Prosigo con esta confrontación, con este diálogo, con esta dialéctica entre Budismo zen y Cristianismo que,
, es inevitable en esta etapa historica. De nuevo prefiero dejar la palabra a aquellos que realmente van más avanzados que yo en dicho camino de diálogo, por seguir en profundidad las exigencias de su propia elección religiosa y por conocer y haber compartido con la vida seguidores igualmente profundos del otro camino religioso.
En este caso se trata de una respuesta dada por el propio padre Luciano Mazzocchi a la pregunta dirigidas a él, misionero católico en Japón durante 20 años y practicante cotidiano de zazen: ¿Soy budista?. Pregunta que formaba parte de las preguntas dirigidas por la redacción de la revista de la Stella del Mattino; siendo las otras la dirigida Giuseppe Jiso Forzani, practicante zen italiano, formado en un monasterio (más bien atípico) de la escuela Soto: ¿Soy cristiano?; y a Raimon Pannikar, sacerdote católico, si bien de padre indio y madre catalana, teólogo y gran impulsor del diálogo inter-religioso: ¿Soy hindú?.
¿Soy budista?
“¿Yo soy budista?” El artículo que me han pedido para La Stella del Mattino, con un título tan descarado, me pone a mí, sacerdote, en una situación bastante embarazosa. Sí, porque ante una pregunta así hay muchas escapatorias para decir y decir, sin decir. Este título pone verdaderamente a prueba mi honestidad intelectual y religiosa: me obliga a decir sólo lo que en conciencia sé que puedo decir; además, limitándome a lo que también tiene sentido para el otro que lee. Tengo que sondear mi conciencia, recogiendo en ella aquellos aspectos vividos tan a fondo, que pueda también comunicar algún significado a la conciencia de los demás. Me pongo manos a la obra.
Soy consciente de que no tiene sentido repetir clichés, por comodidad, aunque probablemente tuvieran en su origen un significado profundo. Podría decir que el budismo me interesa, porque en él veo destellos de esa verdad que existe plenamente en el cristianismo. Podría dar a estos destellos el nombre formalmente aprobado de "semillas del Verbo" y estaría plenamente de acuerdo con lo que comúnmente se dice en la Iglesia. Estaría a salvo, en perfecta armonía con las afirmaciones del Concilio Vaticano II. A menos que uno, gracias a una profunda experiencia personal del misterio de la Palabra, se enfrente seriamente al peso religioso y místico del que está preñada la expresión "semilla del Verbo", ¡hasta el punto de sacar de ella la audacia que hace saltar más allá de las barreras! Pero, probablemente, hoy la expresión “semillas del Verbo” sea más bien funcional para permanecer dentro del cercado; sugiriendo que la semilla, después de todo, no es más que una semilla de algo que aún no es, un destello y nada más.
Tampoco quisiera dar la impresión de ser un fanático del Budismo: ¡Un sacerdote cristiano que ha abrazado incondicionalmente la religión que viene de Oriente! Quizás causaría una buena impresión, se me vería moderno. Pero estaría mintiendo a mi conciencia y a mi experiencia más significativas. No pocas veces se me ha visto así y alguno me advirtió incluso que no traicionara mis raíces cristianas. A decir la verdad, también siento un íntimo rechazo hacia el budismo, ¡casi una antipatía! Precisamente porque lo he acogido en mi casa y comparto mi vida con él: cuando como, cuando pienso, cuando fantaseo, cuando rezo, cuando estoy ansioso, cuando digo misa, naturalmente cuando me siento en zazen, el budismo está siempre conmigo, hasta el punto que a veces incluso siento ciertas náuseas. Me imagino que es la misma experiencia que viven los matrimonios: al principio rosas y flores, luego, a medida que las cosas se repiten y nos conocemos más allá de las apariencias, surge un cierto deseo de recuperar la distancia y la autonomía. En el idioma japonés existe una expresión que describe perfectamente este estado de ánimo: hana ni tsuku. Quiere decir: se me pegó a la nariz. Como cuando manipulas ajo o pescado en la cocina, llega un momento en el que ya no puedes deshacerte de ese olor, aunque lo sacudas o te laves las manos. Exacto, ¡se te pegó a la nariz! Siento cierta náusea por el budismo, como si tuviera algo pegado a la nariz. Además, en la situación en la que me encuentro, no puedo desprenderme de él, del mismo modo que el cocinero no puede dejar de tratar el ajo y el pescado.
