Hola
@Daido. Lo que dice
@Carlos, podemos decirlo también de otra manera.
Una cosa es "hablar" de
qué es zazen, y otra de
qué sucede en la práctica. Son dos cosas distintas y es bueno diferenciarlas para que nuestro discurso no sea solamente teórico, sino que se remita de manera concreta a nuestra experiencia como practicantes.
Cuando zazen es solo zazen, entonces nuestro "yo" (nuestra mente ilusoria) no está allí; pero en la práctica sucede que muchas veces nos apartamos de zazen y, entonces, dado que nos hemos sentado para hacer zazen y no para otra cosa, simplemente volvemos a él.
La palabra "esfuerzo" sé que contiene elementos que pueden confundir, por ello a veces se habla también de que es "un esfuerzo sin esfuerzo".
En términos doctrinales clásicos a veces se distingue entre "mente unica" y "mente ilusoria". Menzan Zuihō, en otros párrafos del
Jijuyu Zanmai, no habla de esta diferenciación y, más adelante, pienso que traeré aquí algunos párrafos al respecto. Desde un punto de vista, no existe esfuerzo, es simplemente zazen el que nos lleva a zazen, es zazen el que hace zazen, por sí mismo y sin que intervenga nuestro "yo"; desde el otro punto de vista, en nuestra determinación hacia esta práctica y cuando nos hemos desviado de ella, ponemos en acción el 8º elemento del noble camino:
samma-sati, en pali, o
samyak-smṛti, en sánscrito; a menudo traducido como "atención consciente" o "conciencia plena" (traducciones que, pienso, han dado lugar a algunas confusiones), pero que en las lenguas originales quiere decir más bien "memoria", "recuerdo" de cual es la vía.
Si, por poner un símil, representásemos el "qué es zazen" como una línea (que sería la ausencia de esfuerzo, es decir de las desviaciones causadas por nuestro ego movido por los tres venenos: el apego, el rechazo y la ignorancia); "lo que sucede en la práctica" serían oscilaciones alrededor de esa línea. Grandes o pequeñas. Por eso decía que la práctica de zazen en realidad es la práctica de volver a zazen un millón de veces, que se puede decir también cómo volver en este mismo instante. Es desde el punto de vista de nuestro yo extraviado que se puede hablar de "esfuerzo", no desde el punto de vista de zazen en sí mismo; de ambas cosas el practicante sincero es consciente y partícipe.
Sodō Yokoyama (1907-1980), un hermano monástico de Uchiyama, dice al respecto de este "esfuerzo" paradójico (pues retornados a zazen no hay ningún "yo" que sea actor de ningún esfuerzo), de este "esfuerzo sin esfuerzo":
¡Que cosa tan rara es zazen! Cuando meditamos, ideas inoportunas, pensamientos fuera de lugar – brevemente, las ilusiones de las que están constituidos los seres ordinarios – parecen tener de repente una necesidad irreprimible de surgir y manifestarse. Surge además el deseo de expulsar estos pensamientos, un deseo irreprimible en el que ponemos toda nuestra energía. Aquellos que no hacen zazen no saben nada de todo esto. ¿Por qué continúan apareciendo las ilusiones, una tras otra, cuando practicamos? Aprendemos por zazen que cada uno de nosotros, sea príncipe o mendigo, no es mas que una persona ordinaria (extraviada). He aquí la razón. El esfuerzo por expulsar estas ilusiones – no siendo la ilusión más que un absurdo (va contra nuestra propia felicidad y la del otro) – de la misma manera se nos muestra completamente por zazen. Por convención llamamos "buda" esta meditación que nos guía de esa forma.
Por partir de un ejemplo-metáfora personal. Numerosas personas llegan a zazen después de haber estado practicando otras técnicas de meditación budista (es decir, "buscando" algo). En mi caso, por los motivos que sean, no fue así. Zazen me capturó desde el momento en que tuve conocimiento de él, contra todo pronóstico -pues ni siquiera estaba yo buscando algo así, mi vida seguía otros derroteros muy distintos-, irremediablemente me sedujo, me enamoró, hasta hoy. No es que a partir de ese momento todo estuviese resuelto, todo fuese fácil, había que seguir caminando por este sendero, lleno de zarzas y también de alguna flor, que es nuestra vida. Si el enamorado tiene que subir por una enredadera hasta el balcón de la amada, podría decirse que para ello debe de realizar un esfuerzo, con sus brazos y pies; pero si estás realmente enamorado ese esfuerzo en realidad no es ningún esfuerzo, es la mirada de la amada la que te mueve.
