La extraña pareja: Gendun Chophel y Rahul Sankrityayan

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Junonagar
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Re: La extraña pareja: Gendun Chophel y Rahul Sankrityayan

Mensaje por Junonagar »

Es esta foto antigua supuestamente estan los dos protagonistas de este hilo. Fue tomada en el Tibet. Creo que Chophel es el del centro de la imagen y Sankrityayan está a su derecha, con la cara parcialmente tapada

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Junonagar
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Re: La extraña pareja: Gendun Chophel y Rahul Sankrityayan

Mensaje por Junonagar »

Dejamos a Rahul Sankrityayan por un momento negociando con laicos la compra de textos antiguos y recordemos como era aquella época. Este video refleja muy bien la sociedad mediaval, completamente estratificada del Tibet de aquella época (aunque el video es del año 1943). Una sociedad donde las clases mas nobles alquilaban a personas para que hicieran las clasicas postraciones tibetanas (en algunos ritos estamos hablando de miles de postraciones) o donde estas mismas familias tenían la "suerte" habitual de que sus miembros más jovenes fueran tulkus.

(El video contiene una pista para escucharse en castellano)

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Carl Sagan
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Re: La extraña pareja: Gendun Chophel y Rahul Sankrityayan

Mensaje por Carl Sagan »

El medievalismo cristiano versión Tíbet. Por estas latitudes se estilaba la compraventa de indulgencias o la promoción a preboste eclesiástico de miembros de familias pudientes – papas de Roma incluidos -. Por cierto que lo de la guardia de honor del Dalai Lama recuerda a la guardia suiza. En fin, los homínidos sapiens nunca decepcionan :roll:
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Re: La extraña pareja: Gendun Chophel y Rahul Sankrityayan

Mensaje por Junonagar »

Carl Sagan escribió: 19 Nov 2025 09:40 El medievalismo cristiano versión Tíbet. Por estas latitudes se estilaba la compraventa de indulgencias o la promoción a preboste eclesiástico de miembros de familias pudientes – papas de Roma incluidos -. Por cierto que lo de la guardia de honor del Dalai Lama recuerda a la guardia suiza. En fin, los homínidos sapiens nunca decepcionan :roll:
Por eso el debate que teniamos en otro hilo sobre que algunas religiones parecen creadas por seres malignos es algo no tan relevante. Mejores o peores las religiones originalmente (a nivel ético y moral) tienen todas que ser gestionadas posteriormente por seres humanos que a menudo se encargan de eliminar y diluir lo bueno que puedan tener las religiones para convertirlas en herramientas de control y poder.
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Re: La extraña pareja: Gendun Chophel y Rahul Sankrityayan

Mensaje por Junonagar »

Seguimos con nuestros dos amigos negociando la compra de textos antiguos que algunos locales tenían en sus casas. Coincidentemente aparece el Kāraṇḍavyūha Sūtra, el sutra donde aparece la primera vez el mantra OM MANI PADME HUM, que hace apenas cuatro días busqué para buscar esta cita exacta:

"Entonces el tathagata, el arhat Padmottama dijo al Bodhisattva Mahāsattva Avalokiteśvara:
‘Hijo noble, entrégame el supremo gran mantra de seis sílabas. Liberaré a muchos millones de trillones de seres del saṃsāra, de modo que rápidamente alcancen la budeidad completa con la iluminación suprema y perfecta.’
Entonces el Bodhisattva Mahāsattva Avalokiteśvara entregó el supremo gran mantra de seis sílabas al Tathāgata, el arhat, Padmottama:
Oṁ maṇi padme hūṁ.
Entonces, en ese momento desde los cuatro continentes hasta los reinos de los devas temblaron como hojas de banano. Los cuatro grandes océanos se sacudieron. Todos los espíritus, demonios y fuerzas sobrenaturales, junto con sus seguidores, huyeron.
El Tathāgata Padmottama extendió su brazo como un elefante extendiendo su trompa y ofreció cien mil valiosas guirnaldas de perlas al Bodhisattva Mahāsattva Avalokiteśvara."

Pero sigamos con la aventura de nuestros dos amigos.

