Sobre la "cuestión del maestro", yo hace bastantes años que no "creo" en esa ficción (generada por nuestras proyecciones y consentida por el narcisismo de otro, con frecuencia sin saberlo ninguna de las dos partes).
Como dice Jiso, en el Budismo lo importante es
mārga, el camino; y este es infinito, inconmensurable, o dicho en otros término algo que (por lo menos) dura toda una vida (o varias para quienes crean en ello). En un camino infinito nadie ha alcanzado la meta (el resultado de dividir cualquier número por infinito es siempre igual a cero), simplemente existen personas que han caminado tal vez algunos kilometros, o muchos kilometros, por delante nuestro y nos pueden señalar donde existe una fuente para beber, algún lugar en el que refugiarse o advertirnos de qué tramos son peligrosos y es mejor evitar.
Los "santos" (los budha, los arahant, los bodhisattva... ornados de todas las virtudes infinitamente sin mácula) son figuras ideales, forjadas por la literatura religiosa -ocurre lo mismo en todas las religiones, sin excepción- cuya función es: por un lado alentarnos a nosotros, seres imperfectos necesitados de alguna ilusión de vez en cuando para no desfallecer y seguir caminando (véase la parábola de la ciudad maravillosa en el Sutra del Loto), y por otro indicarnos la dirección en la que seguir caminando.
Mārga es el camino que conduce a la liberación del malestar inherente a la existencia humana, pero esa liberación está precisamente en seguir caminándolo, no es "algo" que está en un supuesto final. Esa es la función de la literatura religiosa, cuando se la sabe coger por el lado bueno, cuando se la coge por el lado malo lleva directamente al extravío o a la idolatría, o a cosas peores.
Rebuscando sobre el asunto del maestro he encontrado una traducción mía de Fabrice Midal, un francés que estudió inicialmente con los tibetanos; y que después se perdió por los cerros de Ubeda ($$$

$$$), si no es que se había perdido ya antes, pero que escribió algo que considero recuperable para este hilo:
Otro gran error, paradójico a primera vista, es creer que el maestro detenta un saber definitivo. Verdaderamente el maestro no sabe nada. Pensar que el maestro detenta un saber que os haría falta es un forma de necedad. Verdaderamente nadie, absolutamente nadie, puede saber cualquier cosa. Esta es una de las más profundas verdades humanas.
Se pueden saber cosas – que París es la capital de Francia, que 2 y 2 son cuatro – pero en cuanto a lo esencial, en cuanto a la existencia misma, en cuanto al “gran asunto” de la vida y la muerte del cual habla el Zen, ningún saber del orden de la certeza es posible. Pero como una verdad así es abisal, espantosa, para obtener seguridad se proyecta sobre el otro la posesión del saber. Se huye así de nuestra propia finitud, allí donde el camino consiste en reconocerla y en tener nuestra oportunidad.
Cada vez que considero que alguno “sabe”, estoy al punto de ilusionarme. Nadie sabe, Reconocerlo, hacer el duelo del hecho de que otro sepa por mi, está en el centro del camino budista.
Es posible exponer esto de otra forma: lo que el maestro sabe, realmente lo sabemos también nosotros – simplemente lo hemos perdido de vista. Pero la prueba de que lo sabemos es que tan pronto como lo dice, reconocemos su proposición como verdadera. ¿Cómo podríamos reconocerla si no la conociésemos ya?
