En realidad la confusión entre gobernante, País-territorio y religión no remonta, como parece sugerir Brian Victoria, solo a hace un par de siglos, digamos desde comienzos de la era Meiji (1868), sino que hunde sus raíces mucho más lejos, pudiéndose encontrar su rastro más lejano en Kojiji, el primero de los libros publicados en Japón, por orden del emperador Temmu (reinante entre el 673 y el 686). El objetivo de este libro, entre otros, era legitimar a la dinastia Yamato, a la que pertenecía tanto Temmu como, en sucesión initerrumpida, el actual emperador Naruhito, dotándola de un origen divino.
Esto, poco después, en otro libro (el segundo publicado en Japón), denominado Nihonshoki, se verá reforzado ya que, en este libro, el origen de la dinastía Yamato se hace remontar a un mítico emperador llamado Jimmu (según la leyenda, 711-585 a.C.) que sería el nieto de la diosa Amateratsu, una de las principales diosas del panteón sintoísta, creadora del mundo, que en término japoneses quiere decir de Japón. De hecho aquello que traducimos como “emperador de Japón”, en japones es “Tennō” (天皇) que literalmente quiere decir «soberano celestial».
Después vendrían siglos en los que se produciría la unificación de Japón, primitivamente dividido en una serie de reinos, el auge del rol de los samurais (guerreros mercenarios), la aparición del sistema del Sogun, el cierre de Japón a cualquier influencia posterior, conocido como Sakoku, que comienza en 1639 (cuando se expulso a todos los extranjeros, particularmente a los comerciantes y misioneros católicos, que habían llegado en gran número desde la segunda mitad del s. XVI, y se prohibió la salida de los japoneses al exterior).
Mauricio Yushin Marassi, italiano formado en el zen japones y después retornado a Occidente dice en la obra “El origen de las religiones de Japón”
Durante siglos, en Japón, espíritu religioso y objetivos políticos se han superpuesto y se han contaminado unos a otros, generando una maraña de significados y de intenciones ahora “invisibles”; impregnado el fondo mismo de la identidad de aquel pueblo. La historia del zen japonés es un capítulo de este complejo itinerario.
Todo este desastre han sido los propios japoneses los primeros en padecerlo. Siendo realmente extraordinario cómo un exigua minoría entre ellos han sido capaces de comprender, practicar y trasmitir, hasta nuestros días, la esencia del verdadero Budismo. El propio Mauricio, en el mismo texto, habla sobre la necesidad imperiosa de separar el grano (que es poco) de la paja (que en este caso es mucha, una aguja en un pajar):
A pesar de que pueda resultar doloroso, intentar desatar estos nudos históricos es necesario, tanto para nosotros, que no somos japoneses (ni podamos convertirnos en uno), pero que practicamos zazen por haber descubierto su universalidad, como para los japoneses mismos, que quizá, a partir de reflexiones de este tipo, podrían volver a descubrir la universalidad del budismo.
Universalidad que no tiene que ver con formas culturales particulares, con linajes, trasmisiones y títulos de maestros, de matriz confuciana, con ritos eclesiales japoneses (a una parodia de los mismos a la que, sin embargo, muchos occidentales parecen estar apegados), ni por supuesto con ningún tipo de idolatría a cosas o personas (sean estas “emperadores”, “maestros” reconocidos o no, shangas, esquemas ideológicos e interpretativos, etc., etc.)