Seguimos avanzando hacia la siguiente aldea. El paisaje se abrió hasta convertirse en una llanura ondulada donde pastaban yaks, cabras y ovejas. Los pastores caminaban envueltos en largas túnicas, moviendo lentamente ruedas de oración mientras vigilaban el rebaño.

Al llegar a Ting Kar, nos dirigimos a la casa más grande del pueblo, donde dijeron que vivía un tal Dorje, conocido por coleccionar textos religiosos.

Dorje estaba sentado en el patio, bebiendo té.
—Dicen que coleccionas libros antiguos —le dije.
—No diría “coleccionar” —respondió—. Solo guardo lo que dejaron mis antepasados.
Nos condujo a una habitación interior. En la penumbra, las paredes estaban llenas de estantes y, sobre ellos, montones de pechas —manuscritos tibetanos horizontales—, algunos cubiertos con fundas de tela, otros desnudos, acumulando polvo.
Mi corazón dio un pequeño salto:
¡Por fin un archivo de verdad!

Dorje tomó uno de los volúmenes y lo abrió: era un comentario budista tardío, nada excepcional. Revisé otros: historias populares, textos rituales menores, copias del Prajñāpāramitā, fragmentos del Lamrim…
Interesantes, sí, pero no lo que buscaba.

En un rincón, sin embargo, había un paquete envuelto en una tela roja descolorida. Le pregunté si podía verlo.
Dorje vaciló un instante y luego dijo:
—Ah, eso… eso no está completo. Pero puedes mirar.

Dentro había un manojo de folios con letras más redondeadas, distintas del tibetano habitual. Levanté una hoja y sentí un estremecimiento.
¡Sánscrito, sin duda!

Aunque no en escritura devanagari: era ranjana o una variante local, algo deformada por los siglos.
Me quedé quieto, respirando hondo. Llevaba días buscando algo así. Los folios trataban sobre temas tántricos: partes del Hevajra Tantra, mezcladas con comentarios. Era un conjunto incompleto, pero aun así un hallazgo importante.
—¿Cuánto quieres por este paquete? —pregunté con delicadeza.

Dorje negó con la cabeza.
—No puedo venderlo. Perteneció al hermano mayor de mi abuelo. Decía que venía de Nepal.
A pesar de la negativa, no cerró la puerta del todo. En el Tíbet, “no vender” a veces significa “hablaremos luego”.

Así que no insistí demasiado.

Guardé mentalmente cada detalle del texto: el tipo de papel, la tinta, la disposición de los folios. Tal vez, si regresaba más adelante con mejores contactos, podría negociar.

Al salir de la casa de Dorje, el cielo se había nublado. Una ventisca fina comenzó a levantarse. Los granos de nieve parecían agujas diminutas contra la piel. Mis compañeros dijeron que podíamos refugiarnos en una casa cercana donde vivía un tal Lobsang, un exmonje que había abandonado el monasterio hacía años. Se decía que guardaba libros heredados de su maestro.

Cuando llegamos, Lobsang estaba sentado junto a una pequeña estufa. Era un hombre flaco, de piel curtida y mirada vivísima. Al contarle que yo venía buscando manuscritos, sonrió como alguien que ha estado esperando a un invitado.
—Tengo algo —dijo—. No sé si será de tu interés.

Fue a una habitación trasera y trajo un caja de madera larga. Dentro había cuadernos enrollados, fragmentos sueltos, hojas rotas… Algunos textos sobre medicina tibetana, otros sobre astrología, y uno que casi me hizo contener la respiración: un fragmento, muy fragmentado, del Kāraṇḍavyūha Sūtra, en tibetano antiguo.
No era sánscrito.

Pero un manuscrito tibetano antiguo es siempre una joya. Pasé los dedos con cuidado sobre el papel, que estaba tan frágil que parecía deshacerse al tacto. Lobsang me observaba en silencio, como midiendo mi reacción.
—¿Quieres llevártelo? —preguntó, sin rodeos.
Lo miré sorprendido.
—¿Estás seguro?
—Preferiría que lo estudiara alguien que pueda hacerlo —respondió—. Aquí solo se va perdiendo.