Intentaré describir cuanto he dicho. Hace años, cuando comencé una relación cercana con los budistas, encontraba que sus palabras y sus actitudes eran como oro. ¡Me quedé encantado! Hoy, después de la luna de miel, cuando hablo o simplemente converso con ellos, muchas veces siento que estoy haciendo el papel de la rana que es tragada. Siento como si el budista, poco a poco, me absorbiera en el uno de su sí mismo. Me parece que no existo como otro de él, sino simplemente como un otro ilusorio que al final él se encarga de disolver en el uno de sí mismo. “¡No dos”, se dice! Así es: me siento tratado como un "no-dos". Me pregunto: ¿El otro es real o ilusorio para el budista? ¿Es importante para él o es sólo una oportunidad o una etapa en su práctica religiosa para disolver todo en el "no dos"? Muchos escritos budistas también me dejan esta impresión. Por ejemplo, el reciente artículo titulado Identidad occidental y pensamiento budista de Luigi Vero Tarca, aparecido en la revista trimestral "Dharma" (abril de 2002). Este analiza el lento proceso de acercamiento del cristianismo occidental al budismo oriental. El artículo es interesante; pero en realidad sólo describe la lenta evolución del cristianismo acercándose al budismo, mientras que no menciona el más mínimo paso evolutivo del budismo hacia el cristianismo. Prácticamente el budismo sólo absorbe; pero no cambia. No cambia, porque la diferencia del otro no le afecta, ya que la realidad "no es dos" del propio yo. Así, la cultura japonesa, fuertemente impregnada de sensibilidad budista, no soporta la oposición de las minorías. La dirección de una empresa discute días y días hasta alcanzar la unanimidad. Entonces se actúa. Ésta era su fuerza; pero hoy se convierte también en debilidad. De hecho, cuando los acontecimientos históricos trastornan los proyectos, el sistema de la cultura del "no dos" se encuentra sin ninguna propuesta alternativa que sustituya a la mayoritaria que ha caído en desgracia ante la némesis histórica. Hasta hará veinte años, cuando yo salí de Japón, no había un solo joven con el pelo teñido. Hoy en día, me dicen, no hay un solo joven con el pelo teñido de forma natural. La cultura japonesa no favorece la convivencia de las diferencias. En el fondo se encuentra el impacto de la religiosidad de "no dos". Por eso, a veces, me siento triste al ver que el Budismo se extenderá en Italia en el futuro, y me pregunto si su llegada no apagará las diferencias festivas de nuestras ciudades y de las culturas regionales, que van desde las tradiciones folclóricas hasta el arte de cocinar. Esta perplejidad me asalta cada vez que algún budista italiano, que visita nuestra casa, se presenta incómodo en la mesa porque no aparecen ni cuencos, ni palillos, ni algas, ni bambú envasado al vacío, sino sólo platos, cucharas y tenedores, espaguetis, ensaladas frescas, como en los hogares comunes del lugar.
Querido lector, imagino tu decepción al leer lo que he escrito. Pensarás: ¡Pero este con esos discursos, traiciona el título que le han dado, llevando al lector en la dirección opuesta! En cambio no, quería exponer mi relación, incluso conflictiva, con el budismo, para que nadie concluya: ¡Aquí hay otro hombre enamorado de Oriente! Más bien mi relación con Oriente, en general, y con el budismo en particular es desapasionadamente crítica. No es en absoluto una distracción de lo real hacia lo fantástico. No se trata de hecho de escapar de la vida cotidiana en busca de emociones. No soy budista porque así la vida sería más fácil y todo sería bello. Además, sé bien por experiencia, permaneciendo en el campo cristiano del que soy ministro, que la religión es todo menos el tan cacareado bienestar fácil. Creo que lo que verdaderamente se convierte en mío de una religión es lo que, criticándola y maltratándola, de todos modos queda dentro de mí, como algo inalienable. Intuyo que el comportamiento de nosotros, los misioneros católicos, también debe resultar inadecuado y hasta repulsivo para muchas personas, cuando nos presentamos como aquellos que están designados para salvar sus almas, por mandato divino. ¡Sentido de superioridad, violencia religiosa, dogmatismo! Sólo aquellos que, criticando espasmódicamente estos errores de los cristianos, siguen sintiéndose cristianos han captado del Cristianísmo su auténtico núcleo.
