No se puede llamar tonto a un maestro del calibre de Haukuin, sin mas ni mas. Es sabido que, en Japón, los samurais tienen incluso hoy una gran importancia. Cualquiera que haya viajado allí un par de veces, se habrá dado cuenta. Muchas personas tienen un antepasado samurai, y lo llevan con mucho orgullo. Las espadas son para ellos algo casi sagrado. El tema de las artes marciales es algo de mucho valor en Japón. Yo he tenido la oportunidad de ver un poco como se practica el kendo, y el kiudo allí, y lo toman muy en serio.
Verdaderamente, lo que dice Hakuin tiene mucho interés. Veamoslo:
“En todo momento en tu estudio del Zen, pelea contra los engaños y pensamientos mundanos, batalla contra el demonio negro del sueño, ataca a los conceptos activos y pasivos, orden y desorden, bien y mal, odio y amor, y súmate al combate contra todo lo mundanal. Entonces, si prosigues con la verdadera meditación y luchas con fiereza, inesperadamente irrumpirá la verdadera iluminación”.
Lo que dice es muy correcto, no es ninguna tontería. En su época, había muchos samurais, en Japón, y Hakuin supo ver en el espíritu del samurai, algo muy similar al espíritu del zen. Gracias al zen, los samurais convirtieron el uso de la espada en un arte. A su vez, los monjes zen aprendieron de ese arte algo que les sirvió para su práctica de zen. No hay que olvidar que Hakuin practicaba el koan y, para practicar el koan, (puedo decirlo por experiencia propia) es muy apripiado el espíritu del samurai. Naturalmente, un monje zen no tiene por qué hacerse samurai, pero enfocar la práctica del Mu con el espíritu del samurai, es algo que fue para ellos una gran ayuda.
¿Cómo se hace eso?, nos preguntamos. Bien, cuando se toma el koan, se ve enseguida que es una pelea a vida o muerte. Yo pasé por ello, y puedo decirlo. De pronto, me vi inmerso en esa pelea de la que habla Hakuin. Durante casi un año, peleé contra los engaños y pensamientos mundanos, batallé contra el demonio negro del sueño, ataqué los conceptos (muchas veces, como un samurai que usa una espada) y me sumé al combate contra lo mundano. Proseguí con la verdadera meditación (lo recuerdo muy bien) día tras día, y luché con fiereza (puedo recordarlo). E, inesperadamente, tal y como dice Hakuin, irrumpió la verdadera iluminación.
“Meditando de esta manera (es decir, a caballo), el guerrero puede lograr en un mes lo que le tomaría al monje un año; en tres días puede abrir para sí mismo beneficios que le tomarían al monje cien días”.
Aquí, Hakuin alaba el espíritu del guerrero, de nuevo. Pero no hay que entender las cosas mal. Es el espíritu lo que necesitamos, no las armas. Con el espíritu del guerrero en un mes se logra lo que sin ese esíritu se lograría en una año. En tres días, se obtienen los beneficios que de otro modo requerirían cien días. Tal y como lo entiendo, Hakuin, no da a entender que el monje deba hacerse samurai en el sentido literal, y subirse a un caballo y cabalgar. Lo que enseña es a imitar el espíritu del samurai, no para una lucha exterior, sino para la lucha interior.
En el Mumonkan, Mumon enseña a practicar con el Mu de esta manera. Incluso habla de que al pasar el koan, se adquiere el espíritu del general Kan (un famoso general, en China). Mumon despierta en quienes practican con el Mu ese espíritu. Lo recuerdo muy bien, todavía. Ese espíritu despertó también en mí, en aquella época. Fue una época en que admiré el espíritu del guerrero, e incluso recuerdo haber hablado de ello con otros, en aquellos días. Y recuerdo muy bien cuando pasé el Mu, que ese espíritu había despertado en mí. Sin ese espíritu, no lo habría pasado. Y seguí con muchos otros koans después, aunque ya no requeríeron del mismo espíritu.
De esto hace ya mucho tiempo. Hoy no tengo ese espíritu conmigo, y creo que está bien así, porque ya no practico los koans. Pero la práctica del koan, es la práctica del guerrero. Algunos monjes, por lo visto, confundieron esto en siglos posteriores, y creyeron que se trataba literamente de ir a una guerra y matar enemigos externos. Es el peligro, cuando no se entienden bien las cosas. Al parecer, se confundieron.