La decisión me conmovió. Pagamos un precio razonable; él no pidió demasiado. Guardé el manuscrito con el máximo cuidado en mis telas protectoras.

Había sido un día extenuante, pero extraordinario: varios intentos infructuosos… y, al final, dos hallazgos preciosos. Cuando salimos de la casa de Lobsang, la ventisca había cesado. Quedaba en el aire un olor metálico, frío, como si el mundo estuviera recién lavado. Y emprendimos el camino de regreso, pensando ya en las búsquedas del día siguiente.

Al día siguiente, nos despertamos antes del amanecer. La aldea estaba cubierta de una bruma fina; los tejados de paja parecían flotar entre la neblina. Los yaks pastaban en silencio, sus alientos formando pequeñas nubes blancas en el aire helado.

Partimos alrededor de las 7:00 a.m., con los burros cargados de provisiones y libros cuidadosamente envueltos. El camino ascendía suavemente, serpenteando entre colinas cubiertas de hierba seca, aún salpicadas de nieve en las sombras. El viento traía un olor a tierra mojada y madera quemada de los fogones de las aldeas cercanas.
Nuestro destino era Shalu Vihara, un monasterio antiguo, famoso por su biblioteca y sus manuscritos en sánscrito. Llegamos hacia las 4:30 p.m., después de un viaje largo pero pintoresco, donde cada colina y cada arroyo parecía contar su propia historia.

En el monasterio nos recibió Rishu Rimpoche, un lama que nos reconoció al instante, a pesar de que habían pasado cuatro años desde nuestra última visita. Su bienvenida fue cálida, casi familiar, y nos condujo a la biblioteca donde conservaban los libros que habíamos venido a ver.

Allí, entre estantes polvorientos y pilas de manuscritos, encontramos lo que buscábamos:
• Tres volúmenes de Abhidharma Kosha
• El primer libro sobre lengua bhota
• Gramática bhota

Le entregamos una copia fotográfica de algunos manuscritos, que habíamos traído para cotejar. La emoción era palpable; cada página, cada carácter dibujado a mano, era un puente hacia siglos de conocimiento que había sobrevivido milagrosamente.

Rishu Rimpoche nos contó que había más libros en otros monasterios cercanos, incluso algunos a varios días de viaje, y que tendríamos que planificar con cuidado para poder revisarlos. Pero ya teníamos un buen punto de partida.

Al revisar los manuscritos, descubrimos seis tipos de escritura antigua y fragmentos de textos de la tradición Puraná, además de tres variantes de escritura circular. Algunos de estos textos estaban en excelente estado, a pesar de los siglos. La precisión y la belleza de los trazos mostraban el cuidado con que los escribieron y conservaron los monjes.

La biblioteca de Shalu Vihara no era solo un depósito de libros; era un lugar vivo. Los monjes consultaban los textos, copiaban fragmentos y discutían interpretaciones mientras nosotros observábamos. Había un respeto tangible por el conocimiento acumulado.

Al finalizar la visita, pasamos a la zona de los templos, donde cada pared estaba decorada con murales y estatuas que contaban historias de Buda y de la vida de los lamas. Algunos murales estaban fechados a finales del siglo XIV, mostrando escenas de la vida cotidiana, así como gestos rituales y paisajes míticos. Las figuras de los personajes indios estaban representadas con vestimentas reconocibles, y las escenas reflejaban una influencia clara de la iconografía clásica del subcontinente.

Recorrimos los templos con cuidado, admirando la precisión de los detalles: desde las expresiones faciales de las estatuas hasta los patrones de las vestimentas, todo estaba trabajado con un delicado sentido del arte. Incluso encontramos inscripciones de los artistas, algo inusual en Tibet, y que ayudaba a rastrear la historia de la creación de los murales.

Al final de la tarde, mientras nos retirábamos del monasterio, las sombras se alargaban sobre los muros rojos y las cúpulas doradas. La luz del sol poniente iluminaba los picos lejanos, y por un momento todo parecía suspendido entre el tiempo y la memoria.