Así son las cosas; sin embargo, soy consciente de que la verdadera religiosidad implica también el reconocimiento de los límites de la religión, a partir de aquellos de la religión a la que se pertenece. En efecto, cuanto más se profundiza en las profundidades de una religión, más inexorablemente se toma conciencia de sus condicionamientos, junto con el valor eterno preservado bajo las cenizas de las debilidades y contradicciones históricas. Pues bien, en el Budismo, sacudiendo el polvo y las cenizas depositadas encima con el tiempo, descubro un valor esencial, que no es propiedad del budismo por ser universal, pero que históricamente fue preservado, transmitido y celebrado por el Budismo. Este lo guardó, lo transmitió y lo celebró también para mí, porque también es mío. Es el valor del vacío como cualidad del ser y como raíz de la belleza. Aparte del cristianismo, en ninguna otra religión existente en la tierra encuentro algo que sienta tan íntimo y mío como este valor preservado en el Budismo. Siento el Cristianismo como algo que es la médula de mi existencia, que me transmitieron al comienzo de mi historia, y el Budismo como algo que me fue transmitido después. Pero la médula ya estaba en mí, antes de que me diera cuenta. Sin embargo, a medida que pasa el tiempo, la médula genera médula. Es esto lo que hoy estoy descubriendo y por lo que estoy agradecido.
Me explico citando los fundamentos de mi religiosidad cristiana: precisamente donde me reconozco cristiano, también me reconozco, con el mismo peso, como budista. El mensaje cristiano, como es sabido, se articula en torno a dos aspectos fundamentales aceptados como constitutivos y alma del ser: el existir y el devenir. Nosotros, con nuestra experiencia, tocamos el ser como aquello que existe y aquello que deviene. El existir es el ser que habita las formas concretas que experimentamos. El devenir es el aspecto cambiante de la existencia, por el cual todo se transforma, se comunica, nace, crece, disminuye, muere, peca, se arrepiente, pide perdón, da el perdón, muere, resucita. Es historia, es evolución, es progreso humano; es también los desastres causados por el hombre o por la naturaleza. Varias religiones buscan el significado auténtico del ser caminando hacia atrás, regresando al ser antes de que adopte las formas que existen y que evolucionan. En tales religiosidades, la existencia se entiende más bien como una decadencia del ser y, más todavía, el devenir. El Evangelio que anuncia el cristianismo es sondear el sentido profundo del ser, mirándolo precisamente desde su lugar más contradictorio y escandaloso, desde aquellos aspectos que el hombre quisiera cubrir con el velo del silencio, o expulsar de la casa del ser. Comprender el sentido del ser, a partir de donde toca fondo en la relación entre virtud y pecado, ilimitado y límite, vida y muerte. Precisamente allí reconoce la llave sagrada que abre el significado eterno del ser. El cristianismo asume la historia como vía maestra para acceder al verdadero sentido de la realidad. El cristiano escucha y venera algunos acontecimientos históricos como sacramento de acceso a la justicia y a la paz perfecta: la historia del pueblo de Israel, pero sobre todo la historia de Jesús de Nazaret.
Ve en la última cena, en la muerte en la cruz y en el sepulcro vacío del tercer día, los signos fecundos del sentido último y perfecto del ser que existe y deviene. El cristianismo es la religión en la que es la historia la que ilumina lo eterno; en el que es la experiencia del pecado y del perdón, recibido y dado, lo que conduce a la paz y la bienaventuranza. La historia es la tumba vacía de la resurrección, donde el ser muere a su rígida inocencia inicial, toma las formas de la existencia, se transforma, experimenta la contradicción, se agota, resucita como una nueva realidad. La tentación que no da paz a los cristianos es aquella de llenar la tumba vacía con razonamientos y expectativas. Es hacer del Evangelio, que es noticia del sepulcro vacío, un catecismo en el que todo esté lleno de razones seguras. Pero llenar la tumba significa perpetrar la muerte.
El Zen es aquel ámbito donde los santos y los patriarcas han liberado continuamente el barco de la existencia del agua que las olas de la historia arrojaban dentro. Yo percibo una íntima necesidad de esa atención, de ese camino, de ese esfuerzo religioso. Tengo una necesidad íntima del Zen. Así que íntimamente soy Zen, porque el Zen es mi manera de ser yo, una pequeña gota de la corriente de la historia.
