba destrozado. ¿De verdad que es preciso pasar por todo esto para llegar a la iluminación?, me preguntaba. Todos mis compañeros de sesshin eran occidentales, yo era el único novato. No pude evitar mirarles con verdadera admiración, casi con rabia: parecían mantener la verticalidad en la sentada sin especial dificultad. Nadie en el mundo habría dicho que les incomodaba soportar periodos tan largos en absoluta inmovilidad.
Acaricié la idea de marcharme de aquel lugar de sofisticada tortura; pero, por alguna razón, permanecí. Sufrí en quietud y silencio hasta el final y, en mi fuero interno, di muchas gracias a Dios por ser católico. Porque los católicos tenemos ejercicios espirituales mucho más humanos que aquel sesshin, que se me antojaron pensados para personas de otra calaña.
Una noche, concluido el ritual de tambores del fin de la jornada, el maestro nos dio una última consigna. Muchos de los presentes estábamos trabajando en aquellos días con el koan mu. Un discípulo le pregunta a su maestro: “¿Tienen los perros naturaleza búdica?”, a lo que él responde: “¡Mu!”. Eso es todo. En eso debíamos trabajar en nuestras meditaciones. Llevaba yo un año repitiendo “mu” a diario en mis sentadas cuando el maestro nos dijo aquella noche: “Ahora, cuando vayas por el pasillos hasta tu celda, y una vez allí mientras te desnudas, te lavas los dientes y te preparas para el descanso nocturno, ahora, incluso mientras concilias el sueño…, no olvides el “mu”, sigue con él, permite que te trabaje mientras duermes”.
No abandonar el “mu” ni siquiera para dormir, no abandonarlo tras haber pasado el día entero repitiéndolo incansablemente, me pareció –¿cómo decirlo?- monstruoso. Pero ¿quién es esta gente?, quise saber. Pero ¿qué quieren de mí?, me pregunté. Pero ¿por qué les hago caso y sigo repitiendo “mu” como las vacas? No soy acaso cristiano, me reproché. ¿Por qué debo decir “mu”, cuando podría decir, simplemente, Cristo? Pese a todo, con una obediencia que rayaba con la más vergonzosa sumisión, continué con el “mu”; y hasta creo que me dormí con él. Estaba entonces muy lejos de sospechar que solo una década después, a los amigos del desierto que acuden a los retiros de iniciación, les iba yo también a dar una consigna muy similar: “Repetid vuestro mantra cuando os vayáis a acostar, no lo abandonéis, dadle la posibilidad de que arraigue en vuestro interior”.
Revista “Vida nueva”. Pablo D’Ors.