De regreso a Shigarche, reflexionamos sobre los hallazgos: los manuscritos, aunque dispersos y en condiciones desiguales, representaban un tesoro invaluable de conocimiento religioso, lingüístico y cultural. Habíamos completado la jornada con éxito, pero sabíamos que aún quedaban muchos caminos por recorrer, manuscritos por descubrir y páginas por descifrar.

Antes de dormir, mientras miraba la noche tibetana estrellada, pensé en cómo cada viaje no solo nos acercaba a los libros antiguos, sino también a las personas que los custodiaban: monjes, pastores, coleccionistas… todos parte de una cadena invisible que mantenía viva la memoria del Tibet.

Era un recordatorio de que la aventura, la curiosidad y el respeto por el conocimiento son inseparables. Y que cada página leída o descubierta era, de alguna manera, una pequeña victoria sobre el olvido y el tiempo.

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Carl Sagan
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Re: La extraña pareja: Gendun Chophel y Rahul Sankrityayan

Mensaje por Carl Sagan »

Junonagar escribió: 19 Nov 2025 20:34Por eso el debate que teniamos en otro hilo sobre que algunas religiones parecen creadas por seres malignos es algo no tan relevante. Mejores o peores las religiones originalmente (a nivel ético y moral) tienen todas que ser gestionadas posteriormente por seres humanos que a menudo se encargan de eliminar y diluir lo bueno que puedan tener las religiones para convertirlas en herramientas de control y poder.
Mi docto amigo no podría añadir algo a esto que dices sin volver a cargar tintas contra las religiones y con ello desviarte este estupendo hilo. Sólo diré muy brevemente que en mi modesto parecer el problema es que las religiones tienen sembrada la semilla de la corrupción ab initio. Lo que es especialmente claro en las religiones abrahámicas, por unos postulados ‘discutibles’ (por decir algo suave). En el caso del budismo podrían ser creencias como el renacimiento, el karma o el mérito.

Saludo smile
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Re: La extraña pareja: Gendun Chophel y Rahul Sankrityayan

Mensaje por Junonagar »

Seguimos con el relato. En esta caso nuestros heroes se tienen que enfrentar a paisajes nevados
Dieciséis de octubre. Salimos de Seke a las ocho de la mañana, dejando atrás un lugar que me costaba abandonar. Seke era uno de esos sitios que se quedan en el corazón: desde que llegamos, cada día parecía teñirse de la magia de sus valles. Pero el invierno había tomado el control: las zanjas de agua a los lados del camino estaban congeladas, las hojas secas esperaban el viento para caer y los campos, que en su momento fueron verdes y suaves como terciopelo, ahora se habían vuelto amarillos, marchitos. Las casas, alineadas en rojo, negro y blanco, daban la impresión de un paisaje de fantasmas: algunas paredes derruidas permanecían como testigos mudos de un tiempo más próspero.

Mientras ascendíamos hacia el valle de Jñāma, los últimos minutos de la subida fueron sencillos;. Entre arbustos secos y rocas desnudas, los animales que antes habitaron estos lugares parecían haber desaparecido,. Al llegar a la orilla de un arroyo que, según decíamos, llevaba sus aguas hacia la gran Ganga, nos detuvimos para beber y admirar la corriente helada que descendía rugiendo entre las piedras.

Hacia la una y media de la tarde llegamos al pueblo Phon. Allí dimos de comer a los caballos y nos refugiamos en una pequeña casa para tomar té. El valle mostraba restos de monasterios y pequeñas aldeas que alguna vez florecieron, pero ahora parecían suspendidas entre la memoria y la desolación. Los campos, en su mayoría abandonados, contaban historias de tierras cultivadas y luego perdidas, de comunidades reducidas por las estrictas costumbres religiosas y las sucesivas generaciones de ascetas que eligieron la soledad antes que la vida familiar.

Al continuar nuestro camino hacia el valle, nos cruzamos varias aldeas A nuestra derecha, un pequeño asentamiento, casi completamente derruido, mostraba muros altos y corroídos, testigos de tiempos de esplendor. Nos informaron que allí había vivido un pueblo llamado Moon, que había sido desplazado por órdenes de un rey en 1727.