Estoy ante las dos piedras angulares de mi religión cristiana: ante el ser que se plasma en la existencia, es decir, la creación divina, y el ser que madura hasta su fisonomía perfecta a través del devenir de la historia que tiene en su corazón la cena del pan y del vino, la cruz y el sepulcro vacío. Siento la paz y la belleza de esta comunicación cristiana con el ser eterno a través del abrazo y el beso de la historia, en la que, como una gota infinitesimal, está también mi historia. Siento en lo más profundo de mi ser que todo este creer y testificar se basa en una tumba vacía. Es desde el vacío de mi libre sí como me dirijo a la fe y a los pilares de mi fe cristiana. No hay razonamiento, no hay milagro que pueda llenar ese vacío. Permanezco con mi infinitesimalidad ante la infinita amplitud de la existencia y la inconmensurable variedad en la que fluye el devenir. No hay ninguna razón definitiva que pueda llevarme a creer en aquella cena de pan partido y de vino derramado, en aquel hombre colgado de una cruz con los brazos abiertos, en aquella tumba encontrada vacía. No hay forma de demostrar en lo que creo, excepto a través del sí libre que pronuncio. Lo digo libremente y, además, me ha llegado a través de generaciones y generaciones de otros hermanos y hermanas que libremente han dicho el mismo sí, vibrando en el vacío: ¡Yo creo! Un pequeño ser humano, como todos, que se vuelve hacia las estrellas que pueblan desde hace miles de millones de años la inmensidad del cosmos; se vuelve hacia la complejidad misteriosa y a menudo cruel de la historia, a los niños que juegan felices y a los que sufren hambre; se dirige a los criminales encadenados en prisiones y a los santos que realizan voluntariado entre los marginados; se vuelve hacia sí mismo, hacia los lados claros y oscuros que lo componen; se dirige a las instituciones religiosas de Oriente y Occidente... y dice: ¡Sí, creo! No me preguntes por qué es esto. Es vacío. Es caridad que recibo y que desemboca en el vacío que dejo vacía. Incluso las personas divinas, incluso las personas humanas, incluso mi propia persona, que como personas son únicas e incomunicables, son lo único y lo incomunicable que vive y hace vivir el vacío y es hecha vivir por el vacío. Como el pájaro posado en una rama en un cuadro con el fondo completamente vacío, de la pintura zen. Como aquel hombre desnudo y crucificado que ora por el perdón y la resurrección universal, experimentando sólo el vacío del abandono de Dios y al mismo tiempo el vacío de confiarse en Dios, a lo largo del camino que conduce a la ciudad, mientras que los que lo rodean se ríen de él y las mujeres bajo la cruz lloran. La vida de cada hombre, mi vida, todo es un signo que surge para indicar el sentido. Pero incluso ese sentido permanece vacío, porque no tiene la naturaleza de explicar y calcular. Pero golpea al vacío de mi espíritu y pide mi sí libre, en el vacío más allá de mis apoyos. Abrazar y besar esta existencia que fluye y se transforma en historia, con cariño y calidez, sin llenarla de razonamientos y cálculos: eso es amar. "Dios es amor" (Jn 4,8). En mi fe cristiana acojo también a Dios como vacío de sí mismo: él es el Padre que lo vierte todo en el Hijo; es el Hijo quien devuelve todo al Padre; es el Espíritu quien protege la relación vacía de comunión entre el Padre y el Hijo, mantiene a Dios siendo amor. En Dios no hay punto de auto-retención, todo es dar y generar: es paternidad; todo es recibir y ser generado: es filiación, es creación. Todo es una relación de dar y recibir, de recibir y dar, por eso nada se auto-retiene y se auto-define: es amor, es maternidad, es espíritu.
Por último, situándome nuevamente en el lado cristiano si fuera necesario, como cristiano ofrezco como regalo al hermano del Zen mi afiliación religiosa por ser diferente a la suya; mientras le pido que me ofrezca lo suyo diferente al mío. Toda afiliación religiosa tiende a transformarse en un sistema que lo abarca todo, que lo dice todo sobre todo, que lo gobierna todo. Suele comportarse como un hijo único, que se queda con toda la herencia. Ahora, la llegada de otros hermanos perturba esta primacía indiscutible y obliga a una confrontación auténtica. Te obliga a reconocer tus limitaciones, que es lo mismo que reconocer tus cualidades únicas. Así, yo, un hermano cristiano, seré el perturbador de esa manía generalizada de encontrar en el budismo la tranquila armonía del propio yo iluminado. Les recordaré el drama de la historia, tan evidente en su absurdo, que sólo cerrando cuatro ojos uno puede engañarse pensando que quiere vivir en el nirvana. Cómo la presencia del hermano budista perturbará esa actitud arraigada en los cristianos que aman considerarse los poseedores de la salvación de los demás y que, por tanto, sienten mucho disgusto ante la constatación de que lo bueno, lo bello y lo justo existen incluso fuera de su influencia. No pocas veces con matices tan delicados que los cristianos desconocen. Probablemente la verdadera religión no permite nunca sentarse en el sillón de los que ya han llegado. Estoy convencido de que el Zen volverá el amor cristiano vacío del orgullo de ser los protagonistas del amor; y que el amor cristiano hará que el vacío del Zen esté vacío de la complacencia de estar vacío.
Luciano Mazzocchi
Como siempre, para mi son de mucho mayor interés lo matices diferenciales entre ambas religiones, aun expresados con el deseable sentimiento fraternal mútuo, pues es donde se posibilita el
; que las aparente similitudes que todo lo difuminan, pues ahi muere el diálogo para dar paso a la monotonía sosa del