Al llegar al pueblo de Mothia, a más de 15,000 pies sobre el nivel del mar, nos recibió Ko Sho Dont y su familia. La hospitalidad tibetana se hizo evidente desde el primer sorbo de té: su hermana y su esposa, Dilrāyu Srī, nos ofrecieron refugio en medio de la fría brisa que atravesaba las ventanas del templo de Padmasambhava, construido una década atrás. Su interior estaba limpio, decorado con pinturas coloridas y figuras sagradas que conservaban la devoción de siglos.

Mientras permanecíamos allí, conversamos sobre la organización de las tierras y el sistema de sucesión. En ese valle, el mayor de los hijos heredaba la propiedad, y en caso de no haber varón, la hija podía convertirse en propietaria, siempre con la aprobación del líder del pueblo. Ko Sho Dont, que no tenía hijos, había designado a su cuñado como sucesor, siguiendo la tradición de permitir que un pariente cercano continúe con la gestión de la tierra.

El día se prolongó sin posibilidad de salir a explorar: el viento intenso impedía cualquier desplazamiento. Nos conformamos con observar desde el templo cómo el valle se extendía ante nosotros, con sus aldeas dispersas, algunos pocos cultivos, y las corrientes de agua que serpenteaban entre las montañas, congeladas por el frío intenso.
Al día siguiente, nos preparábamos para continuar nuestra marcha. A pesar de la temprana hora, la nieve ya cubría partes del camino, transformando los arroyos en ríos congelados que exigían precaución extrema. Cada paso debía calcularse con cuidado: un resbalón podía significar un accidente grave, especialmente con las cargas que llevábamos a cuestas.

El valle se abría lentamente ante nuestros ojos, mostrando su majestuosidad: montañas blancas que parecían tocar el cielo, y al fondo, ríos que reflejaban los primeros rayos del sol . En algunos tramos, la nieve se acumulaba hasta la cintura de los caballos, obligándonos a descender y caminar, mientras las riendas y mochilas pesadas hacían cada paso más arduo. La altitud y el frío extremo se combinaban para hacer de cada jornada un desafío físico y mental.

Durante la caminata, encontramos vestigios de antiguos templos y monasterios: muros derrumbados, stupas medio sepultadas bajo la nieve, y fragmentos de figuras de Buda y deidades menores que resistían el paso del tiempo. Ko Sho Dont nos explicó que muchas de estas estructuras habían sido abandonadas o destruidas, pero que su memoria seguía viva entre los habitantes del valle.
A mitad de la jornada, nos detuvimos en un pequeño pueblo junto a la orilla de un río. Los aldeanos nos ofrecieron té y pan tibetano, y compartimos historias de viajes y peregrinaciones. La vida en estas alturas parecía pausada, dictada por la necesidad de sobrevivir en un entorno tan extremo.

Continuamos ascendiendo hacia Languur, un asentamiento que históricamente había sido un centro de estudio y traducción de textos sagrados. Allí, antiguos monasterios albergaban escrituras en lengua vot y figuras de madera y bronce, algunas con rasgos claramente indios. La luz escasa del interior dificultaba la fotografía, pero la belleza y solemnidad de los objetos eran imposibles de ignorar.

Cuando el sol comenzó a descender, la temperatura bajó drásticamente. Nos refugiamos en una casa de un aldeano, que con gran generosidad nos cedió espacio para descansar. Encendimos fuego, bebimos té caliente y preparamos nuestras pertenencias para continuar al amanecer. La sensación de aislamiento era intensa: la montaña nos rodeaba por completo.

El amanecer del cinco de noviembre nos encontró despertando entre la nieve y el frío punzante. Los caballos nuevos, aún temerosos de los caminos helados, se movían con cautela. El sendero hacia Nepal estaba marcado por ríos parcialmente congelados y tramos de barro profundo, que obligaban a constantes descensos y ascensos. Cada paso era una lucha contra la fatiga y el frío, mientras nuestras manos y pies se adormecían lentamente.
Los valles se extendían bajo nosotros como un mosaico de tonos blancos y grises. Cada cresta que superábamos revelaba otro tramo de la montaña, otra curva del río que serpenteaba entre los riscos. La concentración debía ser absoluta: una caída aquí no era solo dolorosa, sino potencialmente fatal.

A medida que descendíamos, la vegetación reaparecía: arbustos dispersos, pinos escasos y, finalmente, los primeros árboles más grandes, señal de que nos aproximábamos a zonas habitadas. Los aldeanos que encontrábamos eran escasos y cautelosos, pero siempre hospitalarios. Nos ofrecieron pan tibetano, mantequilla y té caliente. Sus casas, construidas con piedras y madera, mostraban la influencia de generaciones que habían aprendido a sobrevivir en este territorio implacable.

Durante la jornada, nos cruzamos con un grupo de comerciantes locales. Sus carretas cargadas de productos eran arrastradas por yaks y caballos, y nos contaron historias de las dificultades de transportar mercancías en invierno.
Al llegar a un pequeño asentamiento , fuimos recibidos por el comerciante Guman Sahú, quien nos ofreció su espacio para descansar. La noche caía y con ella el frío se intensificaba. Encendimos fuego, bebimos té caliente y preparamos la carga para la jornada siguiente.
Junonagar
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Re: La extraña pareja: Gendun Chophel y Rahul Sankrityayan

Mensaje por Junonagar »

A veces el relato se paraba en las pequeñas conversaciones que descubrían el micromundo tibetano pero tambien la ironia y la curiosa psicologia de Sankrityayan que se adaptaba facilmente al interlocutor, llevandole por caminos insospechados. Este pasaje en especial me parece excelente: de una conversación intrascendentes sobre un avión que llegó al Everest sacar una crítica a los lamas...
El 3 de noviembre, por la mañana, había que partir; pero los caballos no pudieron llegar antes de las 10:00.
Mientras tanto, con el anfitrión se hicieron charlas de varios tipos. En una cosa, él quedó muy sorprendido y algo turbado, aunque a mi compañero Dharmavardhana en ese momento le era difícil contener la risa.

El amo de casa dijo:
“Mire, el año pasado, el 3 de abril de 1935, a nuestra montaña Chomolungma (Everest) llegó un avión inglés.
¿Para qué hacen estas cosas estas personas?”

Yo dije:
“Es la montaña más alta del mundo; por eso, todos desean llegar allí para hacer inmortal su nombre.”
Ellos hablaron de la posible molestia o enfado de los dioses y deidades.

Yo dije:
“Aquí no hay que hablar de enojo de dioses y deidades; ellos más bien son dignos de compasión.”
“De este modo, al girar el avión dos o cuatro veces, a ellos —a los dioses— tendrán que dejar sus lugares y huir.

¿Por qué? ¿Y adónde?
Porque el olor del aceite, del petróleo que usa el avión, es terrible para los dioses. Carbón, agua y todas las cosas que se usan en las máquinas son enemigas de ellos; pero el petróleo es veneno, halāhal.”

Es por eso que las máquinas voladoras no deben acercarse a las montañas de los dioses.
También por eso, por la fuerza del petróleo, ya no pueden residir en los bosques, debajo de los árboles.”

En esto, ellos quedaron completamente sorprendidos.
Yo dije:
“¿Por qué no reflexionan en esto?
Cuando ustedes se acercan al fuego, permanecen a cierta distancia; del mismo modo, los dioses también temen al fuego y al olor del aceite. Por eso, al aproximarse un avión, ellos dejan su morada y se van.”

Escuchando esto, todos quedaron asombrados. El anfitrión dijo:
“Entonces, así pues, ¿qué será de nosotros? ¿Acaso ya no habrá lugar seguro para los hombres?”

Yo dije:
“El mundo cambia. Las cosas del mundo cambian. Por eso, también nosotros debemos cambiar.
Si el mundo permanece lleno de humo, de petróleo, de máquinas, entonces los dioses también cambiarán sus costumbres.”

También lo que se pone en el carbón y lo que se usa para hervir son sus enemigos, pero este petróleo es veneno, es halāhal. Y yo no solo por los dioses de aquí, sino que por muchos dioses y deidades expulsados de nuestra India siento muchísima pena. ¿Sabes por qué? Cuando los turcos vinieron y empezaron a destruir los lugares de culto en India, en ese momento miles de dioses y deidades en India comenzaron a morirse de hambre; la gente no podía ofrecerles nada. En ese tiempo, una deidad india que llevaba muchos años viviendo en el Tíbet volvió a India con el deseo de ver su tierra natal. Allí vio a los de su propia casta muriéndose de hambre. Les dijo: “Hermanos, en el Tíbet puede que no se consigan dulces panecillos ni panes, pero cada mañana y cada tarde, en cada casa, la gente ofrece sattū como incienso para nuestra comunidad. Ningún espíritu de ninguna casta puede quedarse con hambre.”

Al oír esto, los dioses y deidades empezaron a deliberar entre sí. Al final, dejando atrás solo a unos pocos muy obstinados, todos se pusieron en marcha hacia las regiones del norte. ¿Qué te cuento? En un solo día, diez mil deidades se fueron de India hacia Bhōṭa. ¿Diez mil? ¡Mucho más que diez mil!

Si llegan los aviones, entonces aquí tampoco estarán a salvo, así que ¿adónde irán? Irán a este Changthang, la llanura deshabitada del norte del Tíbet; pero incluso allí, ¿cuántos días podrán quedarse? ¿Quién detendrá a los aviones de ir también hacia allá?

Será así: nosotros nos libraremos de la enfermedad, pero miles de lamas del Tíbet empezarán a morirse de hambre, porque cuando los espíritus y dioses huyan, ¿quién les dará dakṣiṇā (ofrendas a los lamas) al hacerles repetir a ellos, por miedo, esos puraścaraṇa, esos recitados y rituales llamados pāṭh y demás?

El pobre gṛhapati quedó muy preocupado.

En ese momento llegaron los del caballo. Aunque los caballos, de una manera, nos estaban siendo dados como especie de trabajo obligatorio, aun así, en cuanto a cobrar, eran maestros. Desde allí hasta Kutti-bhar, es decir, para tres días, primero pidieron un caballo gratis por 64 sang. Yo me enfadé. Luego bajaron a 32 sang. Al final se decidió en 16 sang.

A las once salimos como pudimos. Ese día teníamos que quedarnos solo 6–7 millas más adelante, en Langur. Los caballos parecían rápidos. Una vez, tirando un poco más con Dharmavardhan, ellos—los que los llevaban—se los llevaron un poco adelante. Pero el camino era llano y, en un lugar, por el agua, el suelo estaba lleno de barro. La pata de nuestro caballo resbaló y se sentó suavemente en el suelo.
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Carl Sagan
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Re: La extraña pareja: Gendun Chophel y Rahul Sankrityayan

Mensaje por Carl Sagan »

Junonagar escribió: 21 Nov 2025 22:48Este pasaje en especial me parece excelente: de una conversación intrascendentes sobre un avión que llegó al Everest sacar una crítica a los lamas...
Como insinuaba en otro hilo, quizá el Buda histórico utilizó una estrategia similar con sus contemporáneos al referirse a los dioses, llevarlos a contradicciones imposibles que rompieran el hechizo que padecían las gentes de aquel entonces y facilitar así la liberación que se logra con el Dharma ico_popcorn
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Re: La extraña pareja: Gendun Chophel y Rahul Sankrityayan

Mensaje por Junonagar »

Seguimos con el relato. En esta ocasión están junto a la frontera del Tibet con Nepal, para salir del pais.

Algo me ha sorprendido del texto: tras tantas semanas de viaje solo tenían un texto en hoja de palma. Parece ser (por lo que he investigado) que Rahul Sankrityayan había fotografiado o copiado los textos sanscritos que habían encontrado. Por lo que no tenía demasiados incentivos en llevarselos, ya que estaba el riesgo de perderlos o deteriorarlos en el viaje, y tambien el riesgo en que fueran confiscados en Nepal (por las leyes que protegian el patrimonio histórico)
¿Cómo podría esta enorme carga de libros descender por aquel tramo? En las últimas tres millas tuvimos que bajarnos del caballo por completo, pero todo el cansancio se desvaneció cuando, al cruzar la ladera exterior de la montaña y asomarnos al otro lado, aquello apareció ante nosotros: los paisajes y los senderos recorridos, que tanto nos habían marcado en el viaje anterior, ahora se mostraban bajo una luz nueva. Lugares donde antes nos sobrecogía el miedo y nos secaba la garganta hoy podían reconocerse sin titubeo como tierras mas parecidas a las indias.

A las cuatro llegamos a Yeh. Traíamos una carta de Tangri para el Chola de Muy Tang, pero su residencia estaba en una dirección poco favorable para nosotros. Tras preguntar aquí y allá, logramos localizar incluso la tienda de un comerciante. Finalmente conocimos al sāhū Jumman de Patan, en Nepal, quien nos ofreció el piso superior de su tienda vacía.

Otra preocupación era la pistola Chu Sense, que habíamos traído desde Lhasa, un objeto necesario para un viaje por el Tíbet. Dharmavardhana la había llevado hasta aquí, pero al acercarnos a la frontera gorkha ya no podía transportarla. El sāhū Jumman asumió gustosamente la responsabilidad de guardarla.

Esa noche dormimos con las piernas bien estiradas, con un alivio absoluto. La fiebre, sin embargo, no nos abandonaba, así que la prisa nos acompañaba.

El 6 de noviembre, al despertar, vimos que toda la región estaba cubierta por una gruesa capa de nieve; incluso por la mañana, los copos seguían cayendo. La situación se mantuvo durante todo el día. Hubiéramos querido quedarnos un día más para secar bien nuestra ropa, pero ya no era posible.

Entre nuestras pertenencias había seis estatuillas de madera, seis de bronce y un manuscrito en hojas de palma . El problema era que el gobierno de Nepal prohibía sacar del país —especialmente hacia India— imágenes, libros y objetos similares. Sin un arreglo previo, ¿cómo podríamos demostrar, al cruzar la frontera, que estas cosas no pertenecían a Nepal? Por ello decidimos mostrarlas al representante nepalí en Kuti, el Dīṭhā, y solicitar una carta que lo certificara. Era un hombre amable; revisó nuestras cosas y nos explicó que él mismo enviaría la solicitud al Bhansār, la oficina principal de aduanas. En Nepal, la precaución es obligatoria, así que la actitud de todos era comprensible.

Ese día era Diwali. Durante todo el día habíamos ayunado debido a la fiebre. Por la tarde, el sāhū Hanumān insistió una y otra vez en que comiéramos en su casa. Al ver la comida, no comprendimos que era un día especial; al salir, sin embargo, vimos que en los hogares de los nepalíes, por todas partes, ardían numerosas lámparas. La tentación de comer era mínima, pero el deber de partir nos apremiaba.

A partir de mañana debíamos continuar a pie, así que con cuidado dejamos las pertenencias allí. La comida incluía varios tipos de carne y verduras, que debían consumirse con el sol aún alto. Por la noche, la idea de partir al día siguiente nos llenaba de satisfacción.

Se acordó pagar a los tres cargadores que nos llevarían hasta Nepal 1,313 [unidad] cada uno, un poco más de cinco rupias por cabeza. A la mañana siguiente, llegaron, empacaron el equipaje y nos dijeron que comeríamos algo antes de partir. Confiando en sus palabras, nosotros partimos a las 11:00.

Hasta dar la vuelta en un recodo de la montaña, nos rodeaban nubes de nieve, pero al descender la nieve no caía sobre nosotros. La primera vez que habíamos recorrido este camino, las dificultades parecían enormes; ahora, con la memoria fresca, uno percibe la intensidad del terreno sin exagerar.

Ese día debíamos llegar a Chū-kaṃ o Chā-kaṃ. El tramo más difícil era desde Sākap hasta Dām, mientras que el recorrido actual seguía el sendero que va desde el número de la presa hasta la frontera. En muchos lugares la bajada era peligrosa; además, las aguas de las lluvias pasadas habían arrastrado y transformado el terreno, haciendo que el avance exigiera toda nuestra atención y cuidado.